Hernán Invernizzi: Por las dudas, me opongo

 

En medio de tantas elecciones, lo notable es la ausencia de los partidos políticos. No se los ve ni se los nombra. Existen, están ahí, funcionan, se usan sus estructuras, negocian… pero dejaron de ser los protagonistas públicos de la política.

Antes, los frentes, las coaliciones y los movimientos eran acuerdos organizados alrededor de la fuerte presencia político-social y cultural de los partidos políticos. La llamada Concordancia de la Década Infame fue una alianza entre el Partido Conservador, el Partido Socialista Independiente y el radical antipersonalista. El vasto mundo del movimiento peronista estaba anclado en el PJ, a tal punto que muchos olvidaron que el Ministro del Interior de Perón –durante 10 años– fue Ángel Borlengi, un dirigente socialista. El desarrollismo de los ’60 giraba en torno a la Unión Cívica Radical Intransigente (Ucri). La llamada Hora del Pueblo fue un acuerdo entre partidos políticos. El Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) del ’73 era un frente electoral organizado alrededor del PJ. La fantasía del Tercer Movimiento Histórico era la UCR ampliada. Y se podrían dar bastantes ejemplos más.

La rica historia del sistema de partidos en la Argentina colapsó. Esta es una de las formas en que se manifiesta la crisis del sistema de representación, que obedece a complejas razones sociales, económicas, políticas y culturales. O dicho de otra forma, a la siempre complicada lucha por el poder. En un sistema republicano liberal como el nuestro, estas transformaciones también se expresan en las coyunturas electorales.

Bien o mal, los partidos políticos son organizaciones que tratan de representar intereses enfrentados. Cuando entran en crisis, no sólo estamos frente a problemas internos de estas organizaciones, sino además frente a problemas de los campos de intereses a los cuales representan: su crisis también es la crisis –o sea, el cambio– de la sociedad a la cual tratan de expresar. Mejor o peor, los partidos políticos representaron a los argentinos durante décadas, pero dejaron de hacerlo.

No sé qué soy. En 2002, los partidos tenían varios problemas. Entre otros, que no tenían candidatos adecuados para competir por la presidencia. Ante la fuga de Carlos, el desacuerdo con Juan Manuel de la Sota, el pragmático Eduardo Duhalde comprendió que Carlos Menem podía ganar otra vez y realizó una serie de maniobras para dividir el voto peronista, apostando a una segunda vuelta en la cual la mala imagen del ex presidente le impidiera ser el ganador. Fue así que en abril del 2003, el peronismo presentó tres candidatos: Adolfo Rodríguez Saá, Carlos Menem y Néstor Kirchner.

Esa maniobra no sólo neutralizó el eventual retorno de Menem –o sea, del neoliberalismo–. Además, sinceró que el peronismo como movimiento se había quedado sin núcleo partidario.

Para el radicalismo las cosas también eran complicadas. La catástrofe de la Alianza provocó su descrédito general y el cisma de dos corrientes internas: la de Ricardo López Murphy y la de Elisa Carrió. Otras maniobras internas colocaron a Leopoldo Moreau como su candidato oficial y los radicales también llevaron tres postulantes, lo cual expresó que también el radicalismo se había quedado sin núcleo partidario.

Para unos y para otros esas divisiones y cismas representaban la puesta en escena de que, en ese momento, nadie tenía claro qué quería decir ser radical o ser peronista en las nuevas condiciones del país y del mundo.

Así fue que Kirchner ganó las elecciones que perdió: Menem obtuvo el 24 por ciento, Kirchner el 22 por ciento y López Murphy el 16 por ciento. Por acuerdos previos o por otras razones, Menem optó por no presentarse al ballottage y el que salió segundo quedó primero.

Kirchner comprendió la crisis y propuso, tanto al peronismo como a la sociedad en general, una respuesta acerca de qué quería decir “ser peronista” bajo las nuevas condiciones del país y del mundo. Se las arregló para acumular algo de poder político –que estaba extraordinariamente disperso–, reformuló el Frente para la Victoria y cuatro años después Cristina Kirchner encabezó un frente que obtuvo el 45 por ciento de los votos. Salió segunda Carrió con el 23 por ciento y tercero Lavagna, con casi el 17 por ciento.

Cuatro años antes, la suma Menem (¿peronista?) + López Murphy (¿radical?) llegaba al 40 por ciento; esa era la fuerza electoral de los sectores que se sentían beneficiados con la propuesta neoliberal. Pero en 2007, la suma de Cristina + Lavagna superó el 60 por ciento; en este caso expresaba –con sus diferencias– a los sectores que se reconocían beneficiados por las políticas neokeynesianas.

Las diferencias entre el Frente para la Victoria y Lavagna eran y son enormes. Pero aquel 60 por ciento de adherentes a la heterodoxia económica fue uno de los grandes éxitos del kirchnerismo, que consiguió resquebrajar y poner a la defensiva a un neoliberalismo que se había instalado como una religión laica en la cabeza de amplísimos sectores sociales y fuerzas políticas.

Con partidos políticos desbaratados y poco representativos, con el (neo)liberalismo desprestigiado y a la defensiva, la oposición no sabe qué hacer. Debería representar a sectores sociales beneficiados por las políticas heterodoxas, pero enfrentados a un gobierno que fue su mejor representante económico de 1983 a la fecha. Como no todo es economía, y como la lucha política también es lucha cultural, resulta que nunca les fue tan bien, pero se oponen. Y no saben cómo. Van a tener que resolver este problema…

Fuente texto: periódico Miradas al sur,10 de julio de 2010

Fuente imagen: clases breves.com.ar

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Published in: on julio 24, 2011 at 9:09 pm  Dejar un comentario  

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