Ricardo Forster: Balance de un año intenso

 

En la tradición judía, así se dice en el Talmud, se prohíbe expresamente la adivinación y cualquier intento de escrutar en el futuro. Quizá, como resultado de esa limitación legal, los judíos, relata Walter Benjamin, se dedicaron a escarbar en el pasado y a insistir en la rememoración. Por eso le dejaron el arte de indagar en los días por venir a los adivinos, a los magos y a los astrólogos e insistieron en que todo presente lleva dentro de sí, lo sepa o no, lo quiera o no, las marcas del pasado que, bajo determinadas circunstancias, se vuelven actualidad. La fluidez que corre entre lo acontecido y lo actual constituye, desde esa perspectiva milenaria, la fuente de nuestra manera de estar en el tiempo y de habitar la vida histórica. Es por eso que ante el cierre de un año siempre nos movemos entre la necesidad de hacer un balance y la tentación de anticipar lo que puede llegar a ocurrir. Lo que supone esa inclinación interpretativa, esa capacidad de indagar por lo actual del pasado y de sus múltiples figuras espectrales, es la posibilidad de interrogar, en las huellas del presente, las posibilidades que se abren sin lanzarse al frenesí de la adivinación. Dicho de otro modo y sin tanta retórica teológica: pensarnos es, siempre, actualizar lo que ha quedado a nuestras espaldas colocándolo en la corriente del tiempo histórico que tiene en el presente su núcleo decisivo, ese que, en gran medida, determina la relación que establecemos tanto con el pasado como con el futuro. Pero, y eso de algún modo inhabilita la reducción causalista de la historia, el azar siempre mete la cola y produce lo inesperado (mientras termino de escribir esta nota me entero de la enfermedad de Cristina y no dejo de sorprenderme ante las jugarretas del destino y a sentir esa angustia ante lo que no debería pasar).

Fin de año es, casi siempre, un buen momento para hacer balance del camino recorrido y de las vicisitudes que nos acontecieron. Tal vez, este 2011 que se va cerrando haya sido el menos arduo, conflictivo e hiperkinético de los últimos años en los que tantas cosas se pusieron en juego en nuestro país. Un año signado por lo electoral que, sin embargo, acabó por demoler las ilusiones de todos aquellos que imaginaban que se acercaba el tiempo crepuscular del kirchnerismo y que nuevos vientos vendrían a limpiar la atmósfera supuestamente viciada que nos dejaba un gobierno al que, eso pensaban, la mayor parte del país le daba la espalda o se preparaba para hacerlo.

Tanta intoxicación que emanó de los grandes medios de comunicación obnubiló la visión de muchos que, sin percibirlo, vivieron encerrados en una burbuja y negando los cambios profundos que venían desplegándose en la sociedad. Cuando la realidad se transforma en ficción sólo la contundencia de un acontecimiento potente logra romper el ensueño producido por la multiplicación infinita de un relato imaginario. En el 2011 lo que se disipó fue la niebla ideológica emanada del dispositivo mediático, una niebla que hizo que más de un incauto se estampara contra una evidencia tozudamente negada. El peso asfixiante del prejuicio es, quizá, lo más difícil de superar. En política constituye una rémora que acaba por impedir cualquier comprensión racional de lo que efectivamente sucede con las cosas de la realidad. Algo de esto les viene aconteciendo a los europeos que no logran zafar de las cadenas ideológicas montadas por el neoliberalismo; cadenas que les impiden comprender el daño estructural causado por la hegemonía del capitalismo financiero y que todavía le permiten, a ese mismo poder, seguir decidiendo por la mayoría de la sociedad. Lo nuevo que atraviesa este tiempo argentino es, precisamente, que la persistencia de un dispositivo ideológico construido durante décadas para desguazar la vida social, económica, política y cultural en nombre de la famosa “libertad de los mercados” fue enfrentado con la combinación de transformaciones materiales y de una clara y contundente disputa por el sentido. El 2011 fue, entonces, el año en el que, elecciones mediante, se consumó ese desvelamiento que había tenido su punto de inflexión en el recorrido que fue desde las jornadas del Bicentenario a la despedida multitudinaria que se le hizo a Néstor Kirchner.

Un año que hizo añicos no sólo las ilusiones regresivas de sectores sociales resentidos con la “invasión populista” que fueron capturados por la retórica de los grandes medios de comunicación sino que, también, cuestionó y conmovió, de un modo como ya no se recordaba enla Argentina, a los poderes fácticos, esos mismos que desde siempre condicionaron cualquier iniciativa democrática hasta vaciarla de todo contenido transformándola en un pellejo vacío. Lo que mostró el Gobierno, y lo hizo de manera elocuente, es que después de décadas en nuestro país la decisión respecto de la gobernabilidad no dependía de las manipulaciones que se hacían desde las sombras sino que eran el resultado de acciones políticas visibles y realizadas de cara a la sociedad. Lo que fue una sorpresa para algunos, me refiero primero al resultado de las primarias y luego de las elecciones generales, no fue otra cosa que el corrimiento final de un velo de prejuicios y falsedades que les habían impedido a esos sectores ver lo que efectivamente estaba cambiando en el país. Están, por supuesto, aquellos que abominan de esos cambios y que desean con fervor regresar a las épocas en las que su poder era incuestionable. El kirchnerismo, en todo caso, reconstruyó la esencialidad política de la democracia al mismo tiempo que politizó la economía. Lejos de los tecnócratas y de los ideólogos del establishment neoliberal, lo que se produjo fue una extraordinaria inflexión que le devolvió sustantividad a esa misma República por la que se suelen desgarrar las vestiduras los mismos que la llevaron a su extenuación.

Para los observadores atentos y menos prejuiciosos, para aquellos que trataban de analizar la realidad con cierto criterio y cierta autonomía del imaginario mediático absolutamente dominado por un antikirchnerismo visceral, ya el 2010 había sido un año de inflexión marcado por la paulatina recuperación de legitimidad de un gobierno que había atravesado dos años previos cargados de dificultades y acechado por fuerzas corporativas que parecían, al menos durante ese período, que estaban en condiciones de horadarlo de tal modo que no podría recuperar la iniciativa. Sin olvidar el inicio de una monumental crisis económica de alcance global, cuyo núcleo atacó a los países desarrollados, y que lejos de debilitar todavía más al Gobierno mostró su capacidad para enfrentarla rompiendo decididamente con el recetario neoliberal que sigue siendo el que domina en la mayor parte del planeta. Tuvieron que pasar varias décadas para que un gobierno democrático enfrentase una crisis económica, en este caso de alcance mundial, sin descargar el peso de las decisiones sobre las espaldas de los trabajadores sino profundizando, por el contrario, la defensa del salario, del poder adquisitivo y del consumo apelando a medidas contracíclicas de clara matriz neokeynesiana.

Para sorpresa de los economistas del establishment, el kirchnerismo sorteó con éxito la crisis del 2008-2009 y sigue haciéndolo con la que se ha profundizado en el 2011 llevando ala Comunidad Europea a una situación de final incierto en el que va quedando en el camino la fortaleza de la democracia allí donde la decisión soberana de los pueblos es reemplazada por los tecnócratas que responden a los intereses de la corporación bancario-financiera. Con la ausencia inesperada de Néstor Kirchner, Cristina mostró no sólo una enorme entereza para reponerse sino una potente capacidad de gestión en tiempos de dificultad. La parte mayoritaria de la sociedad, no contaminada por odios y prejuicios viscerales, supo darle su reconocimiento a una mujer que, atravesando la mayor de las dificultades personales, esas que nacen de una pérdida irreparable, encontró la energía y la inteligencia para seguir ejerciendo un liderazgo cada vez más sólido. El peso de la excepcionalidad siguió habitando, para sorpresa de unos y otros, la ya larga y consolidada travesía política del kirchnerismo que, a diferencia de otras experiencias del pasado, supo torcerle la mano al “destino” de debilidad de todos los gobiernos democráticos. Sin Néstor, pero con su presencia sublimada en el imaginario popular, Cristina no dudó en seguir profundizando el proyecto que soñaron juntos desde la lejanía patagónica en tiempos en los que pocos se permitían soñar con una Argentina autónoma.

Entre el voto no positivo y la derrota de junio de 2009 se abrió un frente tormentoso que, de acuerdo con los antecedentes de gobiernos anteriores, presagiaba un final de ciclo y un regreso, como en otras oportunidades, al país “normal”, ese mismo que volvería a adecuarse a las exigencias y las determinaciones de los poderes reales. Y sin embargo sucedió todo lo contrario. El Gobierno dobló la apuesta y cuestionó la lógica de la repetición que nos recordaba, una y otra vez, que la sentencia ya había sido dictada de antemano. Con coraje, inteligencia y audacia revocó la sensación de “cosa juzgada” que se irradiaba desde las usinas mediáticas. Fueron años de remar contracorriente y de ir quebrando con decisión y mucha paciencia el sentido común que parecía, una vez más, dominar a una mayoría social obnubilada por esa gigantesca máquina de producción de “opinión pública” dispuesta a descargar todas las baterías contra un gobierno supuestamente debilitado por la ofensiva corporativa. 

Fueron los años de la “batalla cultural” en la que, con originalidad, se buscó entrelazar lo económico –la dimensión en la que los éxitos del kirchnerismo eran más elocuentes y visibles– con la dimensión cultural-simbólica en la que, y eso era más que evidente, no se había logrado, al menos hasta ese momento, encontrar los lenguajes y los modos de una interpelación capaz de cuestionar el dispositivo hegemónico y homogéneo que, de manera exponencial y generalizada, parecía ocupar toda la escena. Desde Carta Abierta hasta 6, 7, 8 pasando por los festejos del Bicentenario y la sutil y formidable invención de Tecnópolis, sin olvidar Fútbol para Todos y la ampliación del circuito de la televisión y la radio públicas, algo nuevo y desafiante fue invirtiendo los términos de la hegemonía cultural y abriendo nuevos espacios que se multiplicaron con decisiones clave, aquellas que llevan los nombre de la ley de servicios audiovisuales, la ley de matrimonio civil igualitario y, como núcleo de la reparación social, la implementación de la asignación universal por hijo. La amalgama de estas distintas experiencias y construcciones constituye, en una medida no menor, la base de sustentación del giro que le permitió al Gobierno alcanzar un resultado electoral inimaginable apenas hace un par de años. Pero, y esto es importante destacarlo, no fue por casualidad que todos estos hilos se entretejieron para darle forma al complejo tapiz que hoy define la vida nacional.

2011 fue, en este sentido, un año de, y valga la metáfora campestre, cosechar lo sembrado. Un año para profundizar los lazos con los países sudamericanos hasta extenderlos al conjunto de América latina; un año para seguir mostrando el camino alternativo al de los centros económicos mundiales en el que se mantuvo el poder adquisitivo del salario, se defendió el empleo y se frenaron los intentos especulativo destituyentes de quienes buscaron generar una corrida cambiaria y una devaluación del peso sostenida por la fuga sistemática de capitales. Un año que concluye con la aprobación de leyes fundamentales que señalan el sentido de la profundización bajo el predominio de esa palabra emblema utilizada por Cristina como lo es la “igualdad” (la ley del peón rural, la ley de papel prensa, la ley de tierras) y otra, la más problemática y que merece una discusión crítica y hasta una revisión del Ejecutivo en el momento de su reglamentación, como lo es la ley antilavado y antiterrorista. Un año, entonces, que cierra una etapa e inaugura lo que será un nuevo tiempo en el que no dejaremos de enfrentarnos a desafíos y dificultades que mantendrán bien aceitada la máquina de un gobierno que siempre supo extraer fuerzas de una realidad en permanente estado de perturbación a la que se le agregan los vientos huracanados que vienen de afuera.

Y, como absurda novedad, la noticia del cáncer de tiroides que afecta a Cristina que, de eso no hay dudas, le agrega una dimensión preocupante a la de por sí extenuante acción de gobernar un país que no suele ahorrarnos ninguna dificultad. Alentados por el buen pronóstico que han formulado los médicos sabemos, también, de la fortaleza de quien ha mostrado, con inusitada intensidad y coraje, que puede superar los peores momentos. Esperanza y dolor son los dos rostros de una Argentina nuevamente atravesada por el dramatismo. Cristina, ella lo sabe y el pueblo también, es el nombre de este tiempo transformador.

Fuente texto: revista veintitres, 28 de diciembre de 2011

Fuente imagen:designscollage.com

 

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Published in: on diciembre 31, 2011 at 12:49 am  Dejar un comentario  

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