Demetrio Iramain: No sé lo que quiero, pero lo quiero ya

 

La primavera de la derecha en pleno invierno nacional y popular, de tan repetida en la guerra de baja intensidad que proponen los medios que ya sabemos, aturde. En su envés, viene a demostrar que la oposición al proyecto iniciado en 2003 es una sola y mora a la diestra de la oferta política. La derecha, si bien presume de su inocencia ideológica, supuestamente antipolítica, es precisamente todo lo contrario. Y se le nota: el apoyo de Miguel Torres del Sel a Eduardo Duhalde explica muchas de sus indefiniciones a propósito durante la campaña.

Por cierto, no hay progresismo posible por fuera del gobierno nacional. ¿Acaso Elisa Carrió es progresista, Binner es socialista, el presente de la UCR es propio de un partido popular? ¿Se puede ser de izquierda y pactar con el sector más retardatario de la economía nacional? Alfonsín hijo pidiendo perdón en la Rural por las rebeldías adolescentes de su padre, ¿qué es? Los grandes derrotados de los últimos comicios fueron aquellos que pretenden forzar sus presupuestos ideológicos y construirse un relato a conveniencia al sol de las ilusiones por izquierda al kirchnerismo.

El país parece decidido a avanzar hacia una polarización entre esa derecha todavía incipiente a nivel nacional, con cáscara nueva, anti-histórica, pero con perspectiva, y el modelo que encabeza la presidenta Cristina Fernández. No estaría mal, después de todo: una democracia en serio, revitalizada, que quiere marchar hacia la efectiva democratización de sus relaciones y la distribución igualitaria de las riquezas que produce, no debiera evitar esas confrontaciones. Al contrario. Pero eso sí: no puede no superarlas.

El kirchnerismo supo resumir los mejores anhelos de transformación que irrumpieron como pus sobre la institucionalidad en 2001. Concretarlos sigue siendo una tarea compleja. Sus enemigos son fuertes. Convencen, confunden, naturalizan su dominación.

Ese resumen que representa el cristi-kirchnerismo es una síntesis en diagonal y hacia adelante de las debilidades que todavía presenta a su interior el amplio espectro de lo popular. Quizás allí exista una lectura posible sobre la actitud de quienes votarán por Cristina en octubre, y más antes en agosto, y ahora lo hacen por Macri o el pintoresco Del Sel.

La derecha existe y la falsa conciencia, también. Así fue durante todos estos años, también hoy, cuando expresiones locales del oficialismo nacional no logran fraguar como desearían en distritos muy numerosos, ricos y con gran actividad económica.

¿Cómo se explica que quien apoya al gobierno que estatizó los fondos de los trabajadores administrados por las AFJP también sume su voto a quien destruye sistemáticamente la escuela, el hospital y el espacio públicos? A ese argentino promedio, quizá inexistente y seguro que imposible de mensurar, ¿lo conmueve el luto o la risa fácil? Seguramente, ni uno ni lo otro. El bolsillo, primero.

Pero sin conciencia, sin organización social, comunitaria; sin formación política, sin preparación suficiente para las confrontaciones inevitables que suponen los cambios que se necesitan, hasta la presa confunde al cazador y, desconcertada, pide más. No provoca asco, ni siquiera lástima; lo que produce pavor es su nivel de alienación. Porque no sabe lo que quiere, lo quiere ya.
Los discursos de la presidenta, llenos de conceptos y llanos en su comprensión, se esmeran en revertir esa carencia. Si inaugura el mural de Eva Perón lo hace con el bello rostro de la abanderada de los humildes mirando al sur, hacia las fábricas, el Riachuelo. Y lo explicita. ¿Existirá mención más clara y vigorosa a la lucha de clases, sin contar la línea dedicada al Che en un acto y una fecha tan caras al ideario peronista? Lo dijo Cristina: Eva representa la unidad nacional. Pero bajo el sino del segmento social que tiene su destino atado a un único ingreso: el salario, la jubilación o el momentáneo subsidio estatal que lo incluya por fin en la sociedad que hace casi sesenta años viene expulsándolo permanentemente.

El ninguneo mediático, no obstante, es potente todavía. Asistimos a las consecuencias de aquel privilegio que el año pasado la justicia le extendió al grupo que más licencias en el mercado de medios audiovisuales concentra, franquicia que se mantiene hasta hoy.

Por lo demás, la formación política no deviene exclusivamente de un saber académico. No hay que ser sociólogo para tener conciencia para sí. Obvio que la derecha no tiene tantos miembros activos y lúcidos como circunstanciales votantes. La falsa conciencia de quienes sufragan por ella no es un concepto abstracto, ni una categoría de la filosofía política. La conciencia se adquiere, esencialmente, con la práctica. Y la práctica es la lucha, pero sobre todo la organización. “Tenemos que ser orgánicos”, dijo Cristina en marzo, en aquel discurso fundacional pronunciado en la cancha de Huracán.

Esa conciencia de la que adolecen muchos de los votantes de la derecha, la tiene sin dudas el más caracterizado de los Midachi. El cómico santafesino, que no es un cientista social precisamente, hace política en virtud de sus intereses de clase, que no son otros que el rinde de sus grandes extensiones de tierra. La conciencia no es un detalle, sino un dispositivo imprescindible con el cual decodificar el mundo circundante. Educa al individuo en una sociedad que es hostil y que sin referencia colectiva, de pertenencia común, de identidad de clase, se le volvería dramáticamente ajena. Sirve para comprender la mucha información que el sistema suministra a través de sus resortes ideológicos, de propaganda, ellos sí que muy extendidos y eficaces. La derecha no necesita la cadena nacional de radio y televisión para contarse. Preexiste. Es la realidad dada.

Desideologizar los debates, despolitizar los mensajes, limar las diferencias insalvables en la visión del mundo para que parezcan detalles sin sentido, es frustrar la democracia. Eso también es campaña sucia. Porque la institucionalidad que supimos conseguir los argentinos ha progresado mucho y bien es que viene ahora la derecha a decirnos que gobernar es cosa de pícaros, chantas y buena onda.

¿Se acuerdan cuando Cristina reclamaba no construir en base a la contradicción y darnos a la tarea de institucionalizar los logros conseguidos? También lo dijo en Huracán. Parecía módico aquel planteo de la presidenta. Sonaba a poco según muchos. Pero tenía razón. Profundizar el modelo es eso también.

Fuente texto: diario Tiempo Argentino, 28 de julio de 2011

Fuente imagen: página web el ortiba.com

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Published in: on julio 31, 2011 at 10:57 pm  Dejar un comentario  

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