Orlando Barone: Degustación sin gusto, y el plato gourmet

 

Hace ya mucho, en los años sesenta, había salido al mercado una bebida de color verde algo turbio, que se publicitaba como una gaseosa con gusto a mate cocido. Algo así como mate envasado. La publicidad de la época fue muy fuerte y los adolescentes y jóvenes -y hasta los adultos- se afanaron al principio por probarla. La botellita era simpática y el nombre también, aunque no logro recordarlo ni tampoco encontrarlo en los meandros de la red. Su moda fue efímera y su resultado comercial un fracaso. Caducó al poco tiempo de su salida. El mate en la botellita era como ver envasada una costumbre y un ritual. La desmesura de la publicidad no se sustentaba en el contenido.

Es lo que sucede en la política argentina con candidatos opositores que nacen con la propaganda de los grandes medios incluida y se van desvaneciendo, como sus burbujas, por falta de fundamentos.

Cuando el mercado es dominado por un producto exitoso y confiable es inútil seducir a los consumidores con novedades: porque, por más que las prueben por esnobismo o tentados por el envase, si no tienen algo que supere al producto que ya tienen consagrado, no se enganchan. La mayoría de las veces, en política, la oferta no coincide con la demanda. Es un género que tarda décadas en fertilizar un fenómeno. En los años cincuenta había un estribillo que decía: “… una cosa que empieza con P: Perón…” Tuvo que pasar hasta el año dos mil para que hubiera otra cosa pero “que empezara con K”. Para un aspirante “desletreado” es más desalentador que para el suplente de Messi esperar a sustituirlo. Por eso el tendal de descarte y sin ninguna letra identitaria es surtido. Y sus componentes  participan cada vez menos, no ya del recuerdo sino ni siquiera del olvido. El cementerio de no poetas ignorados es vasto, pero creo que es más vasto el de los candidatos políticos interruptus o efímeros. Son como esas degustaciones de miniaturas pretenciosas con sabor a nada, como los besos del bolero.

Anótense aquí (me exceptúo del trabajo) los ejemplos argentinos que abundan en fracaso cuando todavía tienen casi sin uso el traje de candidatos. Traje facilongo de ponerse en el vestuario pero que te empieza a chingar y a arrugarse cuando salís a la calle. Una candidata a intendenta de la Ciudad da patente en ese retrato. No la mejora ni Chanel ni todo el instrumental operatorio del multimedio acaparador. Hay alguna sentencia que dice que para una persona el peor fracaso es el del arte: como el de una poetita o un poetastro que nunca tocan la poesía; o un actor que no hace creíble ningún personaje y ni siquiera es creíble cuando no actúa.

No es menos feo el destino de un político que embriagado con la apariencia de haber llegado recibe, todavía en mitad del efluvio, la noticia de que su carrera ha terminado. ¿Pero cómo -se pregunta-, tan pronto? En lugar de preguntarse cómo hizo para que aunque sea algunos lo crean un candidato. Todo es nada más que un juego de abalorios, como diría Herman Hesse.

O sea cuentas, piedrecillas, sortijas, colgantes de cualquier material que sirva para adorno. Ese es el papel que cumplen en la democracia no pocos abalorios políticos de material barato o desechable, al ponerse a competir con esos excepcionales hechos de material valioso y perdurable. Cualquiera que se ha visto ante una de esas bandejas de artesanías o chucherías de un vendedor ambulante, sabe cuánta dubitación y desconcierto se produce para elegir un anillo o un dije entre un surtido de cientos. El surtido confunde. O, al contrario, nos exige discriminación, observación  y paciencia para elegir el que se busca. Las góndolas vienen distractivas y alborotadas. Qué facilidades de lanzamiento se alientan.

Un candidato de ferocidad privatista no produce la misma desilusión que un ilusionista como él mostrando el doble fondo de su abracadabra. La proliferación “candidateal” de la política forma parte de ese cuadro de defraudaciones.

Dense cuenta que no cité nombres. Es un modo de inspirar al lector a nombrarlos por si mismo mientras lee esta crónica.  

Los meses que quedan para las elecciones de octubre van a ser fértiles en iluminaciones y apagamientos. Abalorios que lucían atractivos por algún detalle del envase o del diseño, ya expuestos y cercanos se deslucirán sin que ya nadie los recicle. Ninguna conferencia de prensa transmitida en cadena como si el convocante pudiera anunciar algo que no fuera obvio y elemental, y ninguna intermediación corporativa que instale en los medios a un supuesto opositor de opositores, achica la distancia entre la chuchería y la joya. Entre el abecedario embrollado en la Torre de Babel y una sola letra -la K- clara y sonante.

La distancia se agranda. Esperanzas blancas y amarillas  y coloradas se van descorazonando. Los medios dominantes las melonean para que se junten y se rejunten en la promiscuidad. Ni promiscuas ni en coaliciones se calientan entre sí ni calientan a nadie. Para colmo la democracia no les hace caso y en lugar de debilitarse se fortalece. Ni siquiera la inflación se pone de su parte. Inflación de mierda que por más que se la viene soplando y resoplando desde toda guarida que se precie de no ser nacional ni popular, no responde como a fines de los años ochenta. Es como un misil antiguo desactivado que sólo conserva la rémora mediática. Un desasosiego de jugador de ruleta que ve cómo se va quedando seco y el casino está por cerrar, y una resignación de amante que por más belleza, sensualidad y viagra que le acerquen a la cama se ve lejos de la pasión, corre por la política de esos políticos que se gastaron toda la pequeña libido en la antipolítica. Que es como gastarse el sexo en la masturbación.

Mientras tanto el producto político ya probado y aprobado, sometido con éxito a sucesivas y riesgosas experiencias empíricas, es un plato gourmet. La cocina del Gobierno no hace más que lo que hizo, hace y se espera que hará. A lo sumo se aguarda algún toque de wasabi o una pizca de picante. Pero que no le hagan perder el gusto al plato original.   

También se espera que la oposición  discontinúe -como pasó con la gaseosa con gusto a mate- sucesivos productos del mercado.

Los consumidores políticos tienen hoy papilas gustativas más entrenadas en detectar candidatos engañosos.

Fuente texto: revista debate

Fuente imagen: diario Página 12

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Published in: on abril 22, 2011 at 1:53 pm  Dejar un comentario  

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