Hernán Brienza: Apuntes para la militancia IV

¿Por qué los medios de comunicación opositores la emprenden contra La Cámpora, contra Vatayón Militante, contra la Tupac Amaru? ¿Por qué los grandes periodistas que le dan cobertura –complicidad– a los desaguisados políticos, económicos, republicanos del macrismo ocupan páginas y páginas de sus diarios fiscalizando si algún militante camporista se “afana” un jarrón de algún hotel? ¿Por qué los editorialistas de radio y televisión de la noche a la mañana se obsesionan por los modelitos de alta costura que usan las morochos y morochas del barrio Alto Comedero, allí en las afueras de San Salvador del Jujuy? ¿Por qué incluso los voceros de los sectores dominantes siempre se encuentran más espantados por cualquier tipo de red de tipo clientelista hacia los sectores populares –ya sea en el sur de la Ciudad de Buenos Aires o en el Conurbano– que por políticas clientelares a los lobbies económicos? No son arranques de moralidad republicana farisea. Tampoco son gestos de hipocresía de aquellos que se rasgan las vestiduras intentando quitar la paja en el ojo ajeno sin sacarse primero la viga en el ojo propio. Tienen muy en claro por qué lo hacen. Sencillo: lo hacen porque aprendieron las lecciones que el propio Juan Domingo Perón intentó enseñarles a los peronistas.

En abril de este año, en el acto que se realizó en Vélez, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner realizó una convocatoria significativa. Al cerrar su discurso dijo: “Siempre que el pueblo… siempre que en las circunstancias históricas ha sufrido derrotas… cada vez que los trabajadores han perdido sus conquistas y han retrocedido… Cada vez que los empresarios nacionales se desindustrializaron, tuvieron que cerrar sus fábricas o tuvieron que cerrar las persianas. Cada vez que argentinos sin oportunidades se iban afuera. Cada vez que jóvenes hacían filas en las embajadas para irse del país. Cada vez que se iban los científicos por falta de oportunidades era porque antes nos habían dividido y enfrentado entre nosotros y sobre esas diferencias y esos falsos enfrentamientos lucraron unos pocos. Por eso no me voy a cansar una y otra vez casi tercamente de pedirles a todos unidad y organización, y decirles a todos que la historia no se escribe en línea recta con una estilográfica donde siempre todo es prolijito desde el primer renglón hasta el último. Al contrario, la historia tiene marchas y contramarchas, claros y oscuros, avances y retrocesos. Tenemos que tener la claridad aquellos que tenemos la responsabilidad de haber vivido una Argentina dividida, de haber vivido una Argentina enfrentada de tener en la memoria colectiva la necesidad de la unidad nacional. Más aun en un mundo complejo, difícil, como el que estamos viviendo y ante una oportunidad histórica que se nos abre como país y como región.”

Golpear a las organizaciones políticas es, entonces, parte de una estrategia política determinada por parte de quienes intentan cortar las posibilidades de crecimiento y duración del peronismo kirchnerista a lo largo del tiempo. Obviamente, no estoy queriendo justificar los errores de Vatayón Militante –al que al menos hay que adjudicarle inocencia y falta de oportunidad–, algún que otro desliz políticamente incorrecto por parte de un par de militantes de la Tupac o el excesivo entusiasmo de La Cámpora por hacer política en los “Talleres de preparación emocional para el parto y el post parto” o en las guarderías para bebés. Lo que sí quiero significar es que en esas críticas –más allá de la mala intención y de las operaciones mediáticas vergonzantes– se esconden cierta pacatería política y, sobre todo, una concepción liberal conservadora de la vida en comunidad.

El liberalismo conservador (LC) es, como se sabe, un bloque hegemónico minoritario en la historia argentina pero con gran cantidad de recursos económicos, militares y mediáticos para imponerse a lo largo de estos 200 años. Su concepción de la política es la de “individualización” del ciudadano. Es decir, el hombre y la mujer no son sujetos activos de la vida en común sino simplemente “vecinos”, “individuos”, “gente” sin derecho a la conciencia ni a la acción política. En ese sentido son “pre-políticos”, ya que entienden a la sociedad como Pax Romana en el mejor de los casos o como la Paz Sepulchrum, como lo han demostrado en 1955 y 1976. La esfera pública está restringida a los sectores dominantes –como ocurrió en el siglo XIX– o a la clase política profesional pero nunca al “individuo desciudadanizado”. A lo sumo puede protestar de vez en cuando contra la clase política pero jamás organizarse y movilizarse para construir “nudos” de poder al interior de la sociedad. Así, los sindicatos son sólo “mafias”, las organizaciones de base siempre “punteros clientelares” y la militancia juvenil “juventudes hitlerianas”.

Esta concepción del LC tiene su versión más cruel en sus políticas represivas. Intervención en la CGT, persecuciones a militantes y prohibición de toda actividad política durante las dictaduras –esto el peronismo lo conoce en carne propia, aun cuando hoy los supuestos peronistas que militan en el PRO hagan malabarismo intelectuales negándolo para justificar su defección doctrinaria– y, en versiones más amenas, se trata de una minimalización de la participación ciudadana en la toma de decisiones colectivas –¿las comunas de CABA, bien, gracias, no?– hasta reducirla a la utilización de las bicisendas que permite el poder del LC.

Perón decía que lo que diferencia a la “masa” de un “pueblo” es su capacidad de organización. Esa es la gran lección que siempre ha sabido el LC, pero que nunca pudo hacer suya el propio movimiento nacional y popular: en su versión radical ha logrado constituir un partido orgánico, en su versión peronista, apenas una liga de gobernadores. En el Prólogo a Conducción política, Perón dice: “Lo único que vence al número es la organización. Y no sólo esto. La organización es lo único que ha conseguido vencer a la muerte. Porque la organización también vence al tiempo. No los hombres, pero sí las organizaciones. Las organizaciones sobreviven a los hombres. Quiere decir que es el único invento del hombre que ha sobrepasado al tiempo. La organización vence, pues, al número y vence al tiempo.”

Los tiempos que se avecinan presentan un gran desafío para el peronismo kirchnerista. Y buena parte de su futuro se juega en la solidez, en la fortaleza, pero también en la agilidad de sus estructuras organizacionales. He viajado por las provincias y he podido comprobar que muchas agrupaciones políticas son hoy poco más que franquicias con derecho a vender merchandising kirchnerista. Hay localidades en la que existen tres Cámporas diferentes y enemistadas entre sí, lugares donde el Movimiento Evita, Kolina, La Cámpora, Descamisados, Peronismo militante y La Jauretche, por ejemplo, no pueden articular actividades en conjunto por supuestas diferencias irreconciliables. Ese proceso de autodivisión militante propia del trotskismo por ver quién interpreta mejor el kirchnerismo en el territorio puede convertirse en el principal factor de debilidad estructural para un futuro cercano. Es decir, si la militancia se resume a una colección de kiosquitos particulares no unirá al kirchnerismo ni el espanto del liberalismo conservador y quedarán condenados a ser cotos de caza de liderazgos localistas. El otro desafío que debe afrontar es el de la apertura del debate orgánico y programático.

A riesgo de convertirme en un burocratista confeso, sostengo que el kirchnerismo se debe a sí mismo un gran debate sobre su identidad, sus formas de organización con representatividad vertical pero también horizontal y territorial, con liderazgos naturales, y renovación de ideas y de figuras políticas.

A riesgo de ser demasiado ingenuo, creo que, así como tras la muerte de Néstor Kirchner era necesario un tiempo de lealtad proba, ante la vecindad de tiempos difíciles urge la posibilidad de construcciones en las que la generosidad y la confianza mutua –si esto es posible en política– sean sustantivas. Reformulando a Perón y a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sostengo que hoy la alternativa es organización y unidad o extinción. Los voceros del liberalismo conservador –aun los que se disfrazan de progresistas– lo saben. Por eso disparan hacia las organizaciones políticas.

Fuente texto: diario tiempo argentino

Fuente imagen: fmfullvictorica.com

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Published in: on septiembre 6, 2012 at 7:16 pm  Dejar un comentario  

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