Ricardo Forster : Atreverse: la política, el discurso y la “justicia”

 

 

En El ojo absoluto, el pensador francés Gérard Wajman recorre con indisimulada obsesividad el proceso de ampliación de lo que él denomina la época de la imagen como un estadio de la sociedad en el que la palabra ha sido definitivamente desplazada por una mirada omniabarcativa. “Nos miran. Es un rasgo de esta época. El rasgo. Somos mirados todo el tiempo, por todas partes, bajo todas las costuras. No, como antaño, por Dios en la cumbre del cielo o, como mañana, por monigotes verdes desde las estrellas; nos miran aquí y ahora, hay ojos por todos lados, de todo tipo, extensiones maquínicas del ojo, prótesis de la mirada. Y en definitiva, siempre hay en algún lado alguien que supuestamente ve lo que ven esos ojos” (G. Wajman). Nada parece quedar fuera de la visión panóptica, todo busca ser absorbido por la infinita proliferación de cámaras-ojos que, desde el complejo satélite que orbita el planeta y es capaz de revelar el mapa terrestre en sus más insignificantes detalles, hasta la cámara de la propia computadora que estamos utilizando y que nos mira mientras la miramos. Perspectiva algo paranoica que, sin embargo, nos muestra de qué manera se va produciendo el sistemático desplazamiento de la palabra por la imagen, un desplazamiento que tiene vastas consecuencias allí donde aspira a la transparencia absoluta, a ese ojo universal que todo lo ve y todo lo muestra eliminando la opacidad y la ambigüedad para darle forma a la utopía de una sociedad en la que nada permanece secreto ni sin ser observado. Utopía de la simplicidad radical en la que sobran las palabras que hacen discurso y que se detienen en la complejidad de la existencia y de la trama vital y abigarrada de cualquier sociedad. Sujetos cansados de pensar por sí mismos son conquistados por la ilusión de máquinas visuales que trabajan con lo inmediato y en tiempo real sin dobleces ni sombras que oculten lo que acontece. El efecto es inmenso y brutal. Quizás estemos atravesando el último recodo de una cultura en la que la argumentación, la escritura que se interna por pasadizos complejos y la exigencia que surge de descripciones que no renuncian a ofrecer perspectivas en las que palabra, imagen, escritura e intervención discursiva constituyen no sólo un modo indispensable de dar cuenta de lo real eludiendo la simplificación banal sino que apelan a la inteligencia crítica de un sujeto capaz, todavía, de interactuar con esa lógica de la argumentación. Cuando sólo queda la imagen en bruto ya poco y nada queda para decir y para hacer. Queda la pasividad de individuos masificados y anestesiados. Tal vez esa sea la panacea del capital-liberalismo: una sociedad sin conflictos, sin pliegues, sin divergencias, sin argumentaciones, sin palabras capaces de subvertir la hegemonía absoluta del mercado global que se recuesta, como resulta cada vez más evidente, en la imagen global.

Nada más antagónico a este clima de época capturado por la fantasía cada vez más realista del “ojo absoluto” que ejercer el acto anacrónico de ofrecerle a la sociedad un discurso extenso, surcado de cifras y atravesado por sutilezas conceptuales que apelan a la atención del ciudadano y que convocan a una complicidad compartida a la hora de eludir la tentación de lo fácil e impactante. Cuando escribí, en este mismo espacio, y en más de una oportunidad, destacando la reconstrucción del lenguaje político y de su capacidad para interpelar con nueva potencia a una sociedad fuertemente despolitizada, lo hacía pensando en el giro que la irrupción, en gran medida inesperada y fortuita, del kirchnerismo provocó en un país que había visto de qué manera se vaciaba la política, se reducía a polvo cualquier argumentación crítica y se amplificaba, como nunca antes, la banalización de absolutamente todo apuntalada por la espectacularización mediática. La contracara de ese reduccionismo pueril que subestima al público ofreciéndole una papilla de fácil y rápida digestión, es el discurso de Cristina Fernández, un discurso capaz de entrelazar los datos duros de la macro o la microeconomía con la descripción histórica, el giro irónico que desnuda ciertas actitudes de algunos políticos opositores junto con una aguda reflexión sobre la compleja trama del escenario mundial y de los desafíos con los que se enfrenta el país. Un discurso que recupera el aliento de una narración interpeladora que sabe reconocer que siempre hay un otro al que es indispensable respetar en su inteligencia. Del otro lado, la respuesta pueril, la frase hecha, el esqueleto de una argumentación que nunca llega a pronunciarse. La política, la que se entrelaza con la invención democrática, ha quedado, una vez más, del lado de quien no renuncia al lenguaje conceptual, argumentativo y decididamente transgresor de lo establecido.

El lenguaje crea mundo, diseña nuestra manera de comprender la realidad y define la trama de nuestras relaciones sociales. Tratar de huir de las palabras que componen la experiencia humana es un gesto imposible. Un esfuerzo desmesurado que no conduce a ningún lugar. La ceguera, que no deja de ser una constante de nuestras sociedades contemporáneas convertidas en escenarios telemáticos, de un caminar a tientas por un territorio que requiere de los sonidos articulados de la gramática para encontrar un sentido y no acabar naufragando en un desierto de significaciones incomprensibles para aquellos que desean, con fervor, que otros hablen, que otros les pongan el nombre a las cosas y que definen sus y nuestras vidas. Dejarse nombrar por el poder es una manera de perder el uso libre del lenguaje. Recuperar la memoria que se guarda en él es el inicio de un camino de cambio y liberación de viejas y nuevas ataduras. Abrir las palabras para rescatar los sueños que se guardan en su interior constituye un extraordinario acto de reconstrucción de la vida individual y colectiva, el punto de inflexión para entrar en otra historia. Algo de esto viene sucediendo en la actualidad argentina cuando comenzamos a nombrar, con palabras y conceptos olvidados o rapiñados, vaciados o invisibilizados, lo nuevo de una época que reinstala el sentido de otro país que nunca dejó de habitar en el lenguaje de una memoria de la resistencia. Pocas palabras como “justicia” han recibido, con el correr de la historia, distintas y opuestas definiciones. Alrededor de ella se tejieron mantos de impunidad y se multiplicaron los privilegios de unos pocos. Pero también su nombre ha sido el santo y seña de las más diversas luchas por la libertad y la igualdad. Tal vez por eso, abrir un debate sobre la justicia y el poder judicial de cara a la ciudadanía, como lo ha planteado la Presidenta de la Nación, es ensanchar los límites de la democracia y desafiar a los poderes interesados en mantener el statu quo.

Ya el viejo Kant, inquirido sobre los alcances de la ilustración, en el lejano 1784 –pocos años antes del estallido de la Revolución Francesa que cambiaría la faz de la historia–, afirmó, entre otras cosas, que el individuo ilustrado era aquel que podía hacer un uso crítico de su propio entendimiento y volverse capaz de pensar y decidir por sí mismo sin tener que recurrir, como siempre, al padre, al cura o al médico para que le receten los remedios de la ley moral, del alma y del cuerpo, pero también agregó, con un dejo de triste escepticismo, que la mayoría de los seres humanos prefieren, por pereza y cobardía, que otros realicen el esfuerzo de pensar por ellos. Kant, el filósofo de la paz perpetua y de la racionalidad libre, soñó la autonomía del individuo como un caminar sin andadores y como una apropiación crítica del lenguaje de la razón. Para él, como para otros contemporáneos de ese tiempo cargado de esperanzas, estaba amaneciendo una nueva historia que habilitaría un decir renovado del mundo signado por la tolerancia, la igualdad y la libertad. Lo que no pudo ver el viejo filósofo es que incluso en el interior de palabras tan venerables se esconden los instrumentos del poder y la violencia. La historia por venir no dejaría, como en el pasado, de recordar la fragilidad de las palabras a la hora de ser apropiadas por la ideología de la dominación. Es por eso que el litigio por el sentido constituye una constante allí donde la desigualdad y la injusticia siguen persistiendo en los asuntos humanos. Y es por eso también que lo más radical que se plantearon los revolucionarios franceses fue, junto con la declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano, modificar de cuajo la estructura jurídica normativa del antiguo régimen heredera de la concepción feudal del mundo. Alrededor de la “justicia” siempre se ha dado una disputa fundamental. Los poderes y las corporaciones han preferido, siempre, mantenerla bien lejos de las decisiones de las mayorías, del mismo modo que la pensaron como el reaseguro último de sus privilegios. ¿Se comprende, entonces, el atrevimiento de lo planteado por Cristina Fernández en el Congreso de la Nación? ¿Imaginábamos ser testigos de tamaño desafío a la matriz más profundamente conservadora del país?

Mucha agua ha pasado bajo el molino de una historia que no resultó amable con la mayor parte de las ilusiones humanas y, menos, con las que soñaban una sociedad más ilustrada, igualitaria y democrática, pero lo que siguió insistiendo fue la importancia del lenguaje a la hora de imprimirle a la propia realidad tal o cual perspectiva, tal o cual interpretación o, de un modo más brutal, para determinar el ejercicio del poder y la producción intensiva de sentido común capaz de garantizar la reproducción de una determinada hegemonía política-económica. No hay, no hubo, dominación sin esa producción de ideología, de un lenguaje articulador de una manera, que siempre se quiere absoluta, de concebir la realidad social, económica, política y cultural. Tampoco ha habido ningún cambio revolucionario que haya dejado intocado el lenguaje del antiguo régimen y la idea patrimonialista de la justicia. La caída del viejo orden se acompaña, siempre, con la potencia de la invención lingüística, con la emergencia de nuevas palabras que dicen el mundo desde otra perspectiva. A veces, antiguos nombres son recuperados, revitalizados y lanzados nuevamente al escenario tumultuoso de la historia. Es por eso que la querella alrededor del modo de decir el mundo ha constituido y lo sigue haciendo el eje de una disputa que involucra el pasado, el presente y el futuro de la vida social. Por eso, también, carece de neutralidad la acción de ponerles nombre a las cosas y a las personas. Quien nombra ejerce, de uno u otro modo, el poder. Hay, en la aventura del lenguaje, arbitrariedad y libertad, intencionalidad y azar, violencia y paz.

Quizá como consecuencia de esa utilización arbitraria del lenguaje como barrera para ampliar la participación democrática en el ámbito fundamental de la justicia, es que vemos la reacción de quienes defienden el statu quo defendiendo el encriptamiento gramatical y los latinazgos como instrumentos para mantener la opacidad y el sometimiento de las mayorías a las decisiones incomprensibles de una minoría profesional que suele responder, en general, a los intereses de los grupos privilegiados. La lucha por el lenguaje es, también, parte indispensable de la construcción de una sociedad más igualitaria. La derecha lo sabe y por eso se ocupa denodadamente de mantener su esfera de dominio en el interior del aparato judicial, verdadera máquina discursiva que afecta directamente la vida de las personas.

¿Qué se le pide a un discurso presidencial en el que se pasa revista al estado de la Nación? Esbozo esta pregunta que puede parecer simple e ingenua pero que, si observamos lo que suscitó la última pieza oratoria de CFK, nos ofrece un panorama más que significativo de las profundas y esenciales diferencias que existen, hoy, entre quien toma la palabra para realizar una minuciosa descripción del camino seguido por el país en estos complejos y decisivos años que se inauguraron en el 2003, y aquellos otros políticos que parecen carecer de toda perspectiva histórica e, incluso, de memoria a la hora de responder monosilábicamente ante una larga y concienzuda reflexión y enumeración de lo mucho que ha cambiado la Argentina. Hay respuestas que, por más lacónicas que sean, constituyen lo no dicho de una visión del país. Es, también, la diferencia entre quien quiebra la monotonía de lo establecido, de quien busca siempre ampliar los límites de lo posible, de quien se arriesga a tocar lo supuestamente intocable del poder, y aquellos otros que sólo actúan como títeres de la perpetuación de quienes han determinado, a lo largo de gran parte de nuestra historia, cuáles son los alcances de la “justicia”. Lo que viene a quebrar el discurso presidencial es la falsa neutralidad de un poder, el judicial, que no ha dejado de responder la mayoría de las veces al establishment.

Hay momentos en que es posible sentir la presencia de la historia, de su aliento y de su potencia. Momentos de oportunidad y riesgo tocados por la intensidad y definidos por la importancia de lo que se abre pero que también nos señalan la extraordinaria significación de lo que ha quedado detrás de nosotros y que ha conmovido profunda y estructuralmente la vida de un país extraviado y sin encontrar, al menos en esos años oscuros y tormentosos del final de siglo, la orientación para salir de una época signada por la multiplicación de la injusticia y la expansión inmisericorde de una hegemonía político-económica y jurídica que fue borrando lo que quedaba de equidad en una sociedad desprovista de esperanzas. Momentos en los que se vuelven a abrir las intensidades que permanecían dormidas o que habían sufrido el cruel destino de los derrotados que no es otro que el ostracismo o el olvido. Momentos en los que la dinámica imprevista de la historia recupera lo que se había perdido y vuelve a hacer visible lo que permanecía invisible reconstruyendo puentes de ida y vuelta entre el presente y ese pasado semidesvanecido que, sin embargo, regresa desde una espectralidad que nos recuerda que es imposible borrar para siempre la memoria de un pueblo. Momentos en los que todo se pone en discusión y en los que el apasionamiento vuelve a apoderarse de los sujetos sociales como sólo lo puede lograr la recuperación de la lengua política entendida como instrumento de disputa y transformación. Ser contemporáneos de momentos así constituye un raro privilegio y un enorme desafío precisamente allí donde se conjugan el peligro y la oportunidad. Siempre es bueno recordar lo que decía el poeta: “Allí donde crece el peligro también crece lo que salva”. Traducido a nuestra experiencia histórica esto tal vez significa que sólo cuando se abre el horizonte y se avanza hacia lo nuevo es cuando lo que se pone en juego es de tal densidad que el peligro siempre está a la vuelta de la esquina. Sin este juego entre desafío y riesgo, entre audacia y peligro, la aventura política no pasaría de ser otra cosa que administración burocrática de los asuntos sociales. Algo de esto signó la trayectoria vital de Néstor Kirchner.

El lenguaje político nace del conflicto y la desigualdad, es expresión de lo no resuelto y se desvanece cuando lo que supuestamente prolifera es la unidad indivisible o la pastoral de vidas pasteurizadas por la ficción del consenso absoluto. De ahí que nada sea más vital y democrático que someter las cuestiones centrales a la visibilidad de la ciudadanía abriendo debates que se alejan de los eufemismos, de las frases huecas y del conformismo. En su discurso de apertura de las sesiones parlamentarias, Cristina volvió a reconocer la inteligencia de los ciudadanos al no renunciar a la complejidad, la profundidad y la rigurosidad del lenguaje al mismo tiempo que reincidió en una acción propia del kirchnerismo: cuestionar los poderes amplificando las posibilidades de mejorar nuestra vida democrática allí donde, como diría Claude Lefort, se ensanchan las potencialidades de permanente invención que guarda la política cuando sigue permaneciendo, en ella, el fulgor emancipatorio.

Fuente texto: revista veintitres

Fuente imagen:es.123rf.com

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Published in: on marzo 13, 2013 at 6:34 pm  Dejar un comentario  

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