Edgardo Mocca: La iniciativa política y el futuro

 

Solamente cinco meses pasaron desde 
la elección presidencial de octubre y las secuelas de su contundente resultado se expresan de manera muy diferente en los diferentes actores políticos centrales de la escena. El Gobierno explota la estupefacción que se apoderó de las fuerzas opositoras y saca provecho del brusco viraje del paisaje parlamentario para avanzar con sus políticas. Las oposiciones pendulan entre la inercia del estilo tremendista propio de la etapa posterior al traspié gubernamental de junio de 2009 y la mayor prudencia que aconseja la nueva 
correlación de fuerzas. Los oligopolios mediáticos mantienen y profundizan la virulencia de sus operaciones que van perdiendo progresivamente todo vestigio de objetividad periodística. Únicamente la tragedia ferroviaria de hace un mes en la estación de Once parece haber dotado de cierto anclaje en la sensibilidad popular a la diaria pirotecnia verbal de las grandes cadenas noticiosas.

Es visible la diferencia de temporalidades entre una oposición que necesita repensarse a sí misma después del duro fracaso electoral y la desesperación de los grupos económicos concentrados por evitar que se consolide la legitimidad alcanzada por la Presidenta, figura central y casi excluyente de la escena. Las medidas de gobierno, las iniciativas legislativas y el discurso oficial conforman una etapa particularmente dinámica del proceso político abierto hace casi nueve años. La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central aprobada con celeridad por ambas Cámaras aparece como símbolo de esa etapa. La ofensiva para revertir el déficit de producción petrolera de las concesionarias petrolíferas, las medidas de control de los movimientos cambiarios y de las importaciones y los esfuerzos para redireccionar de manera ordenada los subsidios a los servicios públicos muestran una gestión que lejos de regodearse con las mieles del éxito acentúa su impronta reformista y asume los conflictos implícitos en esa estrategia. Es altamente probable que el conflicto alrededor de YPF ocupe un lugar central en la próxima agenda política argentina.

Las limitaciones de la oposición no pertenecen totalmente al orden de la ausencia de liderazgos y la pérdida de posiciones parlamentarias; el vacío es más bien programático y corresponde a una carencia de densidad estratégica. No es casual que el género del escándalo ocupe el sitio principal del discurso mediático-político. Claro que hay dos áreas de problemas que constituyen la zona de incertidumbre del Gobierno: la que proviene de las enormes huellas del proceso crítico que desembocó en la debacle de 2001 y las amenazas del ciclo recesivo que atraviesan las principales economías del mundo y empiezan a presionar a nuestro país por el conducto principal de los problemas de Brasil, nuestro principal socio comercial y aliado político. Es de las vicisitudes de esas dos fuentes de conflicto, más que del desarrollo gradual de las oposiciones políticas, de donde pueden venir novedades complicadas para el Gobierno.

El debate legislativo alrededor de la reforma del Banco Central mostró las carencias opositoras. Todo el repertorio argumental giró en torno a tópicos ya gastados por su uso y abuso. La propuesta sobre las nuevas funciones que la ley recién aprobada por el Congreso atribuye a la máxima autoridad monetaria fue contestada sobre la base de atribuir la iniciativa gubernamental a la necesidad de defender la “caja”. No faltaron quienes dijeron coincidir con el espíritu del proyecto finalmente aprobado pero decidieron su voto en contrario por el temor de que el Gobierno manotee las reservas para financiarse desmesuradamente en tiempos de crisis. Eso, sostuvieron, pone en riesgo la estabilidad de la moneda. Para defender ese punto de vista no hace falta más que un olímpico olvido de la historia más o menos reciente de nuestra economía. Olvidar, por ejemplo, que la “independencia” del Banco sancionada en 1992 no fue más que un instrumento del Plan de Convertibilidad lanzado poco antes, según el cual la institución monetaria se reducía a “cuidar” las reservas para poder respaldar el curioso artificio por el cual nuestra moneda tenía el mismo valor que el dólar. La amnesia tendría que seguir por la negación del proceso de desindustrialización, endeudamiento sideral y desocupación masiva que fue acompañando los “éxitos” de la paridad monetaria. Y tendría que pasar también por ignorar que la moneda argentina estalló por el aire junto con los contratos y con los ahorros bancarios en plena vigencia de la tan reclamada autonomía del Central.

Por fin, la absoluta deshistorización del tema tendría que llegar al hecho de que los últimos gobiernos obsesionados por la caja y cultores de un populismo demagógico y desmesurado llevaron las reservas del Estado argentino de 11 mil millones de dólares que había en 2003 a 47 mil millones que hay actualmente, después de utilizar una parte importante del último crecimiento de los fondos al pago de los vencimientos de la deuda eludiendo el camino del nuevo endeudamiento financiero con intereses leoninos. Se puede agregar a la historia que no cuenta la derecha un hito fundamental: el grosero episodio institucional protagonizado por un ex director de la institución que se insubordinó contra un gobierno democráticamente electo. Acaso el “affaire Redrado”, incluido el intento de bloquear en el Congreso la designación de Mercedes Marcó del Pont, marcó el principio del fin de la iniciativa política del grupo A parlamentario y el comienzo de la recuperación del Gobierno.

La única novedad que muestra la retórica opositora es un llamativo giro a la valoración del período presidencial de Néstor Kirchner. La operación consiste en convertir de modo póstumo al ex presidente desaparecido en un cultor del pragmatismo y la negociación para establecer el contraste con el gobierno de Cristina, presuntamente caracterizado por la intransigencia ideológica y la intolerancia política. En el fondo de este discurso -también signado por el deliberado borramiento de la memoria política- está la sensación en buena parte de la derecha argentina de que no hay camino de restauración del rumbo en un sentido favorable a los poderes fácticos que no pase centralmente por el peronismo. Es a agudizar las tensiones en ese movimiento que están destinados los principales esfuerzos dialécticos de quienes enfrentan al Gobierno. El líder cegetista Hugo Moyano parece haber aceptado el rol de punta de lanza en esa estrategia; transita una ruta muy recorrida, la de protestar en nombre de los derechos de los trabajadores y los sectores más vulnerables acercándose a quienes hoy están disponibles para el combate frontal contra el Gobierno: Luis Barrionuevo y el “Momo” Venegas podrían pasar a ser sus aliados principales si el camionero no cambia de rumbo.

No es nuevo el recurso de apelar a un peronismo verdadero, histórico y esencial para combatir al peronismo realmente existente que está en el Gobierno. Lo nuevo es que ahora la nostalgia doctrinaria viene principalmente de los sectores más conservadores. Y todo indica que el escenario del conflicto central será el peronismo y sus estructuras. La temporalidad política de ese enfrentamiento decisivo girará en torno a las legislativas de 2013. Y la principal carta que está tapada es el curso que adoptará la fuerza que hoy gobierna. No es tiempo de argumentar a favor o en contra de un eventual intento de modificación constitucional que avale la posibilidad de la reelección presidencial. Lo que sí puede asegurarse es que un análisis político que no tenga en cuenta que ese debate se va a abrir paso inevitablemente fracasa de antemano. Ya se sabe que los buenos análisis prospectivos no son los que aciertan lo que va a ocurrir sino los que aconsejan más cabalmente lo que conviene hacer en el presente. Lo que ocurrirá dependerá de quien obtenga o conserve la iniciativa política.

Fuente texto: revista debate

Fuente imagen: conadu.org.ar

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Published in: on marzo 30, 2012 at 6:29 pm  Dejar un comentario  

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