Edgardo Mocca : El “precaprilismo” de las oposiciones argentinas

 

El resultado de las últimas elecciones presidenciales abrió una instancia crítica en el sistema político argentino, particularmente en el hemisferio de quienes se oponen al Gobierno. Después de una aplastante derrota que puso al candidato opositor mejor situado a casi cuarenta puntos porcentuales de la Presidenta reelecta, era de esperar un terremoto político que arrastrara orientaciones estratégicas, referencias públicas principales, mensajes y alianzas interpartidarias. Había figuras centrales de la política anterior que habían sido virtualmente borradas del escenario. Había apuestas a la potencia de la disidencia interna del peronismo que apenas perforaron el modesto umbral del cinco por ciento del electorado. Había una apertura radical hacia la centroderecha que condenó al partido a una de sus más magras cosechas electorales. Estaban todos los materiales para el comienzo de una escena extremadamente conflictiva en el seno de todas las fuerzas que compitieron contra el oficialismo kirchnerista.

Por duros que sean esos episodios, suelen ser la ocasión para oportunos virajes que abran paso a mejores tiempos. Pero nada de esto ocurrió. En el radicalismo se insinuó un tímido amago de discusión crítica que quedó aprisionado en un marco en el que el único interrogante parece ser cuáles serán las alianzas políticas para las legislativas de este año. Las principales figuras del “peronismo disidente” hicieron un silencio acaso provisorio pero ya bastante prolongado. Elisa Carrió hizo de cuenta que todo estaba igual y siguió haciendo lo suyo, aprovechando que los medios de comunicación más influyentes no distribuyen espacio y visibilidad con arreglo a las relaciones de fuerza políticas reales sino a las inconmovibles premisas de su operación política.

El macrismo, que no es derrotado en elecciones presidenciales porque no las disputa, aspira simplemente a hacer mejor y con mayor capacidad de persuasión lo mismo que hicieron casi todos los candidatos en la última elección. Surge la pregunta sobre qué es lo que podría haberse cambiado o podría cambiarse en el futuro. Los analistas del establishment sugieren tres claves de un posible mejoramiento de las chances opositoras: un endurecimiento de la posición contra el Gobierno, el avance hacia una amplia unidad de la oposición y la consagración de un candidato atractivo para ese bloque unido de la oposición. El intérprete justo de ese libreto es, obviamente, Mauricio Macri. Seguirá siéndolo a no ser que la dinámica interna del bloque FPV-justicialismo haga surgir la posibilidad de una nueva referencia peronista capaz de sintonizar con el libreto de los grandes medios.

Ahora bien, es posible que el principal enigma a resolver por las oposiciones no sea centralmente ninguno de los que se proponen desde los estados mayores mediáticos. Es posible que el centro del problema radique en el marco interpretativo de la realidad política con el que están actuando, esa especie de esquema general dentro del cual se inscriben los acontecimientos. Concretamente, las oposiciones han hecho suyo de modo prácticamente unánime, lo que podríamos llamar “la cuestión del autoritarismo”. Significa que todo el juego, toda la lucha política gira en torno de la voluntad autoritaria del Gobierno. No es que haya tal o cual gesto o decisión autoritaria por parte del Gobierno: el autoritarismo es el rasgo esencial, ordenador y explicativo de todo cuanto produce el gobierno. Es un molde conceptual en el que se vuelca cada uno de los actos de gobierno y cada escena a los que esos actos dan lugar.

Se trate de nacionalizaciones, reformas económicas, políticas sociales, comunicativas, disputas judiciales o hasta querellas con actores de cine, todo converge en el impulso autoritario. La palabra “autoritario” no refiere, en este contexto de discurso, a un atributo ocasional de algún área del Gobierno, ni puede confundirse con un señalamiento crítico de orden estilístico, formal o moral; en términos de ciertas corrientes de la teoría política, no se habla de un “tipo de gobierno” (tipos de política dentro de un determinado orden institucional), sino de un “tipo de régimen” (modo institucional de organizarse la comunidad política).

Esto, que parece una digresión teórica, es lo que aquí se entiende como el fondo de la cuestión. Con el libreto antiautoritario -seguido con desdichada aplicación por los líderes opositores- los grandes medios de comunicación han articulado un discurso antikirchnerista que se ha mostrado tan capaz para promover climas de asfixia e indignación política en algunos sectores influyentes aunque minoritarios, como impotente a la hora de la propia construcción política. Es inevitable que así sea: el griterío contra el “gobierno autoritario” no se lleva bien con las rutinas ni los calendarios electorales. Se sitúa en el punto más extremo de la enemistad política, en el lugar en el que “el otro” no es una propuesta y una orientación a discutir y a superar sino que es el mal político absoluto a combatir y destruir. Es una mirada más eficaz para alentar escenas de crisis terminal y sublevaciones que para acumular recursos político-electorales. Por otro lado, el propio sufragio universal queda comprometido en su virtualidad: de ese sufragio, ejercido con total libertad surgió este Gobierno al que se denuncia como ilegítimo. Es decir, del sufragio ya no se esperan soluciones porque el sufragio es percibido como parte del problema. Así se insinúa en ciertos testimonios recogidos en el cacerolazo porteño de setiembre último que, ante la pregunta sobre por qué la mayoría votaba a Cristina Kirchner, respondían que el Gobierno ganaba elecciones sobre la base del clientelismo social.

Se cierra así el círculo argumental: al autoritarismo no se lo derrota con las mismas armas con las que domina, es necesario un acto original de fuerza que restablezca el orden democrático. Frases de ese tipo jalonaron el comienzo de todos y cada uno de los golpes de Estado de nuestro siglo XX. Cuando llega, como ahora, una etapa electoral, el libreto antiautoritario muestra toda su inoperancia. Porque una actitud coherente con ese marco interpretativo sería condenar el propio proceso electoral y, en el caso de que esa condena no tuviera éxito, generar un nivel de unidad total de la oposición para vencer electoralmente al “régimen”. Esa unidad podría ser el fin de más de una histórica formación política y el agosto de muchas carreras estelares, pero la gravedad del diagnóstico justificaría lo dramático del renunciamiento.

Como nadie está seriamente dispuesto a adoptar ese curso estratégico, el sonsonete del autoritarismo termina por ser un decorado testimonial de la impotencia política. La oposición argentina es, todavía, “precaprilista”. No comprendió, a diferencia de su homóloga venezolana, que la manera de enfrentar electoralmente a los gobiernos surgidos de las crisis del neoliberalismo incluye el reconocimiento de la legitimidad democrática de su adversario y el de los cambios que han impactado positivamente en la calidad de vida de sus pueblos.

Fuente texto: revista debate

Fuente imagen: revistaelemilio.com.ar

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Published in: on marzo 20, 2013 at 6:08 pm  Dejar un comentario  

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