Alejandro Horowicz: La dura marcha de la crisis global

 

La crisis fue deteniendo desde 2008 la actividad económica de la Unión Europea, primero, y la capacidad para la reflexión crítica global, después. Por eso, las autoridades comunitarias leyeron finalmente el problema como desequilibrio fiscal, y en lugar de actuar contracíclicamente, defendiendo puestos de trabajo y capacidad productiva instalada, terminaron defendiendo los intereses bancarios. Por eso, el paquete de medidas destinadas a recortar el gasto público son prioridad comunitaria, prioridad que alcanza en Italia la pavorosa cifra de 79 mil millones de euros para 2014, y aun así los “expertos” coinciden en que la bestial tupacamarización terminará resultando insuficiente. 

Para completar el universo de la crisis, los Estados Unidos enfrentan un escenario de quiebra y default. Es que el límite de emisión de deuda pública alcanzó su tope legislativo: 14,29 billones de dólares, y los EE UU no pueden endeudarse más sin intervención del Congreso. El Capitolio tiene facultad de incrementar el tope del déficit, de hecho lo hizo todo el tiempo, pero, en esta ocasión, los republicanos, que controlan la Cámara de Representantes, radicalizaron sus exigencias, exigen al gobierno un recorte de gastos sin suba de impuestos.

“Recortar el gasto sin pedir algo a los más ricos es poco serio”, sostiene furioso y en vano el presidente Obama. Las negociaciones se realizan contra reloj, y no suena sensato pensar que no arriben a alguna clase de acuerdo. El torniquete republicano funciona, y si bien el presidente no puede aceptar las condiciones ultraconservadoras del ajuste, tampoco puede permitir que el gobierno se hunda en un marasmo sin antecedentes. Entonces, los topes políticos de su comportamiento van desde la renuncia, a la cuasi aceptación del programa republicano. Aceptación que, de suceder, terminaría agravando la crisis. Nadie piensa que Obama vaya a renunciar, de modo que el escenario más previsible pasa por la aceptación a regañadientes del menú ultraconservador. Lo cierto es que el plazo se agota el 2 de agosto, fecha en que para el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, se acabarán todos los recursos.

En el ínterin, la nota crediticia de la colosal deuda estadounidense no se ha modificado. En los últimos 70 años, conservó el máximo nivel de garantía (triple A) que inexplicablemente todavía detenta; caso único, pese a rondar distintos tipos de default, la siguen considerando una deuda con la mayor garantía de reembolso. Ese no es todo el escándalo. Las calificadoras Moody’s y Standard & Poor’s advirtieron que podrían degradar la nota crediticia de los Estados Unidos, para presionar a Obama. 

Volvamos a empezar. Un año atrás, en mayo del 2010, los gurúes económicos europeos interpretaron los coletazos de la misma crisis como inseguridad del sistema financiero; sobre todo, como debilidad bancaria, y por eso sometieron a todos los bancos comunitarios a un conjunto de tests –de los que salieron técnicamente airosos– y que empollaron el siguiente razonamiento: si los bancos están bien, y deben estarlo, el gasto público está mal, y no puede estarlo.

Entonces, a ajustar se ha dicho.

Tanto las autoridades financieras de los países europeos como del Fondo Monetario Internacional salieron al encuentro de los especuladores. La directora general del FMI, la francesa Christine Lagarde, dijo en rueda de prensa que los problemas italianos obedecen “fundamentalmente” a la presión de los mercados. La flamante funcionaria reconoció indirectamente que se trata de una política inducida por los grandes actores financieros. Los bancos, que conservaron su poder de fuego gracias al salvataje de sus activos con dinero público, no sólo empujan el valor de los títulos públicos a la baja en los mercados, además las calificadoras de riesgo encarecen el costo del crédito de refinanciamiento al bajar la calificación que aumenta el riesgo de repago. Como el salvataje bancario se hizo a título gratuito –rompiendo todas las reglas que el capitalismo declama– y como los gobiernos no recibieron a cambio el control de sus paquetes accionarios, los bancos pueden ejecutar sin trabas su política de crisis preferida: ganar fortunas saqueando activos productivos; impidiendo a Italia, y a las demás economías comunitarias, crecer –que como reconociera la propia Lagarde  es lo que les hace falta–, para potenciar los ingredientes de la crisis, al activar la baja del consumo popular por la destrucción de puestos de trabajo. Aun así, los ministros de Economía de Alemania y de España intentaron tranquilizar “a los mercados” diciendo que Italia puede salir de esta situación sin ayuda de nadie. Y esa afirmación la hacen mientras la deuda pública asciende al 120% de su Producto Bruto Interno.

El proyecto oficialista de ley de ajuste, que ya traía media sanción del Senado, fue aprobado por 314 votos a favor y 280 en contra. La oposición, liderada por el Partido Democrático y por Italia de los Valores, decidió votar en contra, pero no hacer obstruccionismo; sucedió después de que el presidente de la República, Giorgio Napolitano, hiciera un llamado a la cohesión y a la responsabilidad para dar una fuerte señal a los mercados. 

La Bolsa italiana tuvo dos importantes caídas, lo que hizo temer a los gobiernos europeos nuevos problemas para las ya delicadas finanzas de Grecia, España, Irlanda y Portugal. Italia; por otra parte, desde hace días, las agencias de calificación Moody’s y Standard and Poor’s amenazan con aumentar la evaluación de riesgo crediticio de su deuda pública. Por eso, se esperaba que el plan saliera con fritas del Congreso. Aprobado por el Consejo de Ministros hace dos semanas, fue puesto en discusión porque salió a relucir que “alguien” –nunca se pudo saber con certeza quién golpeó desde adentro al gobierno– había incluido una norma que favorecía a la familia Berlusconi en el affaire Mondadori. El escándalo ganó la tapa de los diarios y Il Cavaliere tuvo que dar un paso atrás, esto es, nuevas demoras para el arribo del plan. El caso Mondadori se terminó por encarrilar cuando la Corte de Apelaciones de Milán condenó a la Fininvest, de la familia Berlusconi, a pagar 560 millones de euros.

Aunque votó en contra, la oposición puso toda la voluntad para que el plan de reformas fuera aprobado, reduciendo las enmiendas y las críticas, por miedo a que todo se desmoronara como un castillo de naipes. Sin embargo, lo calificó de insuficiente y denunció que afectará principalmente a aquellos con menor poder adquisitivo. En todo caso, no fueron incorporados al plan de recortes algunas propuestas opositoras, como la reducción de los gastos militares en las misiones que Italia tiene en Afganistán y en la guerra de Libia, y la equiparación de los salarios de los parlamentarios italianos al de los europeos, que son menores.

“Es la última vez, señor presidente de la República, que la oposición acepta agilizar los tiempos de aprobación de una maniobra como esta”, dijo en el Parlamento el ex fiscal de la campaña anticorrupción Mani Pulite, Antonio Di Pietro, líder de Italia de los Valores y aguerrido crítico de Berlusconi. Y la senadora del Partido Democrático Anna Finocchiaro declaró a la prensa: “Habíamos anunciado desde el primer momento que no habríamos impedido la aprobación rápida de la maniobra, por responsabilidad frente al país. Pero estamos convencidos de que el perdurar de este gobierno le hace mal a Italia”. La oposición insiste en pedir la renuncia de Berlusconi y anticipar las elecciones antes del 2013, fecha en que vence legalmente su mandato.

Fuente texto:  Diario Tiempo Argenino

Fuente imagen: página web blos.publico.es/eneko

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Published in: on julio 20, 2011 at 1:31 pm  Dejar un comentario  

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