Luis Tonelli: Ante el Nuevo Des-Orden Mundial

 

La Presidenta, de campaña electoral, haciendo lo que mejor sabe hacer: dar cuenta de sus decisiones, dar cuenta de sus políticas, dar cuenta de sus logros, dar cuenta de los desafíos y problemas que genera el éxito y, también, dar cuenta de algo de todo lo que falta.

Cosa muy diferente a la tortura que debe significar para los líderes mundiales actuales estar al frente de sus gobiernos para dar cuenta de sus ajustes, para dar cuenta de sus déficits cero, para dar cuenta del desempleo.

Se han invertido las suertes, si uno las contrasta y recuerda como estábamos diez años atrás. Por esos días, más precisamente por agosto de 2001, el secretario del Tesoro, Paul O´Neill, se preguntaba “por qué los carpinteros y los plomeros estadounidenses tenían que pagar la deuda argentina”. Un mes más tarde, con el atentado a las Torres Gemelas, los republicanos tomarían el control del FMI dejando librado a ese intrascendente país del Sur al garete del tifón de la globalización financiera.

La Guerra contra el Terror sería, para los neoconservadores de George Bush, una Guerra que aniquilaría a los terroristas islámicos, afianzaría la democracia US style en el mundo, aseguraría las fuentes de energía para Estados Unidos, redundando todo en una revitalización de la economía del país, y de la expansión de una globalización exitosa.

Una década después, queda claro que Estados Unidos ha pagado muy caro evitar la ocurrencia de un segundo megaatentado en su país, al precio de un sobreendeudamiento, una economía estancada y un aumento incesante del desempleo. En política interna, las enormes expectativas creadas por el ascenso del demócrata Barack Obama fueron quedando frustradas una a una. Su diagnóstico de que la economía estadounidense sólo necesitaba un booster de confianza, y un service de mantenimiento hecho por los mismos responsables de la crisis de las sub primes, Tim Geithner, como secretario del Tesoro, y Larry Summer, como jefe del Consejo Económico, se mostró fundamentalmente errado. A tal punto que su reelección aparece como una utopía lejana. Si los gobiernos son los que ganan o pierden las elecciones, Obama ha hecho suficientes méritos para perderlas.

De todos modos, no la pasa mucho mejor ni el establishment tradicional del Partido Republicano ni tampoco los intelectuales del Nuevo Orden Mundial de Bush: la alternativa en ese partido ha pasado a estar controlada por un grupo de fundamentalistas conservadores, el Tea Party, que piensa que su condado onda Fargo es el ombligo del mundo, y que propone como pócima milagrosa, para terminar con la crisis, eliminar todos los impuestos a los ricos. Espantado, el Premio Nobel Paul Krugman no ha dejado de predicar (sin mayor éxito) lo suicida que sería tal decisión, en momentos en que se debe expandir el gasto, para generar consumo y salir de la temida trampa de liquidez. La deflación lleva a que los estadounidenses ahorren en dólares esperando a que los precios todavía bajen más, lo que frena toda la recuperación. En este contexto, la tasa de interés no puede ser sino cero (ya que cualquier otra sería exorbitante con los precios en caída) y el gran incentivo a la reactivación pasa por que Ben Bernanke asegure que más o menos para la fecha en que Mauricio Macri diga de vuelta que va ser candidato presidencial (y vaya a saber uno si lo será o no) la tasa seguirá siendo cero.

La euforia en los mercados dura sólo horas, minutos, pero aparece un nuevo informe de alguna aseguradora de riesgo pesimista y la coordinación de los inversores hacia arriba se vuelve coordinación hacia abajo. Delicias del capitalismo financiero global en la era de las telecomunicaciones: cuando todo va bien, la burbuja se expande a velocidad del rayo; cuando todo va mal, todos quieren salir rápido de esos activos “tóxicos” y se desesperan por vender al precio que sea.

Para peor, toda liquidez que la Fed inyecta al mercado, se transforma en dólares que salen de Estados Unidos a buscar un mejor horizonte de inversiones, y contribuyen, por ejemplo, a inflar el precio de los commodities (y del oro).

Ni qué hablar del contagio que ha tenido esta crisis sobre Europa, fomentada absolutamente por el contagio previo de las modalidades tan particulares en que el capitalismo financiero define en sus países la “seguridad jurídica”, especialmente en la confección de sus balances inflados y en la evaluación del riesgo de créditos otorgados a quien fuera y sea.

Sin embargo, la política de la Guerra contra el Terror le ha costado a Estados Unidos no sólo ser el responsable de una crisis económica mundial, si no el fin del sueño americano de ser ese Imperio by default. Imperio no solicitado, pero finalmente realizado en los hechos -sin hacerse responsable de ello, como el gran historiador de Oxford, Niall Ferguson, argumentó en su libro Coloso, que preveía la crisis.

Sueño de presidir una globalización donde se consolidaría en el mundo la receta estadounidense de una “democracia electoral sumada al libre acceso a los electrodomésticos”, como tan sardónica como optimistamente, Francis Fukuyama había anunciado a la Hegel la fórmula del Fin de la Historia.

Sueño que al fin y al cabo se circunscribió al período entre dos caídas magnas: la del Muro de Berlín y la de las Torres Gemelas.

Ni la democracia estilo americano pudo expandirse por el mundo a base de las bayonetas de los marines ni la globalización se convirtió en el reinado apacible de ese autómata llamado mercado. Los deseos imaginarios de un Nuevo Orden Mundial se transformaron en la pesadilla del desorden internacional. Agravado porque el fin de los sueños hegemónicos de Estados Unidos no llevaron a un acuerdo multipolar (tipo la Santa Alianza del canciller Metternich) ni al ascenso de una nueva potencia mundial, capaz de imponer su hard power militar y económico y difundir su soft power cultural.

Más bien estamos en una tierra de nadie donde ni siquiera es posible la geopolítica ya que ella depende del dominio de la forma estatal sobre el globo terráqueo, y en cambio tenemos una combinación de viejos Estados desdentados, disputándose los recursos naturales (o sea, la geopolítica tradicional) pero combinada con esa loca globalización financiera e impotentes organizaciones supraestatales, y formas violentas subestatales, como en Libia, como en algunas zonas de México (y como en algunas áreas del conurbano bonaerense). Una especie de Globopolítica donde la América al Sur del Río Bravo ha encontrado cobijo y progreso que contrasta con los sombríos pronósticos de los viejos dueños del futuro.

Finalmente, nuestros países han podido hacer política anticíclica: cuando al mundo desarrollado le va mal, a nuestras sociedades les va bien. Pero los gobiernos de la región tomaron nota de que una crisis global, por definición, es sufrida por todos, si no se hace algo para evitarla. Un paso adelante se va a dar con la creación del Banco (de inversiones) del Sur.

Todo indica que China no va a quedarse de brazos cruzados si la economía de Estados Unidos no le demanda su superproducción, que tampoco podrá ubicar en el resto del mundo. Tiene un enorme mercado interno sobre el cual desarrollar un poco de “peronismo” consumista, aunque la milenaria prudencia se estremece de sólo pensar que el comprar más cosas viene asociado a querer votar un poco más. Todavía más difícil es que los chinos, que comenzaron a comer pollo, vuelvan a comer arroz, y se sabe que los pollos no comen arroz sino soja argentina y brasileña.

Las autoridades argentinas han dado muestras, en los últimos días, de “institucionalizar” su vertiginoso crecimiento económico para, sin quedar de nuevo al capricho de los flujos de capital oportunista, más bien poder receptar inversión directa extranjera productiva, huérfana de ofertas tentadoras donde hundir ese dinero.

¿Quién puede decirlo? Quizás este desorden mundial sea el preámbulo de un nuevo orden mundial, no el que soñaron George Bush, Paul Wolfowitz, Bill Kristol y Richard Armitage, sino el tan ansiado desde estas latitudes, tan castigadas, que hoy exhiben su esperanza. Ojalá.   

Fuente texto: revista debate

Fuente imagen: rebelion.org

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Published in: on septiembre 15, 2011 at 1:03 am  Dejar un comentario  

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