Edgardo Mocca: La retórica contra el conflicto

La cercanía de las fiestas parece ser un importante estímulo para la prédica de la “reconciliación” entre los argentinos. A este deseo suele unirse, casi automáticamente, la queja por la conflictividad de nuestra política y la exhortación al diálogo y al mutuo entendimiento. La única manera de interpretar políticamente este insistente y monotemático coro es la de preguntarse por aquello que está ausente en su texto, el “otro” de esa desesperación pacifista.

La conflictividad contra la que se reclama tiene nombre y apellido, es el kirchnerismo. Significativamente lo confirma la reciente reunión de partidos políticos de oposición que bien podría leerse como una “reunión de partidos por la democracia” de la que “solamente” estuvo ausente la coalición partidaria que obtuvo el 54 por ciento de los votos en las últimas elecciones. Es, como se ve, un reclamo en defensa de la democracia, en ausencia y en contra de la fuerza democrática mayoritaria. Pero el punto es que invariablemente todas las referencias a la conflictividad política argentina vienen del mismo lado, del lado de quienes se oponen al Gobierno. Es decir que sería el Gobierno quien causa los conflictos y elige en ellos a sus adversarios. Si se desmalezara un poco la retórica acuerdista, aparecería una amplia y muy diversa gama de episodios que fundan los conflictos contra los que se argumenta. Por ejemplo, la nacionalización de la mayoría accionaria de YPF desató un duro conflicto con la multinacional Repsol; la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central indignó a los partidarios de que esa institución tuviera su propia política al margen del Gobierno; los reclamos en la ONU para que el Reino Unido cumpla las resoluciones de ese mismo organismo y se preste al diálogo con nuestro país sobre la soberanía de las Islas Malvinas tensaron las relaciones con el Estado británico. Y la lista de querellas y de adversarios es muy extensa. Pero además de extensa es muy significativa: incluye a la cúpula católica, a sectores del Poder Judicial, al principal oligopolio mediático, a variados sectores del poder económico concentrado y a nostálgicos de la dictadura militar.

En todos los casos los conflictos tienen dos características comunes: no son azarosos ni caprichosos y no son unilaterales. No existirían si no hubiera cuestiones realmente litigiosas en juego. En este punto, el coro moderador se desplaza hacia otro tópico que ha alcanzado una insólita buena prensa en los últimos años: la negociación. Todo se habría resuelto y se resolvería hacia el futuro si “las dos partes” tuvieran capacidad de diálogo y de negociación. En boca de líderes opositores lo que obviamente debe interpretarse es que quien no sabe o no quiere negociar es el Gobierno. Esa falta de negociación es, se dice, un déficit de la democracia. Es sumamente discutible esa idea que, más bien parece corresponder a una visión corporativista de la democracia. Los poderes de la democracia no se sustentan en la representación de los intereses sectoriales sino en el principio de la representación política, la representación de toda la nación. Por supuesto que esto no invalida un conjunto de iniciativas de concertación que puede poner en marcha el Estado para resolver cuestiones de orden sectorial; es el caso, por ejemplo, de las convenciones colectivas de trabajo o la siempre postergada “mesa de concertación” entre el Estado, los trabajadores y los empresarios. En la práctica política, por otro lado, hay siempre un diálogo informal y no vinculante que puede o no destrabar cuestiones conflictivas en el plano sectorial. Pero en cualquiera de esas instancias “neocorporativas”, el Estado no puede ser una parte más que dialogue de igual a igual con sus interlocutores. Si así fuera, se estaría dejando afuera, de hecho, de la conversación a toda la población no directamente involucrada en la negociación. Es decir, si el Estado dialoga de igual a igual incumple el principio de representación política para reemplazarlo por la representación de intereses.

Claro está que el interés nacional no es una esencia objetiva e inmutable, lo que no equivale a que no exista, según proclama cierto ultraliberalismo contemporáneo. Ahora bien, si existe, ¿cómo se lo identifica? La solución democrática de ese enigma es el principio de la soberanía popular. Es interés nacional aquello que el pueblo en el ejercicio de su soberanía considera como tal. Y el modo de detectar esa voluntad del pueblo es la principal conquista histórica de la democracia: el sufragio universal en el contexto de la más plena libertad política. Sufragio universal cuyo resultado es la formación de mayorías legislativas y de gobierno. La identificación del interés nacional remite, en última instancia, al principio del gobierno de la mayoría.

En un terreno menos abstracto y más histórico, el problema que se discute, detrás de la coartada “dialoguista” es el contenido de las políticas, el modo de interpretar el interés nacional. De eso se trata, en cada conflicto. No habría habido conflicto agrario si no existiese la cuestión de las rentas extraordinarias de origen particularmente granífero y una manera específica de tratarlo por parte del Gobierno. No habría ningún conflicto con el Grupo Clarín si no hubiera una ley antimonopólica sancionada hace tres años. No tendríamos conflicto con los fondos buitre si no hubiera habido una masiva negociación de la deuda en default favorable a los intereses del país.

Convendría una discusión un poco más leal sobre el tema de los conflictos. Y si queremos hablar un lenguaje republicano tendríamos que ser más cuidadosos en la demonización de los conflictos. Un republicano -acaso el más grande de ellos- Nicolás Maquiavelo supo decir en su Discurso sobre la Primera Década de Tito Livio: “En toda república hay dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos”. La historia argentina reciente confirma este curioso elogio del conflicto de parte de un pensador que entregó su obra a la causa de la unidad italiana: la prédica de una democracia hostil a las disputas y propensa al diálogo y la negociación -claro está, diálogo y negociación con los más poderosos- terminó en una catástrofe social que amenazó sumirnos en un enfrentamiento de todos contra todos. De esos oscuros días de un diciembre once años atrás, emergió una Argentina que sacó los trapitos al sol, que asumió los costos colectivos de poner en escena viejas querellas no resueltas y nuevas iniquidades ausentes del debate público. Ahora la cuestión no es asustarse de los conflictos. Ahora la cuestión, para todos los ciudadanos de este país, es comprender profundamente que esos conflictos nos atañen, tienen que ver con la calidad de nuestra vida y la calidad de nuestra democracia. Y tengamos la posición que tengamos, aceptar que sean las reglas de la democracia las que encaucen los conflictos y evitar que el encono por el adversario debilite a la comunidad política en su conjunto.

Fuente texto: revista debate

Fuente imagen: labuhardillademelan.blogspot.com

Anuncios
Published in: on enero 30, 2013 at 4:47 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://lamingaenmovimiento.wordpress.com/2013/01/30/edgardo-mocca-la-retorica-contra-el-conflicto/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: