Jorge Muracciole: La batalla contra el delito

 

Las diversas formas del delito son en parte el síntoma visible de cómo se vive y se muere en una sociedad determinada. El asesinato de Candela Rodríguez, a pesar de sus particularidades, expresa no sólo los niveles de perversidad de los captores y la siniestra trama de la desaparición y muerte de una nena de tan sólo  once años, sino que según la investigación en curso, dejaría en claro las nuevas formas de estructuración del negocio narco y su permeabilidad social. En un mundo donde la lógica de la ganancia como sea es el pensamiento dominante, el extremo perverso de invertir en el rubro que más rinda, aunque ese métier se lleve puesto a miles de jóvenes, se convierte en el común denominador de un universo cada vez más extenso de habitantes de este mundo globalizado. Cuando este tipo de negocio se generaliza en regiones determinadas, las pujas por los mercados de la producción y de distribución de las drogas prohibidas se transforman, de manera que el fenómeno irrumpa en las últimas décadas de la mano de la hegemonía neoliberal que debilitó las funciones de regulación de los Estados y arrasó las economías a favor de la extensión sin límites del negocio financiero, en detrimento del trabajo productivo, con efectos catastróficos a escala social.

El cartel nuestro de cada día

Minimizar este contexto, o directamente negar este fenómeno, es instalarse  en una mirada cínica o por lo menos voluntarista de cómo abordar el problema social del accionar delictivo del narco-negocio a escala global. También se deberá evaluar que tamaña degradación económica y social generada durante los últimos 40 años en los países periféricos del mundo capitalista, transforma históricas barriadas populares en el caldo de cultivo de la potencial cooptación de mano de obra disponible para sumarse a las extensas redes de los diversos negocios ilegales como la droga, los medicamentos truchos, la trata, la prostitución y todo aquello que se convierta en actividades ultra rentables en términos de mercado.

Es un dato incontrastable que los millones de seres humanos hacinados en las cárceles del planeta en su inmensa mayoría provienen de los sectores excluidos por la sociedad de consumo, desde el simple ratero, a los millares de “mulas” que día a día sirven de envases vivientes para el tráfico de drogas prohibidas en el transporte aéreo. Los grandes negocios ilegales se nutren de las necesidades de millones de seres humanos que entre el escepticismo o la desesperación, se suman como simples eslabones de las cadenas de un ilegal negocio capitalista. Las minorías privilegiadas poseedoras de millonarias rentas afrontan los ilícitos con una pléyade de abogados de primer nivel y con contactos de alto rango que morigeran las condenas o invisibilizan pruebas en su contra, endulzando los bolsillos de la justicia. Esos delincuentes de guante blanco, que destruyen las vidas de centenares de familias en estafas inmobiliarias, quebrantos bancarios o cierres fraudulentos de empresas, en contadas excepciones son tapa de periódicos. En el peor de los casos, cuando fracasa su impunidad, cumplen sus penas en celdas VIP, con condenas recortadas.

El flagelo no es un mero problema de la Argentina, ni una suerte de epifenómeno del Conurbano Bonaerense. Esta observación  no tiene como objetivo instalar la idea de que, en tanto se trata de mal generalizado, cualquier respuesta desde los organismos del Estado, se tornará inocua o vana. Muy por el contrario, diagnosticar el grado y magnitud del problema delincuencial, implica entender que, más allá del voluntarismo de referentes del mundo del espectáculo o de discursos simplistas desde los medios de comunicación de masas que claman en la pantalla chica para que “se termine ya con la inseguridad”, es  poco probable que al corto plazo se pueda eliminar este flagelo y sus siniestras consecuencias. La caída de transas barriales o simples cómplices sin prontuario, como los primeros detenidos de la causa, deja dudas no sólo sobre el móvil del crimen sino también sobre la capacidad operativa que permitió a una banda de improvisados mantener en las cercanías de su propio domicilio a la niña secuestrada, objetivo difícil de concretar sin la ayuda o intervención de especialistas en materia de seguridad. Se abre así la posibilidad cierta de un caso más de connivencia de ex miembros de las fuerzas de seguridad  junto a bandas de delincuentes ligados al mundo narco. De comprobarse la hipótesis de connivencia, se ratificaría la grave  realidad extendida en distintas urbes latinoamericanas donde el fenómeno delictivo atraviesa las permeables estructuras de los cuerpos de seguridad.

En el caso que nos toca analizar, en las entrañas de la otrora “mejor policía del mundo”, según palabras del inefable Eduardo Duhalde, otra vez parecería darse un caso de corrupción policial asociada al crimen organizado. De comprobarse esta asociación, no alcanzaría con la depuración de aquellas estructuras funcionales al negocio ilegal dentro de las fuerzas de seguridad, sino que el desafío de la democracia Argentina –como tantas otras en el planeta–, será el de emprender una compleja ingeniería que inmunice al cuerpo social de la potencial cooptación de sus voluntades, por parte del negocio capitalista del narcotráfico. Habrá que reconstruir desde la base de las barriadas populares formas organizativas ligadas a la cultura del trabajo, que articuladas con el sistema educativo y con iniciativas estatales y no gubernamentales, penetren en cada barrio con dispositivos basados en lógicas de solidaridad y convivencia comunitaria, que permitan incidir en las precarias y degradadas prácticas de subsistencia de un significativo universo de jóvenes, potenciales víctimas del reclutamiento del rentable negocio delictivo. El deporte, la recreación, el acceso a grupos de pertenencia populares que alteren las rutinas del tedio sinsentido o del consumo evanescente serán parte de una tarea transdiciplinaria de la que los medios de comunicación no deberán estar ajenos.

Muchos jóvenes están incluidos en el consumismo y reciben el bombardeo sistemático de la publicidad televisiva indiscriminada que liga “el ser al tener”. De esta forma se les marca a fuego que únicamente poseyendo tal coche o calzando tal marca de zapatillas podrán pertenecer al mundo de los elegidos.

Ese combo esquizoide de necesidades insatisfechas y realizaciones imposibles, poco ayuda a la postergación de los deseos fallidos de consumo. Y el malestar vivencial, sumado a la falta de perspectivas en el mundo laboral, instala a una multitud de jóvenes –y no tan jóvenes– al borde del abismo. Entre el sinsentido de una vida de privaciones y el realismo mágico publicitario, tomar atajos no resulta una opción irracional para muchos jóvenes que terminan convirtiéndose así en carne de cañón delincuencial. Por tal razón, cualquier atajo que busque, desde el aparato del Estado o de la sociedad toda, soluciones de tipo punitivo, lo único que hará es incrementar aun más esta guerra sin fin de mano dura y atrocidad  delincuencial.

Necesariamente la batalla contra el delito será político-cultural o no será.

Fuente texto: diario Tiempo Argentino. 11 de septiembre de 2011

Fuente imagen: vistazo.com

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Published in: on septiembre 12, 2011 at 1:16 am  Dejar un comentario  

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