Alberto Daneri: El juego de la derecha

 

La derecha está feliz; gracias al neoliberalismo, a las mayorías de todo el mundo las convirtió en nada al mismo tiempo. Su ideología se basa en el signo de la derrota: teme perder lo que tiene. Como un niño malcriado, siempre cree tener razón. Si la frenan se siente herida. Apela a los recursos de un chico: ira, llantos. En esta nueva Argentina, ni los mimos (marcha atrás con la Resolución 125) la conforman. Seducida por el olor del dinero quiere todos los juguetes. Y cambiar de política como si fuera de traje: a su medida. Le nubla el juicio cualquier reivindicación social. Sólo se ocupa de la clase trabajadora desde una perspectiva elitista para salvaguardar el orden social. Con la tele procura marcar la agenda. Dice que falta seguridad jurídica y alude a una futura república, como si la actual fuese una dictadura. Pero admira en voz baja a Videla. Sueña imitar a la duquesa de Windsor: opulenta, decía que “nunca se es demasiado rico” y se hacía planchar los billetes para que crujieran al tacto.

Su negocio es desestabilizar. Maneja la muletilla de la angustia. Habría que ser muy ingenuo, en año electoral y advirtiendo la puja distributiva entre el gobierno y las corporaciones, para asombrarse cada vez que la derecha nativa emplea el recurso del miedo e intenta producir zozobra o desatar una perversa inflación. Primero llenó las pantallas con la falta de monedas. Luego fue el nulo aumento de los combustibles. Más tarde, el lockout patronal campero a favor del libre mercado. Después, un falso aumento de verduras y frutas. Más cerca, los útiles escolares o el “acoso” al avión de los EE UU. ¿Mañana? Quién sabe, ya inventará algo. Es como los cocineros de la tele, cada día lanza un plato nuevo con un sabor distinto. De lo bueno jamás habla. Sólo disimula logros.

La derecha no es creíble. Fue una estrella destacada en el club de nuestras grandes matanzas: la Semana Trágica, la Patagonia Trágica, el golpe del ’55, los fusilamientos del ’56, el nefasto Proceso. O en los cañonazos en la ciudad del ’62 y el golpe del ’66. Se apuntó en todas. Megalómana, jamás vaciló en fusilar, torturar, violar, tirar gente viva al mar y apropiarse de niños. Cartón lleno. Se habituó a apalear al pueblo como si fuera un perro rabioso: este temía tanto que le volviesen a pegar, que con mostrarle el palo ya bastaba y metía su cola entre las patas. El can se rebeló tras la masacre de diciembre de 2001. Luego arribaron los Kirchner y la derecha no pudo digerir sus inusuales desafíos. Fogonera fértil del vasallaje, activa sus clichés gastados e intensifica, asustada, la paranoia contra el extranjero. Pero llorar lo perdido, predicar en el desierto o hacerle el amor a un muerto no sirve para nada: sus falacias caen una a una como un débil castillo de naipes.

Los multimedios no relatan cuanto ocurre, sino lo que quieren “proyectar que ocurre”. También la oposición política muestra al gobierno como un monstruo impaciente por apropiarse de sucesivas “cajas”. Ambos pretenden, de acuerdo con la teoría neoconservadora de Carl Schmitt, armar una “imagen enemiga” y proyectarla en el imaginario popular. Este método ansía conquistar el voto de la clase media. Con asco, mencionan el “viento de cola favorable”. Jamás la capacidad gubernamental. Elogian la ortodoxia liberal, mas ocultan que con los Kirchner las empresas ganaron mucho dinero. Tampoco reconocen que la economía creció en ocho años una cifra nunca vista: un 61,2%. Y con recetas opuestas a las suyas. No conciben cómo lograron los Kirchner, tras asumir en 2003 con una deuda pública que representaba el 139% del PBI, reducirla en 2009 al 49%. Sáquense el sombrero.

Apenas la relación de fuerzas la favorezca, la derecha volverá a pedir recortes en salud, hospitales, jubilaciones, la ayuda a piqueteros, etcétera. Dirá: “todos tenemos que hacer sacrificios”. El “todos” nunca incluye a los factores de poder; sólo a los ciudadanos de a pie. Siempre utiliza dos fantasmas: la inflación y la inseguridad. La primera nace por la demanda sostenida de bienes. Se atenúa vigilando a los formadores de precios y bajando, mediante impuestos y retenciones, la libre rentabilidad empresarial. Salvo el egoísmo, no existen motivos para la inflación: hay por primera vez superávit gemelos, las reservas monetarias son las más altas de la historia, el PBI creció a tasas chinas, hubo desendeudamiento, baja del desempleo (el 7,3%) y mejoró la distribución del ingreso. No se entiende por qué Techint pide devaluar: los bancos ganaron en promedio un 65% más que en 2009 y las remesas al exterior (ejemplo, de petroleras) batieron récords. En cuanto a la inseguridad, es una rémora de los despidos menemistas y el default; había un 25% de paro, el 53% de pobres y 11 millones de indigentes creados por esa derecha que ahora quiere matarlos. Una generación entera nunca trabajó. Buenos Aires tiene, en total, 12 millones de habitantes. Dado que hay, a lo sumo, media docena de delitos graves por día, ello equivale a un crimen grave cada dos millones de personas. Esto anula la noción, reiterada en noticieros, de que se vive en una tierra de nadie. Con la educación obligatoria impuesta por la Asignación Universal por Hijo y más inclusión, ese índice descenderá.

Incómoda en una época para ella irritante, la derecha ignora cómo afrontar la fe de un pueblo que recuperó la esperanza. Hay muchas señales de que las mayorías, en los últimos ocho años, viven mejor. Por esto a la presidenta, apenas quedó sola, la oposición le aconsejó dejarse llevar por la corriente conservadora. Pero ella es un roble, no un sauce. Resiste. La derecha está indignada, aguarda un cambio de rumbo que no se produce. Confía en los “si”. “Si” Scioli da un portazo; “si” Macri llega con chance al balotaje; “si” Cristina elige a Reutemann como vice y el segundón queda en línea de largada para un 2015 neoliberal; “si” ella decide no postularse. Deseos. Versiones. Podría haber algún complot del Imperio. Pero sólo un incauto asumiría que ella decepcionará a sus partidarios. No es Chacho Álvarez. Dijo el jefe Aliado en la II Guerra y presidente de los EE UU, Dwight Eisenhower: “Quien ejerce el liderazgo debe estar dispuesto a responder a esta exigencia frente a frente cuando surge; a menos que esté listo para luchar cuando sea necesario, la gente empezará a ignorarlo.” Lo podría haber firmado Kirchner. El destino halló a Cristina. El momento de tu vida, tituló una obra William Saroyan.

Mientras la pandilla reaccionaria abraza a las corporaciones, quienes apoyan este modelo inclusivo, cantan. Aprendieron a desconfiar de la oratoria de los reclutadores de votos que prometen todo y nada realizan. Es visible, al escucharlos, que se enrollan en sí mismos como una serpiente. El gobierno, en cambio, moviliza ideas y acciones. Que, sobre todo, recogen los jóvenes. Eso está bien. En tanto la Argentina sea cosa de viejos, no habrá Nación. Para atajar a la derecha (“La maldad impera cuando nada la detiene”, Proverbios 28:3), necesitamos a los jóvenes. Es también su hora.

Fuente texto: diario Tiempo Argentino, 24 de febrero de 2011

Fuente imagen: blog brochettaargentina.blogspot.com

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Published in: on marzo 1, 2011 at 9:24 pm  Dejar un comentario  

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