Edgardo Mocca : La presencia del pasado

 

La política argentina ha decidido convocar a los actores y a los hechos del pasado. Renacen viejas consignas de combate y con ellas resurgen viejos miedos y enconos que parecían reducidos a sombras de lo que fue.

El kirchnerismo acude al pasado para sostener la llama de una épica que hace unos años llevaba la etiqueta de tragedia desatada por unos cuantos jóvenes irresponsables. La derecha agita el fantasma de la violencia a la que cree descubrir detrás del brusco crecimiento de los grupos políticos juveniles.

No hay, claro está, un pasado a reconstruir de modo unívoco para dar y quitar razones políticas en los conflictos actuales. Existen, por el contrario, perspectivas sobre ese pasado, legítimas en tanto no busquen su fuente de legitimación en la lisa y llana mentira histórica. La discusión parece atravesada por un consenso implícito de que hay “algo” de aquellas escenas -claramente estamos hablando de la primera mitad de la década del setenta- que palpita en las pujas políticas actuales.

El kirchnerismo afirma que en las batallas de esa época se invocaba con los nombres de “socialismo nacional” y “liberación” una saga que, interrumpida por la violencia de los grupos parapoliciales, primero, y por la dictadura militar después, readquirió vigencia después de la catástrofe nacional de 2001. Claro que los sectores más lúcidos saben que no se trata de un mero regreso, radicalmente imposible, sino de una inspiración ideológica del pasado capaz de galvanizar los ánimos ante nuevos desafíos históricos.

La derecha cree estar presenciando un nuevo capítulo de la radicalización del peronismo. Como ayer, piensa, los caudillos de turno exaltan a las masas juveniles para movilizarlas al servicio de un objetivo político diferente del que se proclama. La ilusión de las nuevas juventudes nacional-populares lleva inexorablemente, según esta perspectiva, a nuevas tragedias. Se oyen voces transidas de moderaciones y razonabilidades que llaman a terminar con la restauración farsesca del pasado y volver a una unión nacional en la que las facciones convivan civilizadamente sin renunciar a sus identidades y propósitos.

Nada tiene de curioso esa presencia del pasado entre los argentinos. Hubiera sido muy extraño que el proceso político-judicial que llevó nuevamente a los terroristas de Estado al banquillo de los acusados y, en muchos casos, a las cárceles del país pasara como un mero capítulo de la historia de la legislación penal argentina. Es enteramente lógico que la rememoración de la muerte, la desaparición masiva de personas, las torturas, el robo de bebés y la trama mafiosa que atravesó los crímenes lleve a la simple y dramática pregunta: ¿por qué?

Estamos cerca del aniversario número treinta y cinco del último golpe militar en la Argentina. Es, no casualmente, el período que un extendido acuerdo teórico-político concibe como el de un cambio de paradigma del capitalismo a nivel mundial. Es el período de surgimiento y desarrollo del proceso de globalización; de esa “gran transformación”, simétricamente opuesta a la que da nombre al hoy afortunadamente desempolvado libro de Karl Polanyi.

En estas tres décadas y media se desarrolló una poderosa “autorrevolución del capital” (la expresión, creo, le pertenece a Julio Godio), que tuvo como ejes ordenadores un brusco cambio en los modos de producción, a favor de una portentosa transformación científico-tecnológica, y la centralidad del capital financiero por sobre el capital industrial. Esta larga historia empezó con la crisis del dólar, con la guerra petrolera de Oriente Medio y con un profundo proceso de stangflation (estancamiento con inflación) del que las principales potencias capitalistas del mundo salieron por el camino de la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Conviene pensar nuestros dramas nacionales en el contexto mundial si queremos evitar la fantasía de la excepcionalidad argentina y, más aún, si queremos hablar de los años setenta de otra forma que no sea la idealización de las utopías juveniles o su demonización. O peor aún como un “malentendido” entre argentinos que terminó con la barbarie más sangrienta de nuestra historia contemporánea.

En 1976, o más precisamente en 1975 con el golpe económico aprobado por Isabel Perón y recordado como el “rodrigazo” (por el ministro Celestino Rodrigo) comenzó el proceso de “adaptación” de la Argentina a la agonía mundial de las políticas keynesianas, al ocaso de los “estados de bienestar” que en el país habían sobrevivido a la caída del primer peronismo y habían convivido con largos años de inestabilidad e ilegitimidad política, signados por la proscripción de las mayorías de la competencia electoral.

Nuestro 2001 fue, a su turno, el colapso de la “nueva era” de la globalización financiera que había sido llevada a sus consecuencias más extremas por el ciclo menemista que la Alianza siguió pasivamente. No fuimos tan excepcionales en 1976 ni lo somos ahora. El proceso de exploración de caminos alternativos al neoliberalismo excede las fronteras del país, se extiende a varios países de América Latina y, bajo la forma de un duro debate político-intelectual está recorriendo también el mundo desarrollado.
No estamos hablando de abstracciones ajenas a la cotidianidad popular; se trata del derecho al trabajo del cual fueron expulsados primero y después reintegrados millones de argentinos y argentinas. Hablamos del lugar del Estado en sus relaciones con el mercado capitalista. Del estímulo al desarrollo industrial. Del ejercicio de la soberanía nacional en las relaciones internacionales. Un mundo y otro, un paradigma y otro han entrado en una dura pelea. No se trata de la disputa entre gobierno y oposición, por mucho que se agudice en un año electoral. Es, otra vez como en la década del treinta del siglo XX una pulseada entre coaliciones político-sociales por imponer uno u otro tipo de desarrollo.

¿Es posible encontrar huellas de este enfrentamiento histórico en aquellos febriles días de revolución y de contrarrevolución que desembocaron en la barbarie dictatorial? Claro está que no se trata estrictamente de aquello que los actores creían (o creíamos) estar protagonizando en esa época. En general, la inscripción de un proceso político en una perspectiva histórica no se hace sobre la base de la propia autoconciencia de sus actores, sino a la luz de lo que sus acciones provocaron.

En el caso argentino, el resultado de aquellos combates fue no solamente una dictadura cruel y sanguinaria, sino una verdadera contrarrevolución cultural. A la salida de la dictadura el país ya no era el mismo: desindustrialización, disminución de la clase obrera, marginación social, individualismo extremo, desarticulación de los partidos populares y los movimientos sociales, una extendida resignación a la imposibilidad de producir cambios.

En los años que van desde 2003 hasta aquí se ha reabierto el debate. La Argentina de la especulación financiera y la hipertrofia de los servicios, la de la renta exportadora y el capitalismo de casino no es la única posible. No hemos salido enteramente del neoliberalismo. No puede salirse enteramente del neoliberalismo en un mundo todavía regido, en lo fundamental, por sus parámetros. Pero la posibilidad de ser otro tipo de comunidad social y política se ha abierto y está en debate. No es muy difícil percibir que algo de esto hay cuando se escucha el lenguaje de los sectores tradicionalmente poderosos en nuestro país. Hay que escucharlos a Hugo Biolcati y a Jorge Bergoglio para percibir los ecos del paro empresarial de comienzos de 1976 y de la bendición eclesial para la dictadura  en los meses previos al golpe.

En estos meses, la democracia argentina ganó una batalla esencial. Mantuvo al voto, expresión de la soberanía popular, como el instrumento para decidir el rumbo político del país. En cuanto a la necesidad de la unión nacional, el deseo de ser “un solo país”, aun en medio de la discordia y los conflictos, es un horizonte deseable y tal vez el único realmente viable. Pero la unidad no debe ser invocada para escamotear la naturaleza de las diferencias.

El mejor camino para la unidad nacional es que la sociedad se pronuncie con toda libertad y sin extorsiones de ningún tipo acerca de qué quiere para su futuro. 

Fuente texto: revistadebate.com.ar

Fuente imagen: página web izquierda.info

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Published in: on marzo 20, 2011 at 3:03 pm  Dejar un comentario  

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