Ricardo Forster: El odio como lenguaje

El lenguaje ha sido desde tiempos inmemoriales una fuente de creación y una fuente de destrucción. En él, a través de él, lo humano se constituyó en su relación con los otros y con el mundo. Entre la voz y el habla, entre el grito gutural que anticipaba el peligro y la articulación de la primera metáfora se fue diseñando la compleja y enigmática travesía de una criatura que encontró en las palabras, en su polifonía, la herramienta capaz de consolidarla en medio de una naturaleza pródiga y hostil, acechante y seductora, portadora de vida y de muerte. El lenguaje como una llave para abrir las puertas del tiempo y el espacio, de la memoria ancestral y de los imaginarios desplazamientos hacia un futuro soñado como tierra de promesas y peligros. En él, a través de él, los humanos han sabido construirse sus mundos y también han ejercitado el arte, dialéctico, de la hospitalidad y de la hostilidad (el mismo origen para dos palabras diametralmente opuestas: hostis-hostes, el nombre de la acogida y el del rechazo, el que abre las puertas de la casa al extranjero que viene de lejos y el que sella la violencia discriminadora).

Todo, absolutamente todo, se guarda en el cofre de las palabras: la invención utópica y la creación poética, la voz solidaria y la distinción amorosa, el sonido del mando y el poder junto con la construcción de fronteras visibles e invisibles capaces de darle forma y contenido a la vida social. Marx escribía que la diferencia entre el peor de los arquitectos, aquello que lo hacía único e insuperable, y la perfección constructiva de las abejas se guardaba en la capacidad anticipatoria, en ese prodigioso instrumento humano que, a través del lenguaje, diseña lo todavía inexistente dándole alas a la fuerza de la imaginación. El lenguaje, entonces, como artesanía de lo por venir y como vehículo de la potencia transformadora de la naturaleza. Maurice Blanchot, refinado intelectual francés, veía otra cosa, más oscura y primigenia, en el lenguaje de los humanos: “Cada palabra es violencia, una violencia mucho más temible cuanto más secreta; es el centro secreto de la violencia, violencia que se ejercita sobre aquello que la palabra nomina y puede nominar sólo privándolo de la presencia, y ello, como se ha visto, significa que cuando hablo habla la muerte (esta muerte que es poder)”.

Por tanto, el lenguaje no sólo no es nada ajeno a la violencia, “sino que constituye el canal privilegiado –agrega el filósofo italiano Roberto Esposito– precisamente cuando la violencia renuncia a presentarse como tal para asumir una forma superior de dominio. ¿De qué modo? Exactamente a través de aquella forma de diálogo –o comunidad de la comunicación– que ‘se basa en la reciprocidad de las palabras y en la igualdad de los hablantes’. ¡Como si verdaderamente fuese posible igualdad y reciprocidad, como si cada uno de los hablantes no se encontrase en todo momento en presencia de un juez inflexible y al mismo tiempo él mismo no se convirtiese a su vez en un juez inflexible respecto al interlocutor! En definitiva –agrega Esposito siguiendo la argumentación implacable de Blanchot–, como si la palabra no fuese ‘siempre mando, terror, seducción, resentimiento, adulación, iniciativa; la palabra es siempre violencia –y quien pretende ignorarlo y tiene la pretensión de dialogar, añade la hipocresía liberal al optimismo dialéctico según el cual la guerra es simplemente una forma de diálogo’”. Marx, de eso no cabe duda, no hubiera suscripto estas definiciones duras y pesimistas porque para él, como para otra saga de intelectuales y creadores, el lenguaje guarda, también, una dimensión utópica que se confronta, a lo largo de la historia, con la persistencia de la violencia y la barbarie. La coincidencia gira alrededor de la dualidad de la palabra, de su capacidad al mismo tiempo creadora y destructiva. Por eso, quizás, los infinitos reparos ante ciertas retóricas que iniciando desde el lenguaje la descarga de prejuicio y violencia acaban por materializarla en los cuerpos reales.

Marx y Blanchot, como muchos otros pensadores, han trajinado la pregunta por el lenguaje y lo han hecho sin eludir sus cualidades fáusticas, esa trama envolvente que reúne el agua y el aceite y sobre la que se ha constituido la aventura humana. Tal vez por eso las palabras no son ni inocentes ni culpables ni tampoco son portadoras de ninguna esencia. Son lo que los hablantes hacen con ellas y lo que ellas, aunque los hablantes no lo sepan, hacen con sus portadores. El lenguaje expresa, en sus diversidades y en sus potencias muchas veces oscuras y enigmáticas, aquellas que encuentran su localización en el inconsciente, lo propio de una época. Analizarlo, indagar su viscosidad, penetrar en sus significados, recorrer ciertas genealogías históricas, constituye una necesidad de la crítica y de la política allí donde se quiere emancipadora.

Por eso se vuelve necesario prestarles atención no sólo a los discursos bien articulados, aquellos que son deudores de tradiciones ideológicas y políticas, sino también a las manifestaciones más viscerales y brutales, esas que se dicen más allá de la reflexión y que surgen de lo más hondo y primitivo. Generalmente los lenguajes del odio encuentran sus puntos de nacimiento en esas cavernas del aparato psíquico en el que se guardan los secretos del resentimiento. Nos equivocaríamos si construyésemos una línea de división absoluta entre esas reacciones que se quieren espontáneas y hasta inimputables y la apropiación por parte de cierta ideología política de esos sentimientos de profunda intolerancia que cristaliza, en la escena argentina actual, en un odio irrefrenable de ciertos sectores de la clase media hacia, centralmente, la figura de la Presidenta de la Nación. No es posible separar, como si no estuvieran profundamente vinculadas, la dimensión del insulto más soez, la patología del odio de lo que supuestamente sería una crítica “genuina” hacia las políticas gubernamentales. Entre el ruido atronador de las cacerolas lo que se escuchaba, más allá de la carencia de ideas o incluso de las reivindicaciones escuchables, era la alquimia de resentimiento, prejuicio, violencia verbal, odio de clase, revanchismo, la descalificación más grosera y el puro insulto a veces transformado en deseo de muerte. Eso hay que pensarlo. Allí se cocina algo extremadamente grave para la convivencialidad democrática. Sería muy bueno, diría que imprescindible, que los sectores que se definen como progresistas y que se oponen fuertemente al kirchnerismo no se hiciesen los distraídos ante el crecimiento exponencial de esas expresiones cloacales de la vida social sobre todo porteña que se viene manifestando desde las redes sociales, las calles, los espacios públicos y las conversaciones privadas.

Una experiencia personal me permite, estimado lector, meterme en una suerte de fenomenología de la vida cotidiana de cierto sector de la clase media porteña y justificar esta larga introducción en torno al lenguaje y sus diversas cristalizaciones en este tiempo argentino tan pródigo de novedades y, claro, de preocupantes señales. Apenas una anécdota circunstancial, de esas que ocurren en el momento menos pensado pero que definen, mejor que hechos supuestamente sobresalientes, la trama profunda de sentimientos y actitudes, algo así como una marca de pertenencia o un núcleo secreto del alma “bella” de algunos ciudadanos que suelen ser descriptos, por los medios de comunicación hegemónicos, como “vecinos autoconvocados” que manifiestan su genuina indignación ante un gobierno de truhanes.

Ocurrió, la experiencia personal, hace unos pocos días al ir a renovar el registro de conducir. Para pagar una multa pendiente tuve que dirigirme al EGP de Beruti y Coronel Díaz; allí me coloqué en una larga fila decidido a esperar con paciencia que me llegara el turno. Detrás de mí estaban un par de señoras algo mayores y otra más bien joven que iniciaron un diálogo intrascendente motorizado por la lentitud de la cola y porque circunstancialmente se “cayó el sistema” avivando ese estado de precaria emoción que suele asaltarnos ante el hecho consumado de la ineficiencia burocrática. Mientras esperaba que despotricaran contra el Gobierno de la Ciudad, dueño de casa, para mi sorpresa y sin que mediara ninguna señal precisa comenzaron a desplegar toda la amplia colección de frases descalificadoras, ruines y soeces hacia Cristina Fernández. Todo el reservorio del odio y el resentimiento más la enciclopedia del racismo y el prejuicio se dieron cita en esos minutos en los que, cebadas por las palabras que salían sin ninguna mediación de sus bocas, las tres mujeres se fueron aproximando a esa casi invisible línea en la que lo soez va encontrando un éxtasis irrefrenable, una suerte de orgasmo de violencia retórica que se fue multiplicando en el juego coral de las voces de estas vecinas comunes y corrientes afanadas, cada cual, en proferir las frases más hirientes. Un goce profundo las envolvía. Disfrutaban con lo que decían, con cada palabra saboreada en su lacerante descalificación destinada a recordar el repertorio de infamias que definían la personalidad de Cristina. Odio in crescendo. Vértigo del insulto que alcanzaba, como no podía ser de otra manera, a “esos negros que tienen hijos para cobrar la asignación” mezclado todo con su nuevo héroe de época –Lanata y su último programa neoyorquino–. Resignado y esperando que la cola avanzara no podía dejar de escuchar lo que estas mujeres decían hasta que una de ellas, quizás envalentonada por todo lo dicho, por la complicidad del resto y por el silencio de los demás, dijo lo siguiente como si fuera lo más natural del mundo y sin ningún recato ni temor: “Ojalá algún drogado o borracho, da lo mismo, le metiera a esa yegua un tiro en la cabeza”. No pude ni quise permanecer en silencio. Me di vuelta e interrumpí su deseo criminal, la maldad de sus palabras. Con indignación les dije que eran ruines, cobardes y que se podían meter sus palabras podridas bien sabían donde. Silencio. De repente se había deshecho el hechizo, alguien no pensaba como ellas. Por suerte se me unieron algunas otras personas que apoyaron mis palabras. La cola siguió, cada uno pagó sus facturas y me fui pensando en la gravedad de lo que había sucedido.

No hubiera intervenido si no se hubiera pronunciado la frase homicida, si no se hubiera rebasado ese límite del que no se puede regresar. Me pregunté, mientras desandaba el camino hasta el Automóvil Club Argentino donde tenía que terminar mi trámite, qué motorizaba ese odio tan viscoso y abismal. Cómo era posible que mujeres comunes y corrientes pudieran, sin ningún pudor, convertir sus palabras en una gigantesca bola de mierda. Qué estaba sucediendo en ciertos sectores de la clase media porteña. Qué tipo de daño se había producido para justificar tanto odio, tanta violencia verbal, tanta incontinencia agraviante. Allí no había política ni argumentos opositores. Era la voz de la irreflexión, del prejuicio, del racismo, de la descalificación. La voz abismal del odio. Pensé también en la ¿ingenuidad? de algunos opositores e intelectuales supuestamente progresistas que han festejado los últimos cacerolazos. Intenté imaginar que ninguno de ellos había escuchado ese tipo de expresiones y que confiaban en la virtuosidad democrática de quienes salieron a las calles para reclamar contra un gobierno autoritario. ¿Sería posible que creyeran en el “fondo democrático” de la protesta? Recuerdo el final de un artículo de Beatriz Sarlo en el que se interrogaba, no sin cierta preocupación, por el caldo que se estaba cocinando en las calles de Buenos Aires y si de allí podía salir algo parecido a una perspectiva progresista. En tono de indudable incomodidad concluyó que si eso era la oposición el futuro era sombrío. ¿Será posible que puedan diferenciarse de ese miasma de odio incontenible? ¿Podrán establecer el vínculo entre él y la trama de intereses que se ocultan detrás de las convocatorias a nuevos cacerolazos?

El lenguaje del odio cuando se desata e invade ciertas zonas de la vida social constituye un más allá de la política y de la propia democracia. Es la entrada, lisa y llana, a un páramo en el que caducan las ideas y las argumentaciones y se despliegan las palabras y los gestos de la violencia retórica que guarda, eso ya lo sabemos por nuestra propia experiencia histórica, la posibilidad cierta de un pasaje a la violencia material. El odio se nutre de una racionalidad malsana (porque sería muy fácil achacarlo pura y exclusivamente a la irracionalidad de sus portadores. No, ese odio también responde a una determinada forma de ver el mundo y de considerar al otro; es el resultado de una insistente lógica del prejuicio y de la intolerancia que se corresponde, en la mayoría de los casos, con concepciones ideológicas arraigadas en derechas que han sabido, cuando fueron dueñas del poder, asaltar vidas, libertades y derechos). Quiero suponer que aquellos sectores de la oposición que, insisto, pertenecen a tradiciones progresistas sentirán una profunda alarma ante esa confluencia, en las calles porteñas, de críticas que pueden o no ser justas al gobierno nacional con aquel miasma de odio y resentimiento que clausura, desde el vamos, toda posibilidad de política democrática.

Fuente texto: revista veintitres

Fuente imagen: danielmancuso.blogspot.com

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Published in: on octubre 17, 2012 at 7:23 pm  Dejar un comentario  

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