Roberto Caballero: La lógica corporativa es antipolítica

 

La política es el arte de articular intereses diversos. El corporativismo, en cambio, una filosofía que pone en el centro la demanda sectorial bajo el pretexto de que es la del conjunto.
 

Además, sobre “una escalada contra la actividad sindical”, y señaló, en su párrafo más largo y polémico, que “llama la atención la facilidad con que la justicia actúa sobre los dirigentes gremiales cualquiera sea su trayectoria o ideología política en un país donde los narcos, los apropiadores de bebés, los abusadores de menores, los que saquearon la Argentina, los que hacen espionaje a los vecinos, los traficantes de armas, los corruptos, los que defraudan al Estado y al pueblo parecen tener –aun los condenados– otra consideración y otra suerte.”

La calificación de “polémico” obedece a que el país que describen no es cualquiera: es el que gobierna Cristina Kirchner desde hace cuatro años. En este caso, la omisión funciona como injusto señalamiento. Injusto, porque hay políticas públicas que están poniendo tras las rejas a los represores y genocidas apropiadores de bebés, y hay empresarios de los remedios truchos presos y, que se sepa, los responsables del Narcojet no caminan por la calle. También hay políticos corruptos procesados, y en la CGT no pueden ignorar que el deseo gubernamental tropieza a menudo con la lentitud y hasta indolencia de algunos representantes el Poder Judicial.

Pero es imposible no registrar que el reproche sindical está en línea con otras quejas previas, donde la CGT trazó un círculo de autonomía que cayó como desafío en Balcarce 50: el discurso de Moyano en River donde dijo que algún día la Argentina iba a tener un presidente obrero –lo que le valió el cruce inmediato de Cristina afirmando que ella era trabajadora desde los 16 años–, el apoyo al duhaldista de José “Momo” Venegas cuando el juez Norberto Oyarbide ordenó su arresto en la causa por los remedios truchos y la amenaza de paro con movilización a Plaza de Mayo –y no a los tribunales de Comodoro Py– por la operación de Clarín con el exhorto suizo y el supuesto lavado de dinero.

Tal vez porque el comunicado fue recogido por las versiones digitales de Clarín y La Nación como una prueba indubitable del agrietamiento de las relaciones entre la Casa Rosada y la CGT, a tan sólo 22 días de las elecciones, desde la central sindical se lanzó otro, en horas de la tarde, agregando un párrafo más conciliador: “Es importante recordar que cuando se produjo la quema de trenes en Haedo, así como los hechos de violencia registrados en Constitución y otros lugares, la CGT repudió los mismos y los interpretó como parte de un ‘operativo caos’, tendiente a intranquilizar a la población y desestabilizar al gobierno nacional.”

Si bien el refrán dice que la intención es lo que vale, es de dudosa eficacia en cualquier relación gritar una cosa para luego susurrar las paces. Es cierto que Moyano no está obligado a quedarse callado ante la detención de un gremialista. Fue una constante en su vida. Que sólo eludió cuando Pedraza cayó por el brutal asesinato de Mariano Ferreyra. Su límite, en ese caso, fueron las pruebas judiciales. Es probable que aquel gesto le haya servido para desmontar parte del prejuicio antisindical que anida en las clases medias. Quizás porque Moyano, en aquella encrucijada, actuó como político que mira toda la cancha, poniendo a raya su propio instinto corporativo. De hecho, la Unión Ferroviaria lanzó un paro en soledad mientras las evidencias criminales se acumulaban contra Pedraza, sin el aval de la CGT.

Puede decirse que esa actitud estuvo a la altura de un deseo que hace público cada tanto, de manera tan legítima como obsesiva: que el movimiento obrero organizado deje de ser columna vertebral del peronismo para transformarse en su cabeza. Pero Moyano, últimamente, le hace trampas al deseo de Moyano. ¿Qué político o aspirante a político se enfrentaría con Cristina Kirchner cuando faltan tres semanas para que revalide en las urnas la rotunda victoria de las primarias? No lo hacen ni Ricardo Alfonsín, ni Elisa Carrió, ni Rodríguez Saá, ni Francisco de Narváez, ni Mauricio Macri. ¿Por qué debería hacerlo Moyano si, a la vez, se declara oficialista del modelo? Una sociedad es algo más complejo que un sindicato. El movimiento obrero es una parte, sustancial, pero no el todo. Eso lo plantea Jorge Altamira, que es clasista en 2011 y saca el 2% de los votos, mientras espera un milagro y, de paso, el voto que le prometió Federico Pinedo.

La política es el arte de articular intereses diversos. El corporativismo, en cambio, una filosofía que pone en el centro la demanda sectorial, bajo el pretexto de que es la del conjunto. En los sucesos de mayo pasado se quemaron ocho vagones de una formación ferroviaria, se puso en riesgo la vida de los pasajeros y se afectó el patrimonio estatal en decena de millones de pesos. Es antipático poner la mira judicial sobre un dirigente sindical como el “Pollo” Sobrero, opositor al criminal Pedraza, mítico luchador por un mejor servicio ferroviario y hombre de izquierda consecuente. Ojalá salga en libertad, sería una buena noticia, del mismo modo que sería una muy mala si se comprueba lo que el juez investiga, con el nivel de pruebas que hoy atesora y lo habilita, además, a detenerlo para tomarle indagatoria, según prescriben las leyes. Todo esto es verdad, tanto como que el país catastrófico que pinta en su comunicado –o, mejor dicho, en uno de sus párrafos– la CGT no parece existir para los millones de argentinos que hoy apoyan al gobierno.

Hay un Moyano –el político– que no merece lo que el otro Moyano –el corporativo– le hace. El hombre de coraje que batalló contra el neoliberalismo cuando otros se escondían bajo la cama, no puede caer en la celada: los mejores salarios, las paritarias anuales, la fortaleza económica de las obras sociales, la autonomía financiera del país frente al FMI, el doble aumento anual a los pasivos y la creación de puestos de trabajo, entre otros logros del modelo K, aunque siempre insuficientes, son el piso de un país distinto que no tiene a los trabajadores como variable de ajuste, ni como convidados de piedra al banquete ajeno. Afirmar lo contrario, hoy, no es siquiera de opositores: es de extraterrestres. Si toda la discusión es que el tope de Ganancias perjudica a algunos gremios cuyos afiliados ganan sueldos por encima de la media, ¿no habrá que plantearlo de este modo, sin dramatizar tanto y sin poner en el abismo la relación entre un gobierno y una CGT que se declara oficialista de este mismo gobierno?

¿El Moyano que a pocas horas de la muerte de Kirchner reunió a toda la dirigencia gremial en el Salón Felipe Vallese para respaldar a Cristina, comparando la obra del oficialismo gobernante con las reparaciones históricas de Perón y Eva Perón, no tendría, acaso, que confiar más en los hechos que en las noticias que lee en Clarín y La Nación?

Siendo el dirigente más inteligente de su clase, peronista indubitable, ¿no debería superar la herida narcisista del armado de listas del FPV, anteponiendo otros intereses sobre la mesa de negociación?

No es fácil, seguro. Y no lo es, entre otras cosas, porque el moyanismo (léase, los dirigentes que lo aconsejan, a veces bien, otras no tanto) no termina de comprender que la política y el sindicalismo no son sinónimos siempre y, según la coyuntura, pueden ser hasta antónimos. La confluencia debería ser estratégica, sostenida en guiños tácticos. Y en la confianza.

¿Qué supone Moyano que interpreta Cristina cada vez que desde la CGT se reivindica al modelo y a Néstor Kirchner sin darle arte ni parte justo a ella que es la viuda, precisamente, de Kirchner? ¿Acaso le disputan la herencia ideológica? ¿Lo creen en serio?

Lo único que cambió fue el estilo, desde la partida de Néstor Kirchner. Cristina es mujer y no una compañera de asados. Reprocharle eso es pelearse con la realidad. Y la realidad, al menos en el peronismo doctrinario, es la única verdad.

Paradoja del tiempo que vivimos: ¿El mismo Moyano que en el edificio de la CGT homenajeó hace unos años a José Ignacio Rucci, figura indiscutida de la lealtad a un proyecto nacional, no quiere sostenerle el paraguas a Cristina Kirchner? ¿Tal vez porque la quieren más parecida a Isabel que a Perón? Son preguntas nomás. Y parte de un debate pendiente, por qué no blanquearlo.

El problema es que el liderazgo de la presidenta, si se lo analiza en profundidad, es fruto de una conciencia histórica que incluye –por supuesto– pero también excede al movimiento sindical peronista.

La impresión es que, hoy por hoy, el modelo que Moyano defiende encarna en Cristina o en nadie más. Cualquier otra cosa es lo más parecido a dispararse en el pie. Pasa cuando el instinto corporativo se torna antipolítico. Pasa, aunque no debiera.

Así de sencillo, así de confuso y así de serio. 

Fuente texto: diario Tiempo Argentino, 2 de octubre de 2011

Fuente imagen: thetgpost.wordpress.com

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Published in: on octubre 4, 2011 at 1:36 pm  Dejar un comentario  

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