María Seoane: “La resaca de los noventa está entre nosotros”

 

La resaca maldita de la historia argentina se dio cita en los andenes del Once el 22 de febrero de 2012. Retorcidos entre hierros viejos de un material rodante que tiene en su mayoría casi 40 años de fatiga, nos enlutamos con un tren que no frenó y dejó 51 muertos y más de 700 heridos. Cuarenta años son los que abarcan la dictadura del ’76, que arrasó vidas y bienes, en una matanza planificada para desarmar la resistencia a la destrucción del Estado y del patrimonio nacional acumulado durante el siglo XX para consolidar el capital financiero y los grupos económicos nativos y extranjeros. Son, también los que abarcan la marea de los ’90, con su neoliberalismo rampante, el engorde de los grupos económicos que se quedaron con los bienes del Estado privatizados para luego desguazarlos o venderlos al mejor postor extranjero.

 

Tanto en el ’76, en los ’80 y en los ’90, hasta el estallido de la crisis de 2001, hubo un común denominador: la complicidad del poder político con los grupos económicos a los que favorecieron; la impunidad como norma en negocios y delitos; la destrucción del patrimonio nacional cuyos paradigmas básicos fueron la privatización de YPF y la dilapidación y extranjerización de los recursos naturales, así como las concesiones para el funcionamiento de los servicios públicos, desde el transporte hasta las comunicaciones, y el desguace de la educación y la salud. Es decir, aquel grito de guerra contra el “estatismo” del peronismo y el “deberán morir todos los que sea necesario”, del estado terrorista de Videla-Martínez de Hoz, se continuó en el “felices fiestas” de los ochenta, cuando el poder político cedió a la impunidad del crimen estatal y no enfrentó con decisión no pagar la deuda externa contraída por los dictadores. Ese grito de guerra contra los argentinos volvió en los noventa con “ramal que para, ramal que cierra” con el que Menem desarmó la red ferroviaria más extensa de América Latina, con la frase de su armador jurídico del saqueo del Estado, Roberto Dromi, cuando anunció que nada de lo que fuera “estatal permanecerá en manos del Estado”, con los espejitos de colores de su armador económico, Domingo Cavallo, que inventó la Convertibilidad para abaratar el dinero que sus verdaderos patrones del capital financiero fugaron luego en miles de millones de dólares de los ahorros de los argentinos, mientras remataban los bienes sociales. Si el fracaso de los ’80, luego de la recuperación de la democracia fue permitir la impunidad de los crímenes de la dictadura- de militares y civiles –con la ley de Punto Final, Obediencia Debida e Indultos– y no salir de la trampa de la deuda externa ilegítima; y el de los ’90 fue profundizar el plan económico de la dictadura ante un país castigado por la hiperinflación, el fracaso del Bicentenario puede ser no renacionalizar definitivamente YPF, los recursos naturales y los servicios públicos que en manos privadas –vía subsidios extorsivos para las arcas públicas– engordaron un grupo de pocas familias que invierten poco y fugan mucho de esos subsidios: los usan para crecer como grupos económicos o se los llevan en divisas a los paraísos fiscales. La crisis de 2001, con la declaración del default, el reconocimiento de los millones de pobres e indigentes dejados como herencia neoliberal y el comienzo definitivo del fin de la impunidad de los crímenes de la dictadura, puesta en marcha por Néstor Kirchner, y continuada con decisión por Cristina Kirchner, intentó cerrar el ciclo maldito del ’70 y el ’80. Esa decisión incluyó el pago de 10 mil millones de dólares al FMI para sacarnos de encima el yugo colonial en las decisiones económicas. Pero la resaca de los noventa está entre nosotros: allí se ve en los hierros retorcidos sobre los cuerpos en el Once. En el padecimiento aún de millones de argentinos. El saqueo en los recursos naturales y en el manejo de los servicios públicos debe ser desmontado. YPF debe volver a ser de todos los argentinos. Los trenes, también. No se trata de renacionalizaciones bobas.

Hay formas de que el Estado Nacional sea el socio mayoritario y controlante de una empresa de bien público en formas mixtas de capitalismo. Ni los franceses ni los suizos, por ejemplo, creen que haya que vender sus ferrocarriles, ni los chilenos su cobre, ni los venezolanos su petróleo. Los argentinos permitimos –no sin resistencias y batallas perdidas– ese pecado mortal. La mayoría de la sociedad creyó en espejitos de colores, en una patraña que hoy se rebela mortal: se creyó que un grupo de empresarios nacionales y extranjeros saqueadores, con el visto bueno de un caudillo riojano con una corte de corruptos, podían hacerse cargo del futuro de nuestros hijos y de la vida y el bienestar de millones argentinos. Y está claro que esa resaca maldita del menemato volvió a violar este presente democrático y popular en la tragedia del Once. Porque la soberanía social sobre YPF y los trenes es tan importante como la soberanía nacional en Malvinas. Como decía la gran poeta Alejandra Pizarnik: “No es muda la muerte. Escucho el llanto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio.”

Es hora, entonces, de enterrar la reforma del estado de los ’90 para no tener que enterrar a más argentinos. 

Fuente texto: diario Tiempo Argentino

Fuente imagen: foro-cualquiera.com

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Published in: on febrero 27, 2012 at 9:17 pm  Dejar un comentario  

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