Walter Goobar: Varguitas

 

Aunque fue el benjamín aventajado de una generación irrepetible de fabuladores latinoamericanos tocados por la varita mágica de la inspiración, con el paso de los años, Mario Vargas Llosa se convirtió en el vocero de las corporaciones editoriales y mediáticas, en el propagador más desembozado del neoliberalismo económico y del desmantelamiento del Estado, la usina intelectual de la derecha depredadora y salvaje. No es el único escritor al servicio de los poderosos. Todo lo contrario.

Sin embargo, el caso de Vargas Llosa es emblemático porque parte de su literatura y toda su obra periodística se construyó sobre el desprecio más absoluto a las clases populares latinoamericanas.

La infamia ilustrada del Nobel de Literatura 2010 provoca reacciones en cada sitio que pisa. No es extraño: aparte de un eximio escritor e ideólogo de la derecha, Vargas Llosa es un provocador profesional. Por eso, en cada lugar que visita, encuentra gente dispuesta a devolverle en especies todas las náuseas que generan sus provocaciones políticas.

Tan marketinero como premiado, el menos sorprendido por la polémica desatada en torno de su persona en la Argentina es el propio Vargas Llosa, que hubiera considerado como un nuevo galardón que algún diario titulara “Vargas Llosa censurado por el kirchnerismo”.

Esta no es la primera oportunidad que los intelectuales de los países que visita se sienten agraviados por las barrabasadas que vomita el incontinente autor de La casa verde y –por ese motivo– pretenden bajarlo del cartel de algún evento cultural. En agosto de 1994, el filosofo italiano Umberto Curi vetó a Vargas Llosa como jurado de la Mostra de Venecia por considerarlo carente del suficiente pedigrí democrático.

Vargas Llosa se declaró “escandalizado” y “divertido” por las afirmaciones de Curi, que consideró al escritor peruano como un “personaje políticamente marcado” que no se ajustaba a las normas democraticas de la Bienal.

Diez años más tarde, en 2004, tuvo que escapar por una puerta trasera de la XVI Feria del Libro de Cartagena: Varguitas había aprovechado el evento para darse el gusto de hablar mal del Nobel colombiano Gabriel García Márquez en su propio país.

Cada vez que irrumpe en la arena política, Varguitas demuestra que le falta la frivolidad, el desparpajo y la genialidad que tenían otros ilustres reaccionarios como Jorge Luis Borges.

A diferencia de Vargas, Borges no era un cuadro orgánico y militante de la derecha neoconservadora, sino una suerte de anarquista spencereano que demostraba su ingenio hasta en las frases políticamente más irritantes. Por ejemplo, tenía la chispa suficiente como para definir la democracia como “un abuso de la estadística”, o que el Infierno “es parecido a encontrarse con una manifestación peronista y no tener un taxi a mano”, o que “el folklore es tan popular que está llegando al interior”. Las aberraciones políticas del inimputable Borges siempre tuvieron un regusto de genialidad de las que carece Vargas Llosa, que siempre se queda en el panfleto.

Este peruano que renunció a su nacionalidad para convertirse en español tiene en política el fanatismo de los conversos y es sabido que –por lo general– los que se convierten, se convierten para peor.

Como articulista del diario El País, Vargas Llosa rinde semanalmente culto a su antiizquierdismo como antes lo rindió al filoizquierdismo. Y como prologuista de libros globalizadores, considera que todo el que amaga a ser crítico es un idiota. En su condición de apóstol del neoliberalismo, Vargas Llosa pontifica: “La globalización es el sistema métrico”. O también: “La democracia es el mejor sistema para aprovechar las posibilidades de la globalización y limitar sus efectos nocivos”.

En cada uno de sus artículos se refleja una muy coherente línea de liberalismo neoconservadora de una derecha empecinada –como todas las derechas– en imponer sus ideas. El pensamiento único de la derecha occidental no concibe que alguien pueda opinar de forma distinta a la suya. Cada una de sus notas está dedicada a alabar las bondades del libre mercado o a justificar la represión imperial. Ni siquiera a sus lectores más fanáticos se les escapa que su escritura periodística, al dictado de Washington, ha sido el precio de la gloria.
La Academia Sueca, que en su momento le negó el Nobel a Jorge Luis Borges por sus intempestivas alabanzas a la Junta Militar argentina y se lo dio más tarde al rebelde Dario Fo, se lo otorgó en 2010 a este personaje que es una suerte de kamikaze cultural de Washington en América Latina. Al concederle el Nobel, la Academia Sueca deja entrever su intención de que el credo político derechista que transmite el escritor peruano en sus artículos aumente su influencia en Latinoamérica. Nada más alejado de la realidad.

En el discurso de aceptación del Nobel, Vargas Llosa proclamó que el sino del intelectual latinoamericano es ser marxista de joven y reaccionario de viejo. Laureado y adulado por la derecha cosmopolita y neoliberal a la que defiende y admira, Vargas Llosa se horroriza de que vivamos –según él– en una época en la que los espantos son los fanáticos, los terroristas suicidas que se sienten “poseedores de verdades absolutas”, sin dedicar ni una frase a esos otros terroristas de Estado, también convencidos de su verdad absoluta, que poseen una capacidad infinita de destrucción que puede aniquilar un país, como Irak, con sus millones de muertos, lisiados y desplazados. No, a Mario sólo les interesan los espantos y fanatismos de un signo.

Su visceral desprecio por los obreros y las culturas originarias son permanentes. Cuando los comprende, adopta un punto de vista francamente reaccionario por razones que sólo un psicoanalista o un banquero podrían explicar.

En El Paraíso a la vuelta de la esquina, su personaje Flora Tristán busca su paraíso entre los de abajo, defendiendo a obreros y mujeres, santa laica, idealista. Pobre mujer, sentencia el autor: choca con el muro de que no se la entiende y se encuentra con que los obreros no se diferencian de los de arriba más que en que no tiene dinero, pues si lo tuvieran, harían lo mismo que ellos. Son de la misma materia. ¿Qué sería la vida si no pudiéramos ir de putas?, le dicen.

Vargas Llosa lo describe con cierto regodeo… No nos podemos fiar de la chusma obrera, cainista y desmayada. En conclusión; no se puede luchar por gente fea de la calaña de los obreros, porque la aventura sale mal. Su fobia a los trabajadores se extiende a las culturas originarias. Los indios representan simplemente la barbarie y el atraso. Tal y como expresara con singular brutalidad en un artículo publicado en la revista norteamericana Harper’s: “Cuestiones de la Conquista: Lo que Colón debería y no debería haber hecho”. El precio que debe pagar Perú por el desarrollo y la modernidad es la extinción de sus culturas indígenas, porque éstas no son más que un lastre antimoderno e irracional, sentenció el escriba.

La adscripción de Vargas Llosa al poder –sudamericano, primero y global después– es una constante incluso en novelas aparentemente alejadas de la política como La tía Julia y el escribidor. La novela, escrita en 1977 en clave autobiográfica, cuenta la historia de “Varguitas”, un joven escritor latinoamericano que se inicia en la literatura y en el amor con una pulposa tía, en abierto desafío a los valores burgueses de su familia. Pero la novela es también la historia de Pedro Camacho, un “escribidor” boliviano de guiones de radionovela que inicia a “Varguitas” en la escritura. Al cabo de escribir tantos folletines, Camacho acaba volviéndose loco y produciendo un discurso delirante, donde el folletín, la realidad y la ficción se mezclan. Algo de eso parece estar ocurriendo con el discurso político del auténtico Varguitas.

Lo mejor que puede hacer Vargas Llosa es limitarse a escribir novelas, o, como mucho, también perseguir a las mujeres de su familia para casarse con ellas.

Fuente texto: página web miradasalsur

Fuente imagen: página web diarioregistrado.com

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Published in: on marzo 12, 2011 at 12:29 pm  Dejar un comentario  

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