Alberto Dearriba: Qué es lo que dicen las cacerolas

La pregunta del millón es si el intenso y extenso cacerolazo de anteayer constituye un hecho nuevo o sólo una repetición producida por los rancios opositores que enfrentan al gobierno cada vez que pueden. Si se trata de los mismos sectores medios que se sumaron a los reclamos de los sojeros en 2008 y votaron contra Cristina Fernández hace menos de un año, o si el factor cuantitativo de la protesta le otorga la calidad de un hecho nuevo.

Sea como fuere, las restricciones a la compra de dólares, las expresiones reeleccionistas del oficialismo y el odio que destilan a la presidenta cuando ocupa las pantallas de sus televisores, sumaron evidentemente a las protestas a sectores que exhibían antes una oposición más pasiva.

Los caceroleros desplegaron sus conocidas descalificaciones sociales contra los “negros”, las diatribas contra la “yegua”, sus reclamos contra la inflación (que generan los empresarios) y contra la inseguridad (que se convirtió en un mal endémico tras las políticas de exclusión en los ’90).

No son prejuicios ni problemas nuevos, sino preexistentes a las elecciones que el oficialismo consiguió superar con holgura. Se trataría en este caso de los viejos reclamos de quienes manifiestan aversión antikirchnerista. Pero se agregaron ahora los que se quejan por no poder comprar libremente dólares y los que se oponen de plano a cualquier intento reeleccionista. En principio, sólo parecen ser estos los nuevos ingredientes que estimulan la bronca político-cultural que les genera el kirchnerismo. Salvo que las dificultades económicas derivadas de la crisis internacional estén complicando la situación más de lo que reflejan los índices de consumo y vayan conformando un mal humor similar al del 2009, cuando Néstor Kirchner fue derrotado en la provincia de Buenos Aires.

Según el cristal. Está claro que buena parte del encono que manifiestan los caceroleros por el gobierno tiene un contenido simbólico, ya  que no se funda en rechazos a medidas concretas de gobierno, ni a razones demasiado objetivas. Nadie en su sano juicio puede oponerse a la reducción drástica del desempleo, al crecimiento récord del PBI en los últimos nueves años, a la política de desendeudamiento o al elevado nivel de reservas. Pero las mismas medidas que fundan adhesión de sectores medios y bajos al gobierno porque los benefician, provocan el rechazo de los opositores porque sienten que los perjudica. La coherencia en el sostenimiento de la demanda agregada es un claro ejemplo de ello: los kirchneristas creen que el aumento de la Asignación por Hijo dispuesto por el gobierno es una cuestión mínima de justicia social y un estímulo al consumo, mientras que los opositores sienten que deben financiar una nueva dádiva para los que “no quieren trabajar” y “sólo se dedican a procrear irresponsablemente”. Los oficialistas ponderan el esfuerzo del gobierno por pagar la deuda externa heredada, aun cuando para ello haya que adoptar restricciones antipáticas en la compra-venta de dólares. Pero para los opositores, el “cepo cambiario” es una violación inadmisible de las libertades individuales. No poder atesorar en verdes o sentirse observados en sus gastos de turismo en el exterior les pone los pelos de punta, aunque ese obviamente no sea el problema de los que sólo tienen por objetivo llegar a fin de mes. Los opositores ubican sus libertades personales por encima de cualquier consideración colectiva, de toda responsabilidad o solidaridad social: “La plata me la gano yo y nadie me puede prohibir comprar dólares”, proclaman en las calles, con el mismo envalentonamiento  que lo hacían allá por 2009, cuando arreció el consenso antikirchnerista. Para los oficialistas, en cambio, los intereses personales deben tener un freno capaz de equilibrar a las insaciables fuerzas del mercado. El kirchnerismo reivindica el elevado nivel de cobertura previsional a partir de la moratoria que incorporó a la categoría de jubilados a 2,5 millones de personas que sobrevivían en las márgenes del sistema, pero sus opositores cuestionan que la mayoría cobre la asignación mínima, lo cual es un efecto obvio de la ampliación de la cobertura. Los empresarios critican la pérdida de competitividad de la economía argentina producida, a su juicio, por los elevados sueldos que se pagan en relación con el resto de América Latina, en tanto que para el gobierno, el nivel salarial es un motivo de orgullo. Son las contradicciones típicas del capitalismo, en las cuales, cuando se corta la torta con medidas de gobierno, unos reciben más y otros menos. Desde esta óptica, es dable pensar que la masiva movilización del jueves haya sido engordada por sectores acomodados que ven peligrar sus intereses.
   
ECOS DEL ’55. En cambio, parece una muestra de incongruencia estridente que miles de personas puedan manifestarse en distintas ciudades del país contra una supuesta “diktadura” sin el más mínimo intento de represión. Los argentinos saben muy bien qué ocurría durante las dictaduras militares cuando un sector de la población ejercía su derecho de peticionar en las calles. Pero seguramente, los que salieron a cacerolear el jueves no fueron los que padecieron aquellas furiosas represiones, persecuciones, cárcel, tortura, exilio y muerte. 

Por el contrario, los caceroleros repiten las excéntricas ideas de los gorilas del ’55, que calificaron como “dictadura” al gobierno democrático de Juan Domingo Perón y celebraron en cambio un golpe de Estado, como si fuera un triunfo de la libertad. Al margen de cualquier valoración política, sólo la obnubilación, el prejuicio, la deshonestidad intelectual y el odio de clase pueden convertir a un gobierno democrático en una dictadura. Y a un dictador en paladín de las libertades individuales. Mañana se cumplen 55 años de aquel trágico episodio de la historia argentina y no faltan quienes lo siguen celebrando. Antes de aquel golpe, los cambios socioeconómicos producidos por el peronismo habían engendrado un odio en las clases acomodadas que, salvando las distancias, se parece bastante al de hoy.
    
PREPARAN EL 7. Pese a los absurdos reclamos, la libre expresión quedó una vez más plasmada en las calles, del mismo modo que la libertad de prensa quedó reflejada con creces en las pantallas de televisión, desde las cuales algunos canales estimularon la protesta con informaciones estratégicas. No es creíble el cacareo por la sacrosanta libertad de prensa en un país en el que se puede publicar un dibujo de la presidenta de la Nación en el momento de un orgasmo.

Es lógico que un medio de comunicación se ocupe de cubrir una manifestación como la ocurrida anteayer, pero una cosa es cubrir el hecho y otra muy distinta es producirlo. A medida que se acerca el 7 de diciembre, fecha en la que caduca el paraguas que la justicia abrió sobre el Grupo Clarín para impedir el cumplimiento pleno de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, las agresiones mediáticas al gobierno serán seguramente más incisivas. Ese día, la corporación deberá comenzar a desprenderse de las señales de televisión que exceden el límite previsto por la norma sancionada hace tres años por abrumadora mayoría en ambas cámaras legislativas. Por el momento, no está muerto quien pelea, y los canales del grupo cumplieron un papel central en la convocatoria a las protestas. No se trata de hacer periodismo, sino de mantener el negocio. La democratización de la palabra debería ser una preocupación esencial de quienes tanto claman por la libertad, pero está claro que, desde ese costado de pensamiento, sólo importan las libertades de los dueños de los medios. Como en otros aspectos, reivindican las libertades de los más poderosos.

Fuente texto: diario Tiempo Argentino

Fuente imagen: comercioyjusticia.com.ar

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Published in: on septiembre 15, 2012 at 8:53 pm  Dejar un comentario  

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