Walter Goobar: El Señor de los misiles

 

¡Procedan!”, murmuró Barack Obama, cuando desde una improvisada sala de operaciones en la soleada Río de Janeiro ordenaba lanzar 110 misiles Tomahawk contra Libia. Desde suelo brasileño, el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos estrenaba, en el continente de sus ancestros esclavizados, la clásica diplomacia del misil, que practicaron todos sus predecesores en la Casa Blanca.

Después de ese bautismo de fuego, el Nobel de la Paz se calzó su mejor sonrisa y se dedicó a hacer lo que mejor le sale: relaciones públicas. Saludos, sonrisas y frases que pretendían ser profundas pero sonaron huecas, como la propuesta de la nueva “alianza de iguales”.

Ese tipo simpático que visitó favelas y jugó picados de fútbol con los brasileños acababa de protagonizar un acto de guerra disfrazado de “intervención humanitaria”.

Aunque cada misil Tomahawk lanzado sobre Libia cueste un millón de dólares, para Obama seguramente es plata bien invertida, porque el primer presidente negro de Estados Unidos no puede pasar a la Historia como un impasible espectador del rediseño de un continente rapiñado por el astuto Nicolas Sarkozy, el sigiloso y conservador David Cameron y el ceniciento José Luis Rodríguez Zapatero.

Desde hace años, Obama está convencido de que las reservas petrolíferas del Medio Oriente están en declive, y mira hacia África porque descuenta que en 2013 el 25% del petróleo y de las materias primas que se consuman en los Estados Unidos saldrán del continente negro.

Por ese motivo, desde la época en que era un desconocido senador por Illinois, Obama fue uno de los impulsores del Africom, equivalente al Comando Sur que vigila América latina por cuenta y orden del Pentágono.
Esta es la primera guerra africana del Africom, dirigida desde su cuartel en el no tan africano Stuttgart, en Alemania, porque no lo aceptó ninguno de los 53 países africanos.

Aunque Obama fue al Brasil para promover –entre otros productos– la compra de aviones de combate F-16, el bombardeo a Libia no fue la manera más afortunada ni elegante de iniciar una gira regional.

Las enormes expectativas que generó Obama en la Cumbre de las Américas celebrada en Trinidad y Tobago, en cuanto a que podría representar una nueva era en las relaciones de Estados Unidos con los países al sur del Río Bravo, muy pronto fueron desmentidas por el golpe cívico-militar en Honduras, legitimado por la administración de Obama. Desde entonces, demostró que no rompería con la lógica imperial de sus predecesores.

Al igual que los republicanos, los demócratas son conservadores en su agenda nacional, e imperialistas en la pauta global. Su diferencia con los republicanos es la intención de buscar fuentes de legitimación de tipo multilateral, como lo fue la absurda votación del Consejo de Seguridad de la ONU a favor de la zona de exclusión aérea sobre Libia, apoyando el bombardeo contra bases e instalaciones leales a Muammar Khadafi.

Sea para demoler Libia o para seducir a Brasil, los cocineros de la diplomacia estadounidense operan a partir de dos máximas de la política. Una de ellas es “dividir para reinar” y la otra es la “permeabilidad de la imagen de un político”, acentuando su representación imaginaria y no la real factual.

Hijo de madre blanca y padre keniano y musulmán, Barack Hussein Obama encarna como pocos todo un capítulo de la historia reciente de los Estados Unidos. Basta leer sus dos libros, La Audacia de la Esperanza y Los Sueños de mi Padre, para comprender la fascinación que ejerce su personalidad sobre todos los que han transitado el camino, complejo y contradictorio, del colonialismo, la autoafirmación racial y la búsqueda de una identidad propia.

En ese sentido, es casi una obviedad que Obama opera muchas veces, más como el RRPP simbólico que como el jefe de Estado más importante del planeta.

El relacionista Obama se deshace en elogios a Brasil porque la meta de los Estados Unidos es la reaproximación de Occidente a ese país; lo que implicaría el alejamiento paulatino de los brasileños de las tesis latinoamericanistas. Washington pretende revertir el cambio de posicionamiento de Lula que permitió la ampliación de las alianzas –como Mercosur, Unasur y Alba–, a partir de las victorias de Hugo Chávez y la derrota del proyecto del Alca en el Continente. A la diplomacia estadounidense no se le escapa que Néstor Kirchner y Hugo Chávez jugaron papeles decisivos para que Lula adhiriera a las tesis latinoamericanistas.

Esa es la razón por la que Brasil es cortejado por los norteamericanos, pero al mismo tiempo le niegan una presencia permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU porque no le tienen confianza.

Dos países son tomados como “modelos” para el accionar del Departamento de Estado en América latina. Uno de ellos es Colombia, porque permitió la instalación de bases militares y tropas terrestres estadounidenses en su propio territorio. El otro es Chile, porque combina un Estado fuerte y gendarme con una política económica de estructura de privatización, favorable a la transnacionalización de la economía.

Cuando un presidente de los Estados Unidos visita Chile, especialmente tratándose de un gobierno derechista comandado por un magnate de origen pinochetista, no precisa esconder que va a conmemorar la victoria de su proyección imperial y también a buscar negocios.

En Santiago, Obama no hizo el más mínimo comentario sobre el papel que jugó Washington en el golpe de Estado de 1973, que derrocó a Salvador Allende. Hablando en el Palacio de La Moneda, lugar en el que murió el presidente derrocado, Obama naufragó ante preguntas de los periodistas de si tendría algo que decir sobre ese crimen perpetrado con la complicidad imperial. “No puedo hablar de todas las políticas del pasado”, balbuceó.

En El Salvador, se registró una escena parecida: Obama visitó el mausoleo de monseñor Oscar Arnulfo Romero, en la Catedral Nacional de San Salvador. Sin embargo, fue el presidente salvadoreño, del gobernante Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el que pidió perdón por ese abominable crimen de Estado perpetrado en 1980 bajo un gobierno aliado de Washington y en el marco de una guerra civil financiada en parte con más de un millón de dólares diarios procedentes del Norte, que dejó un saldo de 75.000 salvadoreños muertos. A Obama lo que le interesaba era asegurar, frente al gobierno seudoizquierdista, la permanencia de la base militar estadounidense en Comalapa.

La escala centroamericana fue la confirmación del papel de fiel aliado de Washington que viene jugando la administración de Mauricio Funes en la región. Una capitulación más del Frente Farabundo Martí que, en aras de un pragmatismo geoestratégico, ha continuado sin pena ni gloria la política internacional que la extrema derecha, expresada en el partido Arena, llevó a cabo durante 20 años en el pulgarcito de América.

La escala en El Salvador también implica un mensaje no tan subliminal, a partir del golpe en Honduras, afirmando que Estados unidos está más que dispuesto a actuar en el Continente, reconociendo rápidamente a gobiernos golpistas mientras mantengan una apariencia de legalidad en el acto de deposición del presidente electo.

Lo cierto es que a partir de su orden de batalla contra el gobierno de Khadafi en Libia, la gira latinoamericana de Obama pasó a segundo plano. Fue un viaje con sabor a tragedia no sólo por el terremoto y la catástrofe nuclear en Japón, sino también porque Obama se fue como llegó: blandiendo misiles.

Fuente texto:Periódico Miradas al Sur, 3 de abril de 2011

Fuente imagen: página web rebelion.org

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Published in: on abril 7, 2011 at 12:33 pm  Dejar un comentario  

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