Federico Vázquez : Diez años que empezaron antes

 

El 25 de mayo de 2003 asumía Néstor Kirchner y comenzaba un ciclo político que aún hoy perdura, diez años después. La década transcurrida permite ver de forma más clara las razones de la irrupción de un liderazgo que en muchas ocasiones se lo entiende como “sorpresivo” o “anómalo” (más allá de la valoración positiva o negativa que se tenga del mismo), dándole al kirchnerismo un halo de excepcionalidad, de estado de emergencia. Es cierto que por esos días resultaba increíble, al menos para una generación que se había criado en el descrédito de la política, ver un presidente que elegía para confrontar a los poderes que hasta ese momento habían sido los protegidos del poder político, una verdadera novedad. Sin embargo, con el paso de una década detrás, es necesario pensar el comienzo del kirchnerismo desde un registro no solo vivencial, sino histórico, para evitar el riesgo de caer en explicaciones circulares y tautológicas.

Para desarmar esta idea, hay que pensar no tanto la llegada individual -siempre accidental y ligada a vicisitudes coyunturales (más aún en la Argentina de 2003) de Kirchner-, sino las razones para que una propuesta reformista de estas características pudiera ser exitosa. En definitiva, de dónde nace lo que después se llamaría kirchnerismo.

Algo obvio: el kirchnerismo sería impensable sin la crisis de 2001. Pero para evitar sostener eso solo desde la irreversibilidad de lo que efectivamente ocurrió, resulta interesante ver la “necesidad” del kirchnerismo (o de algún bloque político de similares características) en los mismos días en que la Argentina atravesaba el caos del derrumbe del régimen político-económico de la Convertibilidad.

En 23 de diciembre de 2001 Beatriz Sarlo escribía una columna breve y contundente, titulada “La disolución de la Argentina y sus remedios”, en el diario Página 12: “Las fuerzas sociales reclaman ser escuchadas. Que se las escuche será una verdadera novedad porque, en los últimos diez años, tanto Menem como De la Rúa fueron ejecutores de un régimen político que tuvo en cuenta exclusivamente los intereses del capitalismo financiero más concentrado y, en los márgenes, de un grupo formado por los muy poderosos del capitalismo local. La Argentina necesita cambiar de régimen político. Y digo esto en un sentido fuerte: es necesario que las instituciones dejen de ser una red de transmisión de órdenes de ese sector capitalista completamente minoritario, que no ha vacilado en castigar a la sociedad con los sacrificios más crueles, presentados como la única salida posible.” Y concluye: “lo que la Argentina necesita, además de dar comida ya mismo a millones de personas, es una larga y trabajosa construcción de un nuevo escenario político. O, más que un escenario, un nuevo tipo de relación entre política y economía, entre gobierno y capitalismo: una relación de la mayor autonomía.”

Resulta difícil pensar una mejor síntesis del rumbo conceptual que el gobierno de Néstor Kirchner tomaría un año y medio después. Sin entrar en cuestionamientos de archivo sobre las posiciones actuales de la autora, que al fin y al cabo poco aportan, la columna de Sarlo es interesante porque logra -cuando todavía se escuchaban los ruidos de las cacerolas y los saqueos- ubicar el centro del problema político que atravesaba el país. Sin mayores esperanzas por el espontaneísmo movilizado (“Las puebladas que dieron por tierra el gobierno caricaturesco de De la Rúa no son una base para pensar este cambio de régimen. Ellas estuvieron animadas por un fuerte sentimiento antipolítico, que tiene todos los motivos bien a la vista”, señala en un momento) Sarlo propone una repolitización de la dirigencia política, dándole la tarea, por esos días completamente utópica, de que desarme la lógica de poder de la década anterior, donde la representación popular había sido cooptada ideológica e instrumentalmente por un “sector capitalista completamente minoritario”. En definitiva se pedía que algo del poder “real” vuelva a asentarse en la política. Extremando la exposición la disyuntiva planteada por Sarlo para los próximos tiempos debería ser entre “gobierno y capitalismo”.

Pero por esos días, tanto Página 12 como Sarlo, representaban lugares marginales en cuanto a la circulación de opinión. Aquel país, con sus “relaciones de fuerza” políticas, culturales y mediáticas dominantes, se dejaba ver mejor desde los editoriales de La Nación. El mismo día que Sarlo invitaba a pensar una mayor autonomía de la política, el diario de los Mitre titulaba, con absoluta claridad de por donde iban sus anhelos: “Hacia la restauración del orden”. Un orden, por cierto, muy distinto al que proponía Sarlo como salida a la gran crisis. Lejos de ubicar responsabilidades en los actores de la economía, La Nación pedía reforzar “la plena vigencia del orden jurídico, que se resquebraja cuando las reglas de juego de una sociedad son constantemente modificadas”. A modo de mantra salvador volvía con la receta de “inspirar confianza a los grandes centros económicos internacionales y a los inversores”.

¿Cuál era la salida propuesta, entonces? “Los principios y criterios que habrán de regir, con la mirada puesta en plazos de largo aliento, en las áreas vinculadas con la vida económica, con la actividad productiva y con el desenvolvimiento de los mercados, de modo que no existan dudas sobre el marco en el que deberán insertarse los esfuerzos de los agentes privados.”

El hambre, la desocupación o la pobreza, o como dice Sarlo, “las fuerzas sociales que piden ser escuchadas”, ni siquiera figuran como accesorios del programa propuesto desde la Tribuna de Doctrina.

Lo que ambos artículos muestran es que, además de la crisis política e institucional y el fin de la Convertibilidad, en la Argentina aparecía una discusión más de fondo, en la medida que todos los actores (aunque se encontraran en las antípodas ideológicas) percibían que de alguna manera, una etapa se había cerrado y que lo que venía era, todavía, puro interrogante. Sarlo le pedía a la política que asuma un lugar de transgresión, advirtiendo con mucha precisión que el origen del desastre no era una determinada política económica, sino la sumisión de aquella frente al poder económico. El editorial de La Nación intenta contener el dique de algo que ya se veía como irremediablemente roto, refugiándose en la defensa etérea de la estabilidad jurídica y las “reglas de juego”. Un acto reflejo, defensivo, y que al mismo tiempo cambiaría poco en los diez años posteriores. Hoy el discurso de estos sectores sigue apareciendo brumoso, en tanto convive una crítica cerrada las políticas oficiales actuales, con la ausencia de propuestas concretas de reemplazo, más allá de las cuestiones ideológicas genéricas, ya presentes en el editorial de 2001.

Un año y medio después de que se publicaran estos artículos, las vicisitudes personales y de la coyuntura política dieron comienzo al ciclo político del kirchnerismo. Es indudable que Kirchner nunca hubiera llegado a la presidencia sin antes haber construido una larga carrera política, con derrotas y victorias circunstanciales, pero con una indudable acumulación de poder en Santa Cruz, y una gestión provincial que, en tiempos de crisis nacional, se volvía una carta de presentación digna para candidatearse a la presidencia.

Si ese recorrido personal explica por qué Néstor Kirchner tuvo la oportunidad llegar al gobierno nacional, la crisis sistémica de 2001 explica por qué el menú de opciones del nuevo presidente estaba condensado en las dos columnas periodísticas reseñadas.

En mayo de 2003 nacía algo que se había gestado antes, había comenzado un gobierno para la crisis, pero no un gobierno de crisis, como auguraban muchos.

Los diez años transcurridos muestran, un tanto paradójicamente, que algo de los dos artículos se materializó. Diez años de gobierno ininterrumpido (que se volverá un docena cuando finalice el mandato de Cristina en el 2015) son un sinónimo de “orden”, tal como soñaba La Nación. Claro que su lógica, más rupturista que de respeto al status quo, y donde la tensión gira siempre sobre el grado de independencia de la política frente a los poderes privados, se parece mucho más a lo pintado por la ensayista.

Ahora bien, si estos diez años de kirchnerismo fueron entonces una respuesta social (lógica y podríamos decir, hasta mesurada) frente a una crisis tan profunda como la de 2001, cabe preguntarse cuáles serán los caminos futuros que buscará tomar la sociedad argentina, después de esta década. Si eso es siempre un interrogante, lo seguro que el rumbo será a partir de este presente, a partir de este “orden” construido en estos diez años.

Cierta impotencia opositora puede rastrearse en no terminar de asumir la disyuntiva del 2001, que englobaba a toda la dirigencia política, como un dato histórico, saludable en su resolución en favor del “cambio de régimen”, y que permite pensar a la Argentina del futuro desde un lugar distinto (mejor) al de diez años atrás.

Fuente texto: agencia Telam, 21 de mayo de 2013

Fuente imagen: canal-literatura.com

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Published in: on mayo 21, 2013 at 6:07 pm  Dejar un comentario  

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