Alberto de Arriba: De La Plata a la Costa Azul

 

El escrutinio definitivo estableció que Cristina Fernández de Kirchner obtuvo casi 11,9 millones votos, la mayor cantidad de sufragios en términos absolutos de la historia argentina a favor de un candidato. Consiguió además una diferencia de 37,31 puntos sobre Hermes Binner, con lo cual rozó el récord de Juan Domingo Perón en 1973, cuando  le sacó  37,43 a Ricardo Balbín. Por entonces, la actual presidenta era una universitaria que votó a su líder desde posiciones de izquierda y cuestionaba severamente al capitalismo. Pero la mayoría de las experiencias socialistas se derrumbaron y muchos de los revolucionarios de aquellos años turbulentos son, cuando mucho, los progresistas de hoy. Ya no sueñan con un cambio radical del sistema,  pero cuestionan al capitalismo salvaje y la voracidad financiera sobre la cual gira la lógica global. No tienen el mismo paradigma de entonces, pero preservan utopías igualitarias. Eso fueron los ejes de la actuación de Cristina Fernández en Cannes ante los líderes mundiales. Como presidenta, la antigua militante del peronismo revolucionario devino en una voz sonora del reformismo progresista en los foros internacionales. No saca los pies del plato, intercambia diplomáticas lisonjas con el presidente de los Estados Unidos, pero defiende los intereses nacionales y cuestiona apasionadamente al poder financiero internacional. Con pudor, la presidenta confesó en la Costa Azul que la fogosa estudiante que fue, no se hubiera imaginado jamás que un día reclamaría como presidenta de los argentinos “volver a un capitalismo en serio”.  ¿Cuánto se habrá corrido el mundo a la derecha para que una simple propuesta keynesiana para salir de la crisis se transforme en un programa de ruptura para el saber mundial? 


Frente al descalabro global, Cristina Fernández propone más Estado y menos mercado. Es lo que hace internamente cuando obliga a petroleras y mineras a liquidar sus dólares en la Argentina, a las aseguradoras a repatriar sus divisas y al merado cambiario a cumplir con normas de control de la AFIP. Claro que tampoco come vidrio: recorta subsidios que se justificaban cuando las empresas tambaleaban, pero no se sostienen cuando otros sectores pueden requerir auxilios si la crisis internacional azota estas costas.       

Respaldada por la dolorosa experiencia de los sucesivos ajustes aplicados al pueblo argentino desde el célebre rodrigazo de 1975 hasta  el estallido del modelo neoliberal de 2001, así como por el éxito del modelo kirchnerista para salir de  la crisis, Cristina Fernández  volvió a remar contra la corriente en Cannes. Les dice a los líderes mundiales que no entiende un capitalismo amarrete en el que sólo se trata de recortar, achicar, podar y secar. Que deberían centrar la acción de gobierno en el empleo, que depara consumo y crecimiento. 

En cambio, tanto Nicolas Sarkozy como Angela Merkel –los jefes de los estados más poderosos de la Eurozona– están de acuerdo en suministrarle al pueblo griego la medicina que los argentinos conocen de memoria, porque debieron ingerirla durante 26 años y con especial generosidad en los 90. Y Obama los bendice.

Los líderes de Francia y Alemania condicionan una rebaja del 50% de la explosiva deuda de griega de 350 mil millones de dólares,  a que el gobierno del socialista Georgios Papandreu eche a miles de empleados públicos, desmantele el Estado de Bienestar, desregule totalmente la economía y flexibilice la relación laboral. Una propuesta ideal para un gobierno progresista. Es el mismo mandato que los banqueros pretendían aplicar en la Argentina en 2001. Y no es muy distinto a lo que siguen pidiendo los gurúes ortodoxos locales, que se rasgan las vestiduras por la inflación, se horrorizan por el gasto público y se solazan con las cargas contra el peso argentino como prueba de un supuesto fracaso del modelo kirchnerista.   

Cristina Fernández piensa en cambio que en lugar de llevar tranquilidad a los mercados financieros, los gobiernos deben darle tranquilidad a la gente. A eso obedecen, por ejemplo, las regulaciones para comprar dólares. Para la presidenta, el mundo vive en un “anarco-capitalismo financiero” que pone en riesgo hasta los fundamentos mismos de la democracia. A su juicio, no debe haber ajuste para los pueblos, sino control para los mercados financieros. Con esa simple receta, rompió el eufemismo diplomático y escandalizó a los liberales europeos. 

Si bien no hizo más que repetir en un foro internacional lo que habitualmente dice en sus discursos domésticos, seguramente lo hizo con el énfasis que le insufla el 54% de los votos. Barak Obama, que busca su reelección con dificultades al igual que Sarkozy,  le dijo al francés que debían tomar ejemplo de Cristina. Puede haber sido un chascarrillo, pero seguramente no faltó una cuota de admiración por el comportamiento electoral de su colega del sur. Si Cristina no hubiera obtenido su reelección, difícilmente Obama hubiese pedido la reunión en Cannes. Pero con un futuro de cuatro años más,  a los dos les convenía remontar la fría relación bilateral.  Ambos presidentes se reunieron en la víspera del sexto aniversario de la cumbre iberoamericana de Mar del Plata, en la cual Néstor Kirchner,  Hugo Chávez, Evo Morales, Lula da Silva y Correa enterraron la propuesta estadounidense de extender el ALCA a toda América del Sur. En aquella oportunidad, George Bush,  se retiró humillado de  Mar del Plata.

Desde entonces, la relación de la Argentina kirchnerista con los Estados Unidos  atravesó altibajos. Cuando Obama fue electo presidente, Cristina Fernández mostró su alegría en más de una oportunidad, por el hecho de que un demócrata con discurso progresista ingresara a la Casa Blanca. Supuso que podría tener mayor sintonía que con Bush. Pero tiempo después, la presidenta llegó a decir que su par norteamericano la había defraudado. Los desencuentros más recientes son el episodio de las valijas con armas estadounidenses retenidas por la aduana argentina y las votaciones de EE UU  en el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo,  contrarias a que se otorguen créditos a la Argentina. Los funcionarios del Ministerio de Economía creen que estas votaciones estuvieron promovidas  por la presión  de los holdouts norteamericanos que le calientan la cabeza a Obama. Al gobierno nacional le interesa solucionar estos conflictos por si las consecuencias de la crisis internacional lo obligan a volver al mercado internacional de capitales, pero en el marco de “una negociación razonable que no implique bajarse los pantalones”.    

De aquella estudiante antimperialista de los 70 a esta amable contertulia de Obama en Cannes, hay tanta distancia como la que exigen los cambios en el mundo. Con todo, mayor aún es el abismo entre esta relación razonable con el país más poderoso de la Tierra y aquella humillación grosera de las “relaciones carnales” de los ’90.

Las delegaciones gubernamentales argentinas ya no se arrastran mendicantes por los foros internacionales en busca de unas monedas, sino que plantean apasionadamente  sus propuestas mundiales, defienden sus ideas y los intereses nacionales. Exportan el mismo paradigma que aplican internamente: empleo, producción y consumo. No es poco.   

Fuente texto: diario Tiempo Argentino, 5 de noviembre de 2011

Fuente imagen: eldiario24.com

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Published in: on noviembre 8, 2011 at 12:05 pm  Dejar un comentario  

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