Jorge Muracciole : Son diez años, pero parecen 100

   

Cómo podemos creernos independientes si para que nuestros abuelos tengan una cobertura tenemos que recurrir al crédito?”  Con este descarnado mensaje, el presidente en funciones el 9 de Julio de 2001 se dirigía a los argentinos, a los 185 años de la gesta que declaró la independencia del dominio colonial. Paradójicamente, en ese dramático discurso, el llamado a la unidad nacional no era para ejercer una nueva gesta, sino para cumplir con los mandatos y los tiempos impuestos por los organismos internacionales, en una suerte de marcha forzada a la reducción abrupta del defasaje fiscal para poder llegar a la ansiada meta del déficit cero.

Ese invierno de incertidumbre y desazón social era el resultado de una década de la aplicación del proyecto desindustrializador y privatista del neoliberalismo, impuesto por la clase dirigente y las corporaciones que en el apogeo de la globalización económica a cualquier precio, ubicaban al Cono Sur del continente americano en el sumiso papel de consumidores de lo que se producía en otras latitudes. La utopía del neoliberalismo económico nativo era alcanzar la felicidad como sociedad con un país sin chimeneas y dedicado a los servicios, sin aclarar cuántos argentinos quedarían excluidos de la fiesta.

 
  

En los últimos meses de la larga agonía de ese engendro llamado Convertibilidad, el gran timonel del Menemato no encontraba la línea de flotación de una nave a la deriva llamada Argentina. Los contenedores del “todo por dos pesos” edulcoraban la ficción consumista de un proyecto de país chatarra, enganchado al tren de la globalización, aferrados al farolito del furgón de cola de un capitalismo prebendario y usurero. Según se iba acercando la debacle de un modelo sin futuro, era cada vez mayor la multitud de excluidos del mercado de trabajo, los que sufrían sobre sus espaldas los largos meses de recesión. Aquellas víctimas de la timba financiera fueron calificadas por los gurúes de supernumerarios “que no supieron adaptarse a los cambios necesarios del mercado”, y a su imperiosa “reconversión en capacidades y nuevos saberes”. Esos que seguían acumulando una mezcla de impotencia y hartazgo ante una situación de la cual no eran culpables, pero que el discurso dominante los ubicaba en el lugar de los trastos viejos imposibles de reciclar.

Era el fin de una época que se engendró con la dictadura cívico-militar, donde el común denominador no era otro que la  atomización disolvente en el plano social y una profunda asimetría en el ámbito económico.

Conceptos como la organización colectiva en defensa de los derechos laborales, la solidaridad social o la resistencia a la injusticia habían quedado demodé para el discurso hegemónico de los popes del management que habían recalado en nuestras tierras de la mano de las empresas multinacionales asociadas a testaferros nativos, que venían a construir el paraíso post-industrial del futuro. Era un país con servicios públicos privatizados y un Estado ausente, con un endeudamiento que crecía geométricamente por las usurarias tasas de interés, firmadas por el ministro Cavallo, por la cual se fueron renegociando los pagos de la misma.

La idea fuerza de la clase dirigente no era otra que el ajuste sin fin. Poner en caja el déficit fiscal de la administración pública y reducir drásticamente los presupuestos de las provincias, era el mandato de los centros financieros y los organismos de crédito como obsequio por los 185 años de independencia formal de la endeudada República Argentina.

Pasaron diez años de la larga agonía de un modelo de país que no tenía en cuenta el futuro de las grandes mayorías, de esas que viven de su salario, de la consolidación y desarrollo del mercado interno y de los millones de puestos de trabajo que fueron destruidos por la apertura indiscriminada del experimento neoliberal.

Fue necesario hundirse en el infierno para aprender como sociedad. El costo social del neoliberalismo aún lo estamos pagando con los millones de argentinos que todavía conviven con una economía de subsistencia, con la herencia de una cultura empresarial, que apostó durante décadas a la precarización laboral como forma de incrementar sus ganancias y endosar costos en las espaldas de sus trabajadores. Una cultura donde la lógica financiera de la realización de beneficios a corto plazo penetró los lugares más recónditos del entramado social. En ese largo y sinuoso camino del default a la reconstrucción productiva pasó casi un década, donde el Dios mercado debió resignarse al resurgir de la política y la partidocracia rehén de las corporaciones, a registrar que el que se vayan todos de la crisis de diciembre de 2001 tenía su principal destinataria a su denostada forma de hacer política. Ese posibilismo que limitó su accionar a lo largo de la transición democrática a los intereses del establishment y sus socios externos, aceptando con sus políticas funcionales que le marcaran la cancha los poderosos de siempre, cumpliendo sumisamente con los deberes impuestos desde los organismos internacionales de crédito. Presionados por el poder real, se adaptaron a la agenda determinada por las corporaciones económico–mediáticas, opuestas a la satisfacción de las necesidades más urgentes de las mayorías en materia de vivienda, trabajo, educación y salud.

Pasaron diez años de esa patética frase del ex presidente Fernando dela Rúa, inserta en el discurso de conmemoración del  día dela Independencia: “Vivimos tiempos donde la independencia está disminuida.” La distancia existente entre el escenario de julio de 2001 al presente es tan inmensa que cabe la sensación de preguntarse si el tiempo transcurrido ha sido tan sólo de una década. A pesar de las asignaturas aún pendientes, es inobjetable que el modelo implementado desde el otoño de 2003 al presente es la contracara del proyecto de país propuesto por los continuadores del plan económico llevado adelante a sangre y fuego por Martínez de Hoz, y retomado en la década de 1990 por la alianza contra natura liberal-menemista y continuado por la agonía delarruista. A modo de apretada síntesis, las medidas anticíclicas y la apuesta al sostenimiento del consumo y la producción por parte del gobierno de Cristina Fernández, como política de Estado, morigeraron los efectos de la debacle económica global. A pesar de las predicciones de los agoreros, el nivel de destrucción de puestos de trabajo fue ínfimo en comparación con los “países centrales”. La reestatización de la línea de bandera Aerolíneas Argentinas, ante el caos empresarial de sus propietarios privados; o la vuelta al Estado de los aportes de los trabajadores en manos de las AFJP, desde la desregulación previsional del Menemato, o la férrea decisión de actualizar las jubilaciones y pensiones dos veces al año y la acertada efectivización del Subsidio Universal por Hijo menor de edad a las familias más necesitadas, fueron los mojones más significativos, además de la profunda reformulación desde el año 2003 de la política de Derechos Humanos basada en los ejes de Verdad, Memoria y Justicia ante el genocidio de Estado de la dictadura cívico-militar.

 
 

A pesar de los mencionados fracasos, del experimento neoliberal, y sus macabros efectos en la vida de los argentinos, las concepciones de los integristas de mercado siguen vigentes encarnados en el actual escenario político, con variados ropajes y disfraces diversos, desde ya menos graciosos que el lúcido personaje de Capusotto Micky Vainilla. 

 
Fuente texto: diario Tiempo Argentino, 10 de julio de 2011
 
Fuente imagen nro 1: flickr.com
 
Fuente imagen nro 2: skyscraperlife.com
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Published in: on julio 16, 2011 at 1:38 pm  Dejar un comentario  

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