Pablo Castillo: En busca del paradigma

 

A lo largo de nuestra construcción como Nación, las relaciones entre saber y poder fueron frecuentemente tematizadas a través de los distintos tipos de vínculos que establecían la ciencia y los intelectuales con lo popular. Si bien en cada país o región estos ejes adquirieron una densidad específica, en más de una oportunidad esta articulación ambivalente alcanzó a darles sentido a las prácticas y a los relatos de amplios sectores de la sociedad. Por ejemplo, “civilización o barbarie” funcionó por décadas como ordenador en la disputa cultural doméstica, dos concepciones que aparecían como antagónicas e irreconciliables y que, sin embargo, por sus capacidades multidiscursivas permitían paralelamente ser leídas y resituadas por actores diversos, en diferentes contextos y con propósitos bien disímiles.

Tampoco éste fue un fenómeno propio de la Argentina. En sus memorias, León Trotsky cuenta que de regreso a Ianovka, su ciudad natal, después de haber cursado el primer año de sus estudios secundarios en Odessa –todavía en la Rusia zarista–, él no entendía cómo allí aún se seguían complicando para medir las dimensiones de un terreno en forma de trapecio. “Una tarde –dice– apliqué el método de Euclides y a los dos minutos había sacado las medidas que tanto desvelaban a mi padre y a algunos vecinos. Pero los resultados de mi cálculo no coincidieron con los de ‘la práctica’ y no me creyeron. Fui a buscar un libro de Geometría, juré sobre él en nombre de la ciencia, pero más allá de mi indignación, lo que más me desesperaba era ver la imposibilidad de convencer a aquellos hombres de la razón del saber.” El episodio concluye cuando uno de esos hombres se le acerca y le espeta: “Los libros son una cosa y la realidad, otra…”.

Probablemente, en los últimos años, muchas de estas cuestiones hayan empezado a convertirse en híbridos, sobre todo por la capacidad que tienen los nuevos formatos tecnológicos para dialogar simultáneamente con distintas audiencias. Con habilidad, el neoliberalismo oculta tenazmente las relaciones entre el saber y el poder detrás de los restos de los enfrentamientos dialécticos entre propios y extraños, relegando cualquier intención de desarrollos más colectivos o comunitarios.

Así, la consolidación de un nuevo paradigma comunicativo que profundice los sentidos y los procesos de planificación y gestión necesitará de la construcción de otras avenidas principales desde donde reposicionar los debates y las reflexiones.

Acá se imponen dos preguntas principales: ¿cuáles son las herramientas más propicias para resolver las urgencias pendientes y los sueños aún no realizados? y ¿cómo se hace para consolidar una naturalización estratégica de aquellas nociones que nos hermanan –a pesar de los ruidos– con otras concepciones cercanas o similares?

Sin embargo, las dificultades que muestra nuestro presente para la suscripción a otro tipo de coordenadas tienen explicaciones de distintos órdenes. Entre ellas –al solo efecto de la mención– cabe distinguir cuatro:

1. Los medios masivos de comunicación que aparecen poniendo en juego su propia cadena de significaciones en un recorrido desigual y asimétrico entre los mandatos de las corporaciones y las potencialidades de los diferentes dispositivos técnicos. 2. El abandono de las otras conceptualizaciones populares de sus matrices originarias; aquellos relatos que alguna vez tuvieron puntos de contacto con una idea de país común con lo nacional y popular o de izquierda y que hoy muchos de ellos aparecen con un manifiesto desorden topográfico, con esquemas dudosos de alianzas e inscriptos en las lógicas del coyunturalismo más previsible y elemental. 3. Los problemas que exhiben los neoconservadurismos y las derechas políticas y comunicacionales –especialmente las urbanas– para sostener un modelo alternativo de Nación, más allá del consignismo repetitivo. 4. El todavía incipiente diseño del oficialismo para ampliar el campo de interpelación hacia otros actores y sectores en lo social-comunicativo, más acorde con los propósitos y con la legitimidad electoral que abre este nuevo ciclo que acaba de comenzar el 10 de diciembre.

La Argentina que viene espera que ese escenario se termine de conformar con viejos y nuevos planteos, dando cuenta de las miradas regionales, particulares y singularidades, pero entendiendo que su complejidad no puede favorecer la fragmentación; que sin tener presente el modelo, las totalidades y los proyectos globales y colectivos no es posible derrotar las inequidades y desigualdades que aún nos miran, todavía belicosas, desde sus elitistas trincheras.

Fuente texto: diario Página 12, 14 de diciembre de 2011

Fuente imagen: alunailuminaelsenderoencaminadodetudu.blogspo

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Published in: on diciembre 14, 2011 at 10:42 pm  Dejar un comentario  

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