Enrique Martínez: La relación entre la derecha y los humildes

 

El sistema económico vigente, en todas sus versiones a lo largo de la historia, incluso el neoliberalismo o el presente neodesarrollismo, construye diferencias de poder y de perspectiva individual entre los ciudadanos, que se amplían con el tiempo. En términos políticos, llamamos “de derecha” a quienes están satisfechos con el entorno y consideran que la condición de ganadores o perdedores en este reparto es en definitiva una cuestión de cada uno, de sus aptitudes o de su vocación de esforzarse. Con más propiedad deberíamos llamarlos “conservadores”, porque creen que debe mantenerse todo como está en términos institucionales y de política y que quienes debemos adaptarnos, si algo no nos gusta, somos los ciudadanos.

Por supuesto, los grandes ganadores, los propietarios de tierras o de bienes importantes, o los que llevan adelante grandes negocios, suelen ser conservadores. Justamente, como una paradoja permanente del mundo en que vivimos, los conservadores, por ser los beneficiarios de la concentración de riqueza, no son suficientes en número como para ganar una elección. Necesitan de otros sectores sociales si es que quieren imponer sus ideas a través de los canales democráticos. Necesitan sobre todo que la clase media adhiera a su mirada.

La política moderna es, si se quiere, el escenario donde pujan quienes quieren que todo quede como está y quienes reclaman cambios, para conseguir  la  adhesión de fracciones de la clase media. En los pueblos pequeños, donde la influencia de los grandes terratenientes es decisiva, los conservadores establecen la cultura del lugar, de la cual forma parte una relación entre patrón – empleado que no tiene ni necesita intermediarios.

A medida que las ciudades son mayores, el vínculo entre los más poderosos y los más humildes se va haciendo más lejano, quedando intermediado por instituciones políticas, sociales, educativas de todo tipo. Aparece allí con fuerza central la clase media: aquella fracción que ha llegado a un estatus personal y familiar que satisface buena parte de sus expectativas, aun cuando tenga en distintos grados de cercanía la posibilidad de ser pobre, como una amenaza existencial.

El desafío para la derecha consiste en sumar a parte de la clase media a pensar que la inercia capitalista le asegura bienestar y el problema para quienes están mal son ellos mismos. A su vez, el desafío progresista es agregar equidad al tejido social sin asustar a la clase media, sino por el contrario mostrando todo lo que el conjunto gana con ello.

El viernes pasado, en mi columna anterior, señalé que en la Ciudad de Buenos Aires la derecha ha conseguido que una parte importante de la clase media se considere satisfecha y que tema que sus expectativas sean lesionadas por atender a los más humildes. Frente a este argumento, desarrollado en esa nota, alguien puede creer que es contradictorio con esa idea el hecho que Mauricio Macri en 2007 consiguió triunfar en los barrios más pobres de la Ciudad.

No sólo no es contradictorio sino que eso confirma mi tesis. En efecto, la población con necesidades básicas insatisfechas en los barrios más pobres de la Ciudad es entre el 20 y el 23% de cada lugar. No es esta la fracción que decide una elección sino el 80% restante. La política del miedo a perder o a no tener porque se le da a otro –lo esgrimido por la derecha– rinde más de sus perversos frutos cuando los sectores medios están en contacto cotidiano con los excluidos. Eso es justamente lo que pasa en el sur de la Ciudad.

El comportamiento de los habitantes de los monoblocks linderos al Parque Indoamericano, cuando hace unos meses se produjo la toma de parte del predio, no es extraordinario ni sorprendente. Por el contrario, es de esperar que sean esas personas quienes rechacen en forma más directa la instalación de gente con necesidades básicas frente a sus ventanas.

La administración de esos escenarios es para la derecha tan natural como lo era la distribución de los botes salvavidas del Titanic para sus pasajeros de primera clase. Primero, los que puedan de nosotros, el resto que se arregle.

El problema lo tiene quien quiera que suceda otra cosa. Siguiendo con la figura del trans-atlántico, su primera obligación es asegurar que haya botes para todos. Sólo después puede buscar que haya comida y mantas para todos o que nadie se lleve consigo un peso innecesario, que ponga en peligro a los demás.

En la política es muy parecido. Si queremos que los excluidos y los humildes estén mejor, no puede instalarse la idea que eso será a expensas de la clase media, objetivo pretendido por la derecha. De suceder eso, los humildes se quedarán donde y como están hoy.

De la clase media emergen poderosos intelectuales; generosos idealistas y a la vez cínicos defensores del statu quo. De cual de las tendencias domine depende la capacidad de articular al interior del tejido social, logrando que crezca el convencimiento que hay solución para todos.

Por primera vez, creo que una consigna de Perón ha perdido vigencia tal como está formulada. Aquello de “esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie” era válido para una situación de extrema crisis. Hoy corresponde afirmar sin dudar que “esto lo arreglamos entre todos y será bueno para todos”, sin poner siquiera como hipótesis que puede haber soluciones parciales a los problemas sociales, que no satisfagan a todos a la vez, a quienes hoy tienen y a quienes no. De lo contrario, Macri se pondrá la gorra de capitán del barco que se hunde, tocará el silbato y la clase media correrá a ocupar los botes escasos, que están más cerca de su cubierta.

Fuente texto: diario tiempo Argentino, 29 de junio de 2011

Fuente imagen mro 1: kaesaredusoc.blogspot.com

Fuente imagen nro2: blogfeme.blogspot.com

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Published in: on julio 2, 2011 at 2:18 pm  Dejar un comentario  

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