Por Exequiel Siddig: Sacándose la X de encima: ¿amanece la Generación del ’90?

 
 
 Referentes intelectuales de treinta y pico proponen un espacio para pensar la política argentina por fuera de la militancia verticalista, con eje en la recuperación del Estado y pensando el kirchnerismo después de Cristina.

En los ’90, después de que la perestroika derribara el Muro que iba “de Stettin en el Báltico, a Trieste en el Adriático”; después de que la CNN proyectara la primera guerra estilo videogame en Irak; con el primer film de Ben Stiller, Reality Bites, Winona Ryder se convirtió en icono de una generación perdida. Así como en los ’80 la economía en América latina se había “perdido”, en la década posterior la eterna y vieja juventud preglobalizada había entrado en un laberinto y se había convertido poco menos que en un zombi colectivo. Winona, efigie curda y nihilista, entraba y salía de la comisaría del condado como un penitente.

Aquel era uno de los relatos hegemónicos que cundieron para los nacidos durante los ’70, quizás los años más hoscos de la Guerra Fría. Al menos para el Cono Sur. Se decía, pues: los jóvenes” (de los ’90) son “apáticos”. No hay nada que los levante, salvo el porno o los excesos sin causa con las drugs y el rocanrrol. En Argentina, el desprecio generacional hizo síntoma en un conjunto de acontecimientos económicos e ideológicos, tanto mundiales como locales. Por un lado, la rauda destrucción de la educación pública, pergeñada por el Consenso de Washington; la precarización laboral, expresada en las pasantías no rentadas (para los universitarios) y en el negreo (para los jóvenes del bajo fondo).

Por el otro lado, a falta de un cuentito trascendental y aglutinador (“el fin de los grandes relatos”), o por la carencia de “maestros” que se hicieran cargo de la posta, aquella juventud habría padecido un retraso en la madurez política, más allá de su atrincheramiento módico y titilante en la resistencia universitaria o en la loable militancia caritativa en pos de sostener una malla social que venía en descomposición.

Con el kirchnerismo, y definitivamente luego de la muerte de Néstor Kirchner, esa generación se desflora hoy en la arena pública asumiendo una militancia que –a grandes rasgos– abreva en un gestus propio de los ’70, pero con un contenido ideológico que repica en la caída y rebote del 2001. En el debate sobre esa generación, con los militantes de La Cámpora vueltos a la gestión pública y como pilares de la presunta reelección de Cristina, se impone la pregunta sobre si a esa muchachada le da el piné para convertirse en una Generación Política. Sobre si podrá desmarcarse del “estrago paterno” y conjurar un sentido de la política más aproximada a sus biografías y a sus obsesiones. En definitiva, si de cara al futuro, podrá usar a la actual Presidenta para crear una cultura política más parecida al siglo XXI.

El debate que sigue está inspirado en la producción textual del colectivo Pensamiento Militante (pensamientomilitante.blogspot.com), y una mesa redonda organizada el 4 de agosto pasado por el think tank nac&pop Generación Política Sur (GPS, http://www.generacionpoliticasur.org). Todos los consultados nacieron en los años ’70.

Desbordar lo político. El plato fuerte radica en la sombra que ejerce el retorno de la Generación de los ’70 con la fuerte impronta que el primer gobierno de Néstor Kirchner concedió a los derechos humanos. “Se puede retomar una memoria, pero no creo que pueda hacerse un puente de conexión política entre el 2001 y los ’70”, tercia Nicolás Freibrun, politólogo y coordinador del área de Identidades y Procesos Políticos de GPS. “Lo que esta generación tiene poco problematizado es un debate político conceptual de aquellos elementos que hoy con el kirchnerismo son fundamentales. Por ejemplo, ‘recuperar el Estado’. ¿Qué es afectar la maquinaria estatal para que la sociedad sea mejor? ¿Qué significa trabajar para el Estado? Articular una voz generacional es generar una agenda de problemas: tanto temas como prioridades. Y es importante fijar una agenda que traspase el tiempo del kirchnerismo: la riqueza, la hegemonía, los periodistas y los intelectuales.”

Amílcar Salas Oroño es doctor en Ciencias Sociales y especialista en América latina. Durante los ’90, se fogueó en la agrupación universitaria El Mate. Al contrario de Freibrun, Salas Oroño teje otra continuidad histórica. “Pondría a una Generación en términos de una cultura militante. Es muy claro en el pasaje que hay con los hijos del peronismo en los ’60 y ’70, una generación intensamente política. Había un campo cultural posibilitado, por un lado, por ciertos libros claves y maestros referentes, y por el otro por cierto vínculo con lo laboral-sindical. Los hijos de la Generación de los ’70 aparecen en el 2001. Y el problema de entonces eran las ideas: los hijos de los ’70 tenían una visión antipoder. Había mucha energía militante, pero en un contexto que no potenciaba su expresión política: había que hacer asistencia social, patear mucho, adaptarse al contexto maltrecho. Era una militancia ‘reparadora’. La forma como se constituye esta generación es a partir de la contención, sin un pasaje articulado hacia la política.”

En cambio, hoy el poder ha dejado de ser un tema tabú para esta generación. “Hoy, hay una idea positiva del poder, no tan resistente ni tan foucaultiana”, completa Freibrun. “Los del kirchnerismo no son los hijos de nadie”, dice Salas Oroño. “No hay una experiencia compartida entre Boudou y un pibe de 16 años y el Canca Gullo. Ahora, todos quieren encontrar algo nuevo, ahí. Y lo interesante es que esa idea se instala: los jóvenes entonces ‘participan de la política’, tienen que gestionar en el Estado, tienen que estar ‘incluidos en un proyecto’.”

Para Martín Rodríguez, “la gran dificultad de la Generación del kirchnerismo es introducir novedades: pensar los faltantes más allá de la gestión”. Rodríguez es un militante del kirchnerismo de la primera hora; escribe en el suplemento Ni a palos. “La canonización de los ’70 es un problema. En los ’90, empezaba a haber una vinculación más crítica con los ’70 que se cortó en la última década. Incluso la apertura de los Juicios permite una profundización de la verdad histórica que no divida entre buenos y malos, sin sentir que le hacés el juego a una impunidad. El kirchnerismo en ese sentido introduce el lenguaje de los ’70, pero por suerte en un contexto que necesariamente no puede incluir la destrucción del Otro. Y ese también es un problema discursivo para el kirchnerismo.”

“En el corazón de la juventud kirchnerista confluye una suerte de experiencia común que estuvo activa durante los ’90, previa a Néstor –sigue Rodríguez–. Y en ese sentido, son los que de algún modo mejor interpretan una parte del sentido histórico del kirchnerismo. Esa especie de herencia que se juega entre los ’70 y hoy. Paradójicamente, mientras el kirchnerismo es una experiencia en el corazón del aparato peronista, construye una herencia simbólica con la militancia de las agrupaciones más autónomas de los ’90: la de la UBA, Hijos y algunas experiencias sindicales de la CGT y la CTA.”

“Hay algo del maniqueísmo de la política contemporánea que a esta generación incomoda, aunque acompañe haciendo el aguante, estructurando una militancia muy al son peronista, de arriba hacia abajo, sin cortapisas. En los ’90 hubo militantes contra el menemismo que participaron de ajustes en el sistema educativo en la universidad, en luchas por la flexibilización laboral”, comenta Nicolás Tereschuk, coeditor de la mentada página web artepolitica.com, flamante padre de mellizos y hasta hace poco con una participación activa en el sabbatellismo… “El vínculo con la política del sector de la militancia juvenil kirchnerista se referencia cabalmente en Cristina. En los ’70 era diferente, porque las posturas sobre Perón eran más ambiguas. Hoy no se quiere conducir o reemplazar a Cristina. Esta juventud tiene un vínculo menos rebelde con la política; se le suelen criticar los trajes y las Blackberry. A mí, en cambio, no me parece mal. Los treinta años de democracia existieron, no se pueden pasar por alto. Tienen una valoración de la vida en todos sus detalles: ninguno de nosotros va a dar la vida por la militancia”, dice Tereschuk.

Para Alejandra Rodríguez, “somos una generación cuya vida política amaneció por fuera de las trincheras, lo que de algún modo colisiona con las maneras de entender lo político con la generación que nos precede.” Alejandra es una de las fundadoras de Pensamiento Militante, un colectivo que se propone deconstruir la cultura política argentina, proponer otras performances, otros lenguajes. “Crecimos en una sociedad despolitizada por el miedo heredado de la dictadura. Ahora, somos una generación que no lleva el lastre de esa tragedia ni en la piel ni en la almohada, pero que padeció la muerte de sus contemporáneos por otras vías. ¿Cuántos desaparecidos de la vida hubo después entre los adictos al paco, los que no pudieron imaginar otra cosa que ‘salir de caño’ para delinquir, los desnutridos? La represión continuó por vía de las políticas neoliberales implementadas por el menemismo-cavallismo-delarruismo. Quiero decir que en nuestra biografía generacional hay padecimientos: fuimos mantenidos a raya, y por fuera de la cosa pública. El kirchnerismo tardío fue nuestro despertar definitivo. Entonces nos debemos crear un ámbito donde el pensamiento político acompañe la praxis de la política real.”

Gabriela Rodríguez plantea un reparo sobre su tocaya (y a esta altura esta nota podría llamarse “Sin documentos”). La tercera Rodríguez de este seleccionado es doctora en Filosofía por la Universidad París 8 y docente de la UBA, donde se recibió de politóloga. “Es difícil pensar en ‘matar al Padre’ cuando hay muchos que están tratando de reconstituirlo o recuperarlo, porque nunca lo tuvieron. Tal vez, lo que sí se puede hacer es revisitar los mitos políticos y desarmarlos. Es verdad que la política requiere de mitos para la creación de sentidos. Y ésa es una responsabilidad nuestra.”

Especialista en la Generación del 37, Gabriela plantea una preocupación de localización de la política. “Corremos el riesgo de convertirnos en los liberales doctrinarios franceses de 1830. Aquellos eran los hijos de la Revolución Francesa, nacieron alrededor de 1790, o sea que fueron a la escuela de la Revolución y vivieron el período napoleónico cuando eran adolescentes. Cuando viene la Restauración Monárquica, se hacen liberales. Lo que me parecía interesante del planteo de Pierre Rosanvallon en el texto que trata este tema (‘El momento Guizot’) es que dice que uno en general detiene la mirada en las generaciones revolucionarias, rupturistas, cuando es a todo o nada. Los liberales doctrinarios fueron ignorados por la historiografía porque tuvieron dos defectos: haber sido los primeros en querer clausurar la Revolución y el haber reconocido que la sociedad era democrática desde un punto de vista social, pero que el gobierno a veces exigía limitar ese afán democrático. Finalmente, terminaron absorbidos por ‘la gestión’: no había más política que la que pasaba por el gobierno. Bueno, eso podría terminar pasándonos a nosotros.”.

Fuente texto: periódico Miradas al Sur, 21 de agosto de 2011

Fuente imagen: politicas-universitarias.blogspot.com

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Published in: on septiembre 1, 2011 at 1:32 pm  Dejar un comentario  

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