Daniel Rosso: Opinión: Un silencio que vale mil palabras

 

 

El hombre intenta argumentar, diseñar alguna frase de impacto, responder a los interrogantes de un grupo de periodistas. Pero no lo consigue. Queda detenido en el tramo inicial de su propia cadena argumental: no encuentra las palabras, no tiene las respuestas, titubea, no puede avanzar, hace silencio y, finalmente, escapa. Es Gonzalo Marroquín, el presidente dela SIP. Losperiodistas le han preguntado por una serie de ilegalidades practicadas por el Grupo Clarín. Son preguntas ante las que no encuentra palabras para responder. Entonces, se levanta y se va. Tiene toda la libertad para hablar. Pero no las palabras para expresarse. Algo parecido sucedió en su reunión con el Secretario de Comunicación Pública, Juan Manuel Abal Medina: no expresó allí ninguno de los cuestionamientos que sí hizo después en público y sin interlocutores que pudieran refutarlo. ¿Por qué este hombre, “seguramente preparado”, como imaginó Víctor Hugo Morales, tiene libertad pero no discurso para responder? ¿Por qué, justamente a él, que viene a defender la libertad de expresión, le sucede que tiene libertad pero no expresión? Ensayemos: este hombre se encontró, quizá por primera vez, con un discurso externo a los grandes medios. Con otro discurso. Previo al actual proceso de democratización, la casi totalidad del discurso sobre los medios era el producido por los grandes medios. No había –o había de modo restringido– otro discurso sobre los medios. Antes, durante y luego de la vigencia de ley de Servicios de Comunicación Audiovisual se afianzó la producción y circulación de un nuevo discurso sobre la comunicación, la producción de la verdad y la libertad de expresión. Con este discurso se encontró Marroquín. Y con los nuevos actores de la comunicación que sostienen ese discurso, con sus múltiples variedades y matices. Esos discursos, esos nuevos actores dejaron a Marroquín sin palabras. En silencio. Tuvo la libertad de decir lo que quisiera pero no tuvo los argumentos para hacerlo. Mostró su falta de pericia para funcionar en entornos democráticos. En entornos donde hay más de un discurso. Porque el discurso sobre los medios producido por los grandes medios era un discurso único. Entonces, Marroquín podía hablar sin que se lo interrogara. Porque los grandes medios no sólo alcanzaron escala cuantitativa de distribución de su discurso. También lograron instalar como propios y únicos los procedimientos de producción de la verdad: la independencia, objetividad y supuesta diversidad de fuentes como modo de construir la “palabra verdadera”. Es esta “palabra verdadera” el eslabón clave del pasaje de la dictadura a la apertura y posterior proceso constitucional. Allí se produce el deslizamiento desde la palabra única de la dictadura a la palabra verdadera de los grandes medios. Nos desplazamos, de este modo, de una palabra única a otra, de una palabra única ajustada al régimen dictatorial a una palabra única específica del régimen democrático. Para los grandes medios, la palabra verdadera es la palabra única del régimen democrático. Y, por supuesto, la palabra verdadera es la que ellos construyen. Por eso, lo otro es “periodismo militante”. Por eso, Néstor Kirchner le contraponía el concepto de “verdad relativa”. Por eso, para ellos, los medios y la comunicación son la última frontera protegida de la intervención política. Son temas transdemocráticos: sin intervención política, sin disputa discursiva. Allí reina la verdad. La verdad de ellos. Por eso, libertad de expresión es la libertad del discurso único. Pero, entonces, Marroquín, “ese pobre hombre que tiene que defender lo indefendible”, se encontró en un escenario en el que su discurso sobre los medios ya no era el único. Y, una vez más, demostró que ese discurso sólo puede funcionar sólo, sin otros discursos. En condiciones monopólicas.

 
Fuente texto: Periódico Miradas al Sur, 8 de mayo de 2011
 
Fuente imagen: Página web diarioregistrado.com
 
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Published in: on mayo 10, 2011 at 12:16 pm  Dejar un comentario  

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