Horacio González: El discurso

 

Un discurso público varía si queda tomado por la emoción o se rige por las suaves reglas del orador en su argumentación reposada. Para muchos, un discurso agrega poco a las decisiones previas que se van madurando entre conciliábulos, pactos, acuerdos. Las fuerzas efectivas de la realidad social, creen, no pueden ser influenciadas por el campo magnético de la oralidad pública, por más que se exprese por dúctiles liderazgos. No es así. El discurso de José C. Paz de la presidenta, estuvo tomado por la emotividad propia de un sereno dramatismo, se situó en el momento presente como un utensilio con gran poder tensional y mostró que siempre hay –y con mayor razón en las coyunturas de notable espesura histórica–, una suerte de “gobierno de la discursividad” que en momentos especiales se derrama sobre la expectativa social reclamando interpretaciones y compromisos.

La presidenta ha tomado de lleno un debate que se alarga sordamente por la historia nacional desde hace más de medio siglo. ¿Qué sostiene las grandes transformaciones, que les permite cimentarse, o como se dice, institucionalizarse, sin perder a la vez su condición movilizante? Se trata de indagar en las características constantemente mentadas de un Pacto Social o de un Frente de Transformación. En principio, jugando elementos de fuerte conmoción, como los que ocurren cuando un líder político reflexiona sobre su lugar en una historia, es decir, sobre su destino –siempre frágil, pero se hace fuerte al reconocerlo–, la presidenta pasó revista a los dilemas de un Pacto Social. Es evidente que ya está asentado el principio de que cualquiera sea su forma, son los trabajadores los que deben ser sus primigenios protagonistas, y factor último de decisión cuando aparecen formas de equilibrio abstracto. En otro discurso, la presidenta ha afirmado que no son indicadas las “uniones abstractas”. Su contenido es el de la justicia social, la autonomía de los sujetos, la democracia en todas las esferas sociales y la concepción de los trabajadores como “sujeto de la historia”.

En 1973, ese Pacto Social recibió las embestidas y condicionamientos de su planteo un tanto ligero, por lo que se debía forzar los acatamientos en medio de una sociedad movilizada e intranquila, con instituciones insurreccionales por momentos superiores a las institucionales consensuales. Sonaba a imposición. Al mismo tiempo, tan antigua como la tradición del Pacto Social (que no apela ni a la “voluntad general” ni debe ser “corporativo”) es la tradición frentista. No hay nadie que no sepa de qué se trata. El kirchnerismo la viene anunciando desde sus orígenes, dando distintas menciones de sus protagonistas. Trabajadores, empresarios, clase media. Así se ha dicho. Pero otras veces se mencionó a intelectuales, pequeños empresarios, empresarios nacionales, refinando los conceptos y la búsqueda. Desde luego, esto supone indagar de una manera más atenta en las formas de representación social en el país, y al escucharse la palabra “corporaciones” en el discurso de la presidenta, ya se esboza una nota especial de análisis y autoexamen, que se refiere de lleno a la calidad de las representaciones sindicales, empresariales y sociales en general. Superar la visión del Estado como constructor de “privilegios sectoriales” es un paso adelantado para seguir confiándole más tareas de creación de una economía democrática distributiva.

La historia nunca se detiene y esa es su condición específica: la fugacidad situada, lúcida. La presidenta ha hecho numerosas menciones de este tema, crucial en cualquier ontología política, pues en verdad nunca es fácilmente resoluble. Ni un llamado a una segura institucionalidad futura conjura las grietas siempre abiertas del presente, ni nunca hay que descartar la referencia a tiempos seguros, necesariamente utópicos, pues estos también son llamados que se hacen desde la figura de la que es la máxima dirigente de un país, que postula su transitoriedad y simultáneamente obtiene la certeza real de que entiende los caprichosos sobresaltos de la historia. En la Argentina, se probaron pactos sociales (fracasados en su momento, más allá de su condición autorregulada, lo que casi siempre fue un utopismo conservador), y los frentes sociales y políticos. El discurso de la presidenta, inclusive porque hizo la ardua observación sobre su figura a modo de una meditación sobre el difícil destino de las vidas dedicadas a dialogar con las pasiones colectivas y las propias, de carácter íntimo, fue un discurso de alta significación crítico-teórica. Se refiere a que los tramos venideros de la política nacional deberán pensar los grandes temarios nacionales –reparto de ganancias, núcleos de gestión de las empresas públicas, modelos abarcativos de partidarias, ciudades con regímenes de convivencia emancipatorias y no reproductores de una estratificación social injusta, nuevas políticas energéticas (agua, minería, suelos, naturaleza en general)–, con nuevos institutos sociales organizativos, movilizadores y discursivos. Porque todo transcurre doblemente: en el plano de las infraestructuras de acción colectiva y de las creencias cuyos tenues simbolismos guían nuestros compromisos y conductas. Así, deben convivir las formas de un pacto social en cuyo interior queden estipuladas, escritas y legisladas las necesidades primigenias de la clase obrera, los sectores asalariados y las nuevas modalidades de trabajo inmaterial, con las formas de un Frente social y político que dé cuenta de la emergencia de nuevos sectores culturales y profesionales, nuevos asociacionismos, nuevas actitudes frente a tecnologías de vasto impacto real, y nuevas éticas interpersonales. 

La honda reflexión de la presidenta frente a la fragilidad de la vida y de la historia (reflexión sin la cual nunca seremos vigorosos en lo real de las cosas), anima a tomar su tono estremecido como una invitación a pensar con templada valentía esta coyuntura esperanzada y única. Es preciso extraer de la experiencia pasada del país un tipo de acuerdismo social en términos de empleo y salarios que tengan el sustento de un sentido de la historia que no hace falta explicar a nadie: la capacidad de trabajadores y pueblo para ser recipiendarios eminentes del sentido de las reformas sociales. Y junto a eso, un frentismo social que en diálogo con lo anterior, contribuya a quitarle sus aspectos corporativos. 

Creemos que la emotividad de la presidenta –que brota de una conciencia imaginativa en el seno de la tempestad–, está relacionada con las hondonadas que hay que atravesar en la sociedad argentina para que imperen las instituciones de la justicia y libertad profunda. Estas instituciones no fijan la historia sino que surgen de su carácter conmocionante. De ahí el discurso de José C. Paz. En su entretela recóndita habitan los problemas irresueltos, vive la necesidad de elevar la condición de vida de miles y miles, la ansiedad por emancipar el trabajo y recrear el medio ambiente, el reclamo ineluctable de justicia ante el asesinato de Mariano Ferreyra, la utopía realista de una ciencia y técnica de raíces humanísticas y de rigurosa investigación de la relación sociedad-naturaleza. En la voz desgarrada de la presidenta está su intimidad, la nuestra y la del país, cuya suma exige las necesarias acciones públicas de creación y resarcimiento.

Fuente texto: página web Tiempo Argentino

Fuente imagen: blog franciscobessone.blogspot.com

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Published in: on mayo 19, 2011 at 7:44 pm  Dejar un comentario  

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