Ricardo Forster: Una extaña experiencia

 

Los últimos años en nuestro país han sido, a nadie le cabe duda, de una intensidad político-cultural inusual. Fuertemente marcados por la impronta dejada por la irrupción de Néstor Kirchner en el escenario mayor de la política nacional, la época iniciada en mayo de 2003 y luego expandida y profundizada por Cristina se ha caracterizado por la recuperación del debate público y, lo que es más importante aún, por la fuerte repolitización de una sociedad que venía cuesta abajo en casi todas las dimensiones de la vida colectiva y que, entre otras cosas, y como consecuencia del fin ignominioso de la década del ’90, había construido una formidable maquinaria de sospecha y de deslegitimación de casi todo lo que oliera a política. A partir del ritmo vertiginoso desplegado por un proyecto que vino a conmover la vida de los argentinos y por el desencadenamiento de una serie de conflictos con algunas de las principales corporaciones económicas, lo que se abrió con una potencia inusitada fue la posibilidad de poner bajo la lupa de la crítica cuestiones que parecían intocables y selladas pero que, una vez abiertos sus expedientes, les dieron otra espesura a los debates y galvanizaron diversas formas de participación amplificando el espectro de la democracia.

 

Lo que se pudo discutir y revisar sin sentir que la historia ya parecía clausurada fue la ideología que dominó la escena argentina y mundial en los últimos 30 años. El neoliberalismo, porque de eso se trató y se trata, dejó de ser ese discurso triunfal que se llevaba todo por delante (tradiciones que entremezclaban concepciones popular nacionales, de izquierda e incluso neokeynesianas sobrevivían a duras penas en el interior del mundo académico o como gesto de resistencia de pequeños grupos que trataban de cobijarse del mejor modo posible ante la tremenda tormenta desencadenada por el capitalismo en su fase especulativo-financiera). El neoliberalismo, entre muchas otras cosas, buscó horadar el espacio público y la acción política desplazándolos por la lógica del gerenciamiento de cuerpos, el flujo de capitales y de mercancías tratando de vaciar, de ese modo, la idea nuclear de la democracia que se asienta en la participación de los ciudadanos y en la amplificación de la lengua política. El imaginario dominante en aquellos años no fue otro que el del traslado de la gestión empresarial al universo de la gestión pública soñando con reemplazar, por cuadros formados en el management corporativo, a los portadores de un anacrónico y ya supuestamente impresentable ideologismo político que a todas luces, y como consecuencia del economicismo reinante, no era sino cosa del pasado. Una realidad despolitizada y pragmática que acompañó, como su piel imprescindible, al tiempo del mercado global y de la concentración exponencial de la riqueza en cada vez menos manos. 

Tal vez por eso una de las preocupaciones centrales de Néstor Kirchner, y luego de Cristina, fue recuperar el rol de la política como eje vertebrador de una profunda y decisiva remodelación de la vida nacional. Comprendieron que sin política lo que quedaba era el dominio de una lógica mercadolátrica y la consolidación de un dispositivo discrecional y arbitrario que tendía a favorecer a los poderosos de siempre. De ahí el esfuerzo descomunal por darles cabida a los movimientos sociales nacidos en la resistencia contra el modelo neoliberal al mismo tiempo que se reconstruía la trama social política devastada por el reinado, que parecía omnisciente, del ejército de economistas ortodoxos que se habían erigido en la “voz de la verdad”, en los oráculos insustituibles que explicaban el porqué de la inexorabilidad de las leyes enigmáticas del mercado global y de sus humores indescifrables. Con el kirchnerismo regresó la política y el tumulto discursivo, el conflicto y las diversas formas de participación y de interpelación pero, sobre todo, lo que regresó fue el papel central del lenguaje político a la hora de determinar el hacia dónde de un modelo de transformación. La economía, mientras tanto, dejó de ser la niña bonita del establishment para pasar a ser comandada por quienes, desde el centro del poder público, ejercían y ejercen la soberanía popular y democrática. 

Una dura disputa por el sentido, articulada con una revisión no menos intensa del relato de la historia, se entrelazó con la aguda conciencia, nacida a partir del conflicto con la corporación agromediática, de la importancia decisiva de lo que algunos denominaron la “batalla cultural”. En todo caso, y dejando de lado palabras cargadas de belicismo, lo cierto es que hemos sido testigos de un interesantísimo litigio en el que la hegemonía de la cultura dominante de matriz neoliberal fue sacudida por la sistemática construcción de lo que un viejo e imprescindible pensador de la política llamó acciones “contrahegemónicas” cuyo principal objetivo no es otro que el de disputar sentido común y opinión pública. En el interior de este escenario de intensas reconfiguraciones cultural-políticas es que tenemos que intentar comprender el alto índice de debate que atraviesa a la sociedad incluyendo, para sorpresa de muchos, a quienes se deleitaban con el fin de la historia y la muerte de las ideologías.

 Señalo con cierta insistencia este giro clave que marcó la actualidad argentina, un giro caracterizado por la ampliación del debate de ideas y por la repolitización de una parte sustancial de la sociedad, porque tuve la, para mí, extraña posibilidad de intervenir en el encuentro anual del IAEF (Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas), un marco, lo confieso, en el que no me hubiera imaginado participando y menos diciendo las cosas que dije. Primero porque el IAEF es una entidad cuya mirada del país y del mundo es antagónica a la mía; segundo porque a partir de esas discrepancias estructurales lo que también se diferencia es el lenguaje argumentativo con el que se busca describir el estado de la situación, y tercero porque seguramente una cierta lógica del prejuicio suele desplegarse entre aquellos que se colocan en lugares tan disímiles a la hora de pensar la actualidad. Simplemente entre la visión y la ideología de quienes participan en el IAEF (al menos en su mayoría, aunque como tuve oportunidad de experimentar después de mi intervención, siempre hay interesantes excepciones que me confiaron su cercanía con mi análisis de la situación argentina) y mi propia ideología casi no existen puentes que puedan transitarse de ida y vuelta. En todo caso, lo que sí fue evidente es que es posible escuchar al otro y hacerlo con respeto y sentido de la hospitalidad que se le debe a quien ha sido invitado a compartir, como una suerte de extranjero, la mesa de los anfitriones. 

Extraña circunstancia argentina en la que algo de esa naturaleza puede acontecer y en la que la alteridad de visiones, en muchos casos radical, puede, sin embargo, favorecer el impacto de posiciones profundamente diversas y contradictorias. Pero también la certeza de que la consolidación del Gobierno y el ya inevitable resultado electoral de octubre ha generado, entre quienes actúan en una de las primeras filas del poder económico y que hasta ahora han pensado y obrado de acuerdo con un libreto mal escrito y a estas alturas impresentable de la oposición mediático-corporativa, la necesidad de intentar entender por qué pasó lo que pasó si, hasta ahora, lo que predominaba era la certeza opuesta: que el kirchnerismo estaba aislado y que su final anunciado estaba a la orden del día. Como gentes de negocios que deben preciarse de estar bien informados necesitaban escuchar la otra campana. En este caso fue la mía. 

Más extraño resulta que sean empresarios y ejecutivos estrechamente ligados al establishment económico quienes muestran una disposición a escuchar los argumentos de alguien caracterizado, por los medios de comunicación adictos a las etiquetas, como un “intelectual K”, de alguien del que se presume que ha quedado atrapado en la telarañas del oficialismo y que no hace otra cosa que argumentar de acuerdo con las necesidades del poder o, peor todavía y apelando a una deducción francamente hostil y despreciativa, a lo que “la caja” puede ofrecer a cambio de las ideas. Lejos de esa estructura del prejuicio que viene desplegándose con insistencia digna de mejor causa desde los días, que ya parecen lejanos, del conflicto por la 125, se pudo desarrollar durante mi participación en el encuentro del IAEF un intercambio crítico que, en lo personal, me pareció destacable teniendo en cuenta, lo repito, lo inusual de estos intercambios que, y eso también lo sé, no modifican posiciones hegemónicas sobre todo en el mundo intelectual-político de quienes han construido no sólo una perspectiva ideológica dura y ortodoxa en materia económica sino que han sido actores privilegiados a la hora de influir sobre los lineamientos centrales de las políticas económicas que determinaron la travesía argentina, al menos, hasta la llegada de Néstor Kirchner al gobierno. Ser invitado no significa dejar a un lado, por una supuesta falsa cortesía, el núcleo de las diferencias ni callar allí donde se vuelve fundamental señalar los niveles de responsabilidad en que han incurrido aquellos que, desde hace mucho tiempo, vienen defendiendo entre nosotros las políticas neoliberales.

 

Lo primero que se me ocurrió destacar es lo que caractericé como una “lógica del prejuicio”, es decir, esa visión anticipada que impide comprender lo que está sucediendo. Una mirada que ya sabe, antes siquiera de posarse sobre la realidad, lo que espera ver y, sobre todo, lo que quiere ver. Dicho de otro modo: en la trama prejuiciosa de muchos de los que participan del mundo de las finanzas y de las inversiones bursátiles y bancarias, lo que viene sucediendo enla Argentinano es otra cosa que el triunfo, insostenible e indeseable, del clientelismo populista que, claro, representa, a sus ojos incrédulos, un perverso modo de capturar a las masas ciegas a cambio de prebendas y dispendiosas acciones del Estado que van conduciendo al país hacia el abismo del déficit fiscal. Pero en ellos también se cuela no sólo el prejuicio ideológico o lo que tiene directamente que ver con los intereses corporativos sino que, en muchos casos, lo que se expresa es un profundo desprecio por políticas nacidas de tradiciones populares. Una ceguera entramada de preconceptos, intereses especulativos y una agudizada sensibilidad de clase social acostumbrada a invisibilizar a quienes cuando aparecen en la escena política constituyen algo así como el “regreso del aluvión zoológico”. Parte de mi intervención estuvo dirigida a poner en cuestión este prejuicio no desprovisto también, en algunos casos, de desprecio racista. 

También insistí en lo absurdo que resultaba leer la compleja realidad nacional e internacional desde una perspectiva absolutamente sesgada y, para eso, ejemplifiqué con la brutalidad narrativa de Clarín que terminaba por considerar que sus lectores eran unos estúpidos que creían a rajatablas su reducción salvaje y primitiva de la actualidad a una suerte de abrumadora experiencia de la catástrofe. Simplemente les transmití que me resultaba absurdo e inverosímil que personas atentas a los acontecimientos económicos y políticos redujeran tan bizarramente su análisis a lo que tenían para ofrecer algunos medios de comunicación carentes de la más mínima imparcialidad o, incluso, rigurosidad profesional (más su plantel de periodistas “independientes” y de economistas prêt-à-porter que desde hace décadas vienen diciendo siempre lo mismo pase lo que pase y como si sus pieles fueran de amianto que ningún fuego les hace daño). 

Mi exposición no dejó de tocar las políticas implementadas desde el gobierno primero de Néstor Kirchner y después de Cristina, destacando, con cierto énfasis y de acuerdo con el público que escuchaba con atención, la decisión crucial de reestatizar el sistema jubilatorio. Reivindicar esta decisión en el marco de un encuentro de banqueros y financistas absolutamente consustanciados con las AFJP era un desafío que me pareció importante afrontar, del mismo modo que también creí necesario describir las respuestas que desde el oficialismo se habían implementado para enfrentar la crisis económica abierta desde el segundo semestre de 2008 y profundizada en los últimos meses con el peligro cierto del default griego. La reivindicación del rol del Estado, de políticas sostenidas de apoyo al mercado interno, la protección del trabajo y de los salarios constituyeron, eso sostuve, la base principal que le permitió a nuestro país atravesar con muy poco daño la crisis mundial. Lo demás fue acentuar la decisión de colocar a Mercedes Marcó del Pont al frente del Banco Central, la importancia de utilizar las reservas y, como cierre, lo decisivo que había sido el litigio por el relato, es decir, la cuestión de la disputa por el sentido. Extrañas circunstancias, las dela Argentinaactual, que me llevaron a hablar ante semejante auditorio. 

Fuente texto: revista veintitres,  29 de septiembre de 2011 

Fuente imagen: bartolomebautista.blogspot.com

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Published in: on septiembre 30, 2011 at 1:33 pm  Dejar un comentario  

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