Aldo Ferrer: El dilema de los países centrales

 

Afines de la década pasada, el salvataje de los bancos y operadores financieros comprometidos en la debacle de los mercados especulativos provocó la intervención masiva de los Estados de las mayores economías del mundo desarrollado.

Con fondos públicos y el apoyo masivo de los bancos centrales, se evitó la quiebra del sistema y las pérdidas de los accionistas e inversores de las entidades involucradas. El rescate privilegió los intereses de los acreedores, mantuvo niveles elevados de endeudamiento de las familias e incrementó la deuda y el déficit públicos.

Frente a esta reaparición contundente de la presencia del Estado para rescatar el sistema financiero, la ortodoxia se llamó entonces a silencio El aumento del gasto y el déficit públicos estimuló la demanda agregada, pero la baja de los valores de los inmuebles y del empleo, deprimió la situación patrimonial de las familias y el consumo.

Pasada la etapa aguda de la crisis financiera y salvados sus responsables, las economías centrales no logran tasas suficientes de crecimiento para recuperar los puestos de trabajo perdidos durante el receso.

La debilidad del consumo privado y la ausencia de condiciones para el repunte de la inversión privada, depositan en las exportaciones la responsabilidad de reactivar la demanda agregada. Sin embargo, en los países industriales con superávit comercial (Alemania, Japón), el incremento del mismo aumentaría los desequilibrios del sistema global.

A su vez, la necesaria reducción del déficit de los Estados Unidos implica la disminución del excedente de las economías superavitarias. De todos modos, en el sistema global no todos pueden apelar simultáneamente a las exportaciones y el superávit comercial.

En términos agregados, entonces, el gasto y el déficit públicos conservan una posición estratégica en la reactivación económica y la generación de empleo en los países centrales. En este escenario, una vez que el Estado cumplió con la tarea de rescatar a los especuladores a costas del equilibrio fiscal y la expansión de la liquidez, la ortodoxia vuelve a advertir sobre el peligro de incrementar el gasto, el déficit y la deuda públicos.

Desde esta perspectiva, el Estado habría agotado su capacidad de intervenir para reactivar la producción y el empleo. Por otra parte, los aumentos de los alimentos, materias primas y energía, inciden en el aumento del nivel general de precios y fortalecen el reclamo del ajuste. Se trata ahora de recuperar el buen humor de los mercados con las políticas ortodoxas.

De este modo, ha revivido la polémica histórica entre la ortodoxia neoclásica y la heterodoxia keynesiana. La primera privilegia la reducción del déficit sin aumento de impuestos, bajando el gasto.

Rechaza también la reestructuración de la deuda de los países con problemas, porque provocaría calamidades en los mercados financieros y la economía real. En la realidad, se trata de evitar las pérdidas consecuentes para los bancos tenedores de deuda soberana de esos países.

Para estos casos la política consiste en la profundización del ajuste fiscal, la privatización de empresas públicas y el apoyo de esta estrategia con financiamiento público externo. En definitiva, la ortodoxia espera que la recuperación de la confianza de los mercados, expanda el crédito y eleve la producción y el empleo.

En la Argentina se sostuvo esta estrategia hasta el derrumbe del 2001. Nuestra experiencia y la ajena demuestran que enfrentar el endeudamiento excesivo esencialmente con el ajuste, impone un sacrificio insoportable a los deudores, deprime el ingreso más que el gasto y, por lo tanto, agrava, simultáneamente, el déficit y la economía real La alternativa heterodoxa apela a la experiencia de la crisis de la década de 1930.

En los Estados Unidos, en 1937, el ajuste para reducir el déficit abortó la recuperación impulsada por el New Deal. En consecuencia, la primera prioridad es el empleo y la reducción del déficit debe alcanzarse a través del aumento del nivel de actividad.

Para tales fines, es necesario avanzar en la reforma del sistema financiero y aplicar políticas macro prudenciales. El objetivo es desviar las preferencias del mercado desde la especulación al financiamiento de la economía real y que los operadores se hagan cargo de los riesgos y eventuales pérdidas del negocio financiero.

Al mismo tiempo, el aumento del gasto público orientado a objetivos prioritarios, como la estructura productiva y el capital social, eleva la producción, y el empleo y, por lo tanto, la recaudación.

El planteo incluye la reforma tributaria, con un sesgo de distribución progresiva del ingreso, para expandir el consumo y estimular la inversión. También, la mejor asignación de recursos a través de la calidad del gasto público y las reformas pertinentes. Respecto de la deuda, la heterodoxia plantea que las deudas soberanas excesivas son el resultado de malas políticas públicas y la irresponsabilidad de los prestamistas, que las financiaron con altos rendimientos.

La reestructuración permite la recuperación de los equilibrios perdidos y repartir los costos de las deudas impagables en sus condiciones originales. La experiencia argentina es también ejemplar en este sentido. Actualmente, en los países centrales, la prioridad es la reducción del déficit.

En los Estados Unidos, el debate político está centrado en la cuestión de la deuda y el gasto públicos. En Gran Bretaña se aplica un riguroso programa de reducción del gasto. En los países vulnerables de la Unión Europea, están en curso severos programas de ajuste.

La recuperación del empleo pasa entonces a un segundo plano. A pesar de la crisis financiera y el reconocimiento generalizado de la irracionalidad del comportamiento de los mercados y sus operadores, estos hechos revelan el peso decisivo que los intereses del mundo del dinero conservan en la formulación de las políticas públicas de los países centrales.

El debate sobre las alternativas que enfrenta la política económica de los países centrales, proporciona referencias importantes para los países emergentes, como la Argentina. Los problemas del desarrollo deben ser necesariamente abordados desde nuestras propias perspectivas y resueltos con autonomía respecto de los criterios prevalecientes en las economías avanzadas y en los mercados financieros.

De allí la importancia de descansar en los recursos propios, reinvertir en el circuito productivo el ahorro interno desalentando la fuga de capitales y mantener bajos niveles de deuda. La solidez fiscal y de los pagos internacionales es

entonces crucial para fortalecer el desarrollo nacional y evitar quedar atrapados en la volatilidad de los mercados financieros especulativos. Mientras los países centrales siguen atrapados en el dilema de los cursos alternativos de política económica para resolver los problemas de deuda y reiniciar el crecimiento de largo plazo con aumento del empleo, los emergentes pueden consolidar su protagonismo en el escenario internacional sustentado en la solidez de sus finanzas públicas y pagos internacionales y su capacidad de movilizar el potencial de desarrollo con inclusión social.

Son, en efecto, necesarias nuevas miradas sobre el orden global para resolver los problemas, preexistentes a la crisis financiera, como las asimetrías en los niveles de desarrollo y el bienestar social, los desequilibrios macroeconómicos de las mayores economías del mundo y las amenazas al medio ambiente, la paz y seguridad internacionales.

Los países emergentes, como la Argentina, pueden realizar un aporte positivo para alcanzar los objetivos declarados del G-20 de un desarrollo mundial “fuerte, sostenido y balanceado” y “colocar el empleo en el corazón de la recuperación”.

Fuente texto: página web diariobae.com

Fuente imagen: the-end-in-the-world-v2.blogspot.com

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Published in: on julio 26, 2011 at 5:50 pm  Dejar un comentario  

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