Ricardo Forster: Un discurso

 

Hay complejidad en los modos del decir y la hay, también, en los del escuchar. Un hilo delgado, muy delgado y siempre algo deshilachado, une ambas partes de la comunicación humana que siempre está abierta al malentendido y a la ambigüedad. Decir es internarse en un territorio donde el sentido se pluraliza de acuerdo con la multiplicidad de interpretaciones. Cuando el decir se inscribe en la trama de la discursividad política y cuando el portador de ese discurso es alguien que ejerce un liderazgo visible, cada palabra se convierte en materia de exégesis y de disputa, para propios y ajenos. Descifrar las intenciones, supuestas o no, claras u opacas, del enunciador constituye uno de los ejercicios fundamentales de la vida política.

En estos últimos días pudimos ser testigos de las múltiples interpretaciones que se hicieron del discurso de Cristina Fernández en José C. Paz el jueves de la semana pasada. Sesudos análisis que intentaron descifrar el estado de ánimo de la Presidenta, que se detuvieron con prolijidad a indagar por lo que las palabras dijeron de su intimidad; que se afanaron por desentrañar la madeja de la candidatura creyendo que las frases de Cristina se parecen a un oráculo que, como regla de oro, guarda siempre la forma de lo enigmático. Palabras directas y precisas que, sin embargo, han sido leídas como si fuesen portadoras de un misterio que esconde, en su interior, el futuro inmediato del país. Palabras que no dejaron de expresar lo que viene diciendo desde hace meses y que golpean con especial pertinencia el núcleo de lo político, el centro de la disputa por el sentido que, siempre, es una cuestión de palabras que ejercen una penetración sobre lo que está en discusión en este tiempo argentino. Simplemente, Cristina volvió a mostrarse como el eje por donde pasa la política y lo hizo de un modo inusual e inesperado: entrelazando su intimidad, su trama personal, con el ejercicio del gobierno desde una clara determinación de ejercerlo soberanamente.

Puso en evidencia, una vez más, que allí donde la oposición carece de altura y de capacidad para instituir hechos políticos, es su palabra, dicha con soltura y con maestría retórica, la que interpela directamente a la opinión pública. Una palabra, ya lo veremos, que se mueve con soltura en el juego especular que le permite señalar de dónde venimos y dónde nos situamos jugando con los contrastes y apelando, sin formulismos abstractos, a la memoria. Pero es, también, una palabra que, en el discurso de José C. Paz, sonó despojada, sin alambicamientos, íntima y contundente, capaz de conmover y de abrir, para algunos, suspicacias respecto del futuro de su candidatura o de reafirmar, para otros, su capacidad de liderazgo. Una palabra que tiene, en su interior, las huellas de otros momentos de la historia argentina en los que la intemperancia y el doble discurso acabaron por desmantelar las apuestas transformadoras. Un discurso que no elude hablar de cansancio y de sacrificio al mismo tiempo que acentúa la potencia inédita del proceso político del que ella es, y lo sabe, la garante insustituible. Tal vez de allí su intensidad dramática, esa que nace de la certeza incuestionada de una responsabilidad ineludible. Hay decisiones de las que es muy difícil sustraerse. Cristina lo sabe y lo dice dejando, incluso, que las palabras se muestren sin maquillaje. ¿Cuántos políticos están en condiciones de hacer esto y de ser creíbles?

 Se detuvo, como viene haciéndolo sistemáticamente en cada rincón del país, en una descripción de lo realizado jugando en espejo con la Argentina anterior al 2003. Señaló, con especial énfasis, el norte fundamental de un proyecto que recuperó el trabajo y el salario pero que, por sobre todas las cosas, generó las condiciones para que los trabajadores volviesen a reconstruir sus organizaciones sindicales y volviesen, después de la tragedia social y cultural de los ’90, a constituirse en sujeto político y en un actor decisivo en la reconstrucción de una sociedad desolada. Habló, como no podía hacerlo de otro modo, de la relevancia de los sindicatos, de la lucha y la reconquista de infinidad de derechos que habían sido expropiados por el modelo neoliberal. Habló de la asignación universal y de la visibilización de los olvidados de la historia, pero habló también de lo que significa ser parte de una tradición política que tiene a los trabajadores como centro de su mundo vital y de su proyecto de país más justo y equitativo. Leer el discurso de Cristina borrando estas definiciones tajantes y esenciales que, como ella remarcó, son parte de su ADN, es simplemente falsear el contenido y el sentido de lo enunciado.

Pero también destacó la excepcionalidad del momento histórico por el que estamos atravesando como sociedad, un momento que, como lo dijo clara y contundentemente, volvió a convocar a quienes carecían de voz propia y a todos aquellos jóvenes que en el pasado reciente sólo imaginaban un futuro que quedaba muy lejos de nuestras fronteras y completamente divorciado de la política. Un escenario nacional que se transmutó del que “se vayan todos”, a índices de participación y movilización que hacía décadas que no se veían en nuestro país. Sobre esta realidad que entrelaza reconstrucción del tejido social, recuperación de derechos sociales, repolitización, afirmación del rol del Estado como garante de esos derechos y como núcleo de un nuevo modelo de equidad, es que hizo pivotear su notable intervención en José C. Paz una Cristina que no se ahorró, de cara a la sociedad, mostrar sus sentimientos y la potencia de sus convicciones, al mismo tiempo que recordaba la fuerza que había atravesado la vida política de Néstor Kirchner.

Y lo hizo sin ocultar su disgusto ante quienes dicen una cosa y hacen otra escudándose, sin embargo, en una desgastada alusión a la lealtad que, como lo sostuvo inclemente Cristina, es una moneda escasa en la vida política. No está de más recordar que cuanto más se la reclamó en nuestra historia menos se la puso efectivamente en práctica. Sucede que la lealtad no puede concebírsela sin la compleja trama que atraviesa cualquier proyecto político que aspire a modificar con decisión e intensidad la vida nacional; y que en ese movimiento, muchas veces espasmódico y contradictorio, la lealtad se confunde con obsecuencia. Cristina lo sabe, del mismo modo que también sabe que la única garantía es la interpelación directa, y sin mediaciones, a los sujetos político-sociales que sostienen la necesidad del cambio. La lealtad por la lealtad misma, desprovista de contenido, se transforma en una práctica corporativa que poco y nada tiene que ver con una tradición popular y emancipatoria. El liderazgo genuino es aquel que nace de una alquimia de acción consecuente, horizonte de credibilidad, coraje ante las dificultades y vocación que no elude incluso lo sacrificial. La lealtad genuina nace de la visibilidad de esos rasgos en quien se encuentra al frente de un movimiento transformador. Es ahí donde se sustancia lo mejor y más caudaloso de lo que Cristina representa como algo insólito en la escena política argentina.

Habló sin eufemismos, yendo directo al grano y sin buscar contemporizar con aquellas prácticas a las que calificó, en un doble movimiento de precisión quirúrgica, como explotadoras y corporativas, señalando que no era posible avanzar hacia un país más equitativo, capaz de abandonar formas viles de explotación y tasas exorbitantes de rentabilidad que sólo terminan de concentrar la riqueza en pocas manos si no se lograba, al mismo tiempo, entramar los intereses particulares en un movimiento capaz de expresar con fuerza e intensidad el interés general. Habló, eso quedó claro, de un proyecto de país compartido, diverso y capaz de privilegiar lo común por sobre la mezquindad particular. Y fue en ese contexto en el que se dirigió hacia algunas prácticas sindicales que, muchas veces, parecen no mirar más allá de sus narices perdiendo de vista la complejidad del momento político y la imprescindible unidad que requiere esta etapa en la que, después de años de haber perdido el rumbo, el país está quebrando la brutal desigualdad que lo vino atravesando y que encontró su momento de mayor derrumbe en la crisis casi terminal del 2001, pero que no hacía más que poner en evidencia la profunda regresión social, económica y política que venía asolándolo desde los años de la dictadura militar y que corporizó en el continuo chantaje que las grandes corporaciones económico-mediáticas ejercieron contra los gobiernos democráticos. La misma Cristina que no dudó en enfrentar, una y otra vez, a los poderosos, tampoco dudó, en José C. Paz, en decirles a los sindicalistas que no actúen bajo la misma lógica de las corporaciones.

Cristina, sin eludir sus sentimientos y sus pesares, sin esconder lo que para ella y su familia ha significado la pérdida de Néstor Kirchner, pero sin dejar de poner por delante sus convicciones militantes, el sentido profundo de su vida, volvió a ser clara allí donde hacía falta serlo. Dejó para los augures y los descifradores de enigmas, la exégesis de una decisión que no por dejarla sin nombre fue el centro de las inquietantes preguntas no sólo de quienes se sienten interpelados por lo inaugurado el 25 de mayo de 2003 y que cristaliza alrededor del liderazgo de Cristina, sino de aquellos otros, los buitres de siempre, que sueñan con el crepúsculo de un proyecto que viene transformando profundamente la vida social, económica, política y cultural de los argentinos. Ellos, los que desean cada día escuchar la palabra “renunciamiento”, parece que, después de todo lo que ha pasado, de las múltiples señales que ha venido dando la Presidenta, siguen sin entender nada de nada. Siguen creyendo que Néstor y Cristina están hechos de la misma madera que aquellos que transitan por la política como quien no tiene nada mejor que hacer o que no está dispuesto a ningún sacrificio personal.

Cristina, de un modo que resulta inusual y conmovedor, no ha dejado de mostrarse como alguien de carne y hueso, como alguien que está tocada por una enorme responsabilidad y, al mismo tiempo, como alguien que es portadora del único discurso político que hoy hace la diferencia en nuestro país. Y lo hizo sabiendo lo que valen, hoy, sus palabras y sus gestos. Lo hizo sin eludir poner el acento crítico en quienes son compañeros de viaje hacia un país más igualitario. Les advirtió de un peligro que los amenaza: convertirse en una corporación alejada de los genuinos intereses de aquellos que dicen defender. Pero también les dijo que son una parte indispensable e insustituible en la lucha contra la explotación. Ella, también les dijo, está dispuesta, ahora y mañana, a ponerse al frente de esa lucha pero exige no sólo palabras de ocasión sino voluntad de compartir en la práctica un mismo proyecto. Saber leer esto es comprender por qué Cristina sigue caminando hacia el norte de sus sueños, esos que la vienen acompañando, como no se privó de decirlo una vez más en José C. Paz, desde sus años de juventud y junto al compañero de su vida. Lo demás se lo dejamos a los intérpretes de ocasión.

Funte texto: Revista Veintitres, 18 de mayo de 2011

Fuente imagen: franciscobessoine,blogspot.com

Anuncios
Published in: on mayo 22, 2011 at 8:54 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://lamingaenmovimiento.wordpress.com/2011/05/22/ricardo-forster-un-discurso/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: