Campaña sucia

 

Clarín, La Nación y sectores de la oposición volvieron a la carga con antojadizas comparaciones. Las apelaciones al terror nazi lo que esconden, en realidad, es una vergonzosa actitud destituyente.

 
“El capitalismo, en agonía, sólo puede mantener su existencia recurriendo a los métodos más brutales y anticulturales, cuya expresión más extrema es el fascismo, hecho histórico expresado en la victoria de Hitler (…) El movimiento de Hitler logró la victoria gracias a los esfuerzos de diecisiete millones de desesperados, lo que demuestra que Alemania ha perdido la fe en una Europa decadente, convertida por el Tratado de Versalles en un manicomio sin chalecos de fuerza”. (León Trotsky) 
 

2013. Ochenta años después de la instalación del primer campo de concentración en Alemania, Dachau, que comenzó la persecución y muerte de más de 6 millones de personas, todavía hay malintencionados que simulan no entender lo que pasó o pretenden ignorar una lección histórica para la humanidad. Los periodistas y miembros de la oposición que recurren a la banalización del Holocausto, con la intención de desprestigiar y deslegitimar al Gobierno, no hacen más que mostrar su faceta oscura, su escasa comprensión de la historia y, aún peor, desnudan sus intenciones destituyentes.

Quienes apelan a estas comparaciones simulan desconocer las razones políticas que dieron origen al nazismo. Lo que algunos historiadores llaman la doble derrota. Por un lado, el definitivo aniquilamiento del movimiento revolucionario marxista encabezado por Rosa Luxemburgo y Karl Liebchnet, y la pérdida de la Primera Guerra Mundial por parte de Alemania, que dio origen al Tratado de Versalles. A esto se refiere la cita de Trotsky que abre esta nota. Pero, según parece, la supuesta ignorancia de quienes apelan a estas comparaciones, de acuerdo con las opiniones recabadas por Veintitrés, responde más bien a desesperadas intenciones golpistas.

Quien dio el puntapié inicial a esta comparación, en agosto del año pasado, fue precisamente otra pluma destacada de La Nación, Marcos Aguinis. En aquella oportunidad, al hablar de la fuerza comandada en Jujuy por Milagro Sala, escribió: “Las fuerzas (¿paramilitares?) de Milagro Sala provocaron analogías con las Juventudes Hitlerianas. Estas últimas, sin embargo, por asesinas y despreciables que hayan sido, luchaban por un ideal absurdo pero ideal al fin, como la raza superior y otras locuras. Los actuales paramilitares kirchneristas, y La Cámpora, y El Evita, y Tupac Amaru, y otras fórmulas igualmente confusas, en cambio, han estructurado una corporación que milita para ganar un sueldo o sentirse poderosos o meter la mano en los bienes de la nación”.

En el mismo sentido, en twitter, el presidente del Banco Ciudad, Federico Sturzenegger, comparó el control de precios de las organizaciones sociales con el accionar de las Juventudes Hitlerianas.

El editorial del diario La Nación del lunes 27 de mayo y la nota de opinión de Víctor Becker, el mismo día, en Clarín caminan esa vergonzosa senda antidemocrática. Detrás de la supuesta ignorancia de comparar el principio del régimen nazi con la actual situación política argentina se encuentra la verdadera intención: limar y deslegitimar al Gobierno, para preparar el camino de su destitución.

El economista Víctor Becker, ex director de Estadísticas Económicas del Indec, escribió en Clarín el lunes 27: “Más cercano a nuestros tiempos, apenas asumido, Hitler creó el 5 de noviembre de 1934 el Comisariado del Control de Precios. Las Juventudes Hitlerianas se ocuparon de aplicarlo con especial saña a los comerciantes judíos, considerados genéricamente especuladores. Sin embargo, en materia de precios, su resultado no fue demasiado exitoso, lo cual fue explicado por Hermann Goering, cuando fue juzgado en Nuremberg: ‘Si intentan controlar precios y jornales, es decir el trabajo del pueblo, deberán controlar la vida de las personas y ningún país puede intentarlo a medias. Yo lo hice y fracasé’. Es decir que se requiere un nivel de control social aún mayor al impuesto por la Alemania nazi”.

Para el filósofo Darío Sztanszrajber, esta idea de asociar el control de precios con alguna política del nazismo tiene “una clara intención de denostación de la figura del militante, asociando la militancia con una de sus exacerbaciones más impúdicas como ha sido el nazismo. Si ser militante sólo es igual a ser un mercenario que lo hace por dinero se está generando un vaciamiento de lo que para mí es una de las acciones más nobles de la vida política”. Sztanszrajber agregó que “tanto La Nación como Clarín vienen insistiendo en pegarle a la militancia desde ese lugar”.

El editorial de La Nación, por su parte, avanza en una comparación de las situaciones políticas de Alemania en 1933 y la Argentina en la actualidad: “Salvando enormes distancias, hay ciertos paralelismos entre aquella realidad y la actualidad argentina que nos obligan a mantenernos alerta”.

Tras describir a grandes rasgos lo que pasaba en Alemania por aquellos años, culmina: “Salvando, como decíamos, las enormes distancias, los argentinos deberíamos reparar en los rasgos autoritarios que, cada vez con mayor frecuencia, pone de manifiesto el Gobierno, y cobrar conciencia de que es imposible prever cómo puede terminar un proceso que comienza cercenando las libertades y la independencia de los tres poderes del Estado, al tiempo que distorsiona los valores esenciales de la República y promueve enfrentamientos dentro de la sociedad”.

No por nada los trabajadores de La Nación, en un gesto por demás inteligente, se despegaron de sus patrones y criticaron el editorial. “Los trabajadores del diario La Nación sentimos la necesidad de expresar públicamente nuestro más enérgico rechazo a este tipo de comparaciones impropias que no hacen más que exacerbar el odio”, dijeron en un comunicado, y llamaron a la reflexión “a quienes banalizan hechos como el Holocausto judío y la sangrienta dictadura cívico/militar, en pos de expresar su desacuerdo con medidas del actual gobierno nacional”.

Pero sus dichos fueron ignorados por la dirección editorial del diario. “Nosotros, los trabajadores del diario La Nación reunidos en Asamblea, alentamos y defendemos la libertad de expresión como un derecho de todos”, aseguraron. En el matutino de los Mitre no salió ni una palabra del repudio de sus propios trabajadores.

El comunicado de los trabajadores de La Nación se vio acompañado del rechazo de otros sectores de la sociedad, entre ellos la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), que expresó: “Con referencia al editorial del diario La Nación del día de la fecha, que bajo el título de ‘1933’ analiza aspectos históricos vinculados a la caída de la República de Weimar y el posterior régimen nazi, la entidad representativa de la comunidad judía argentina expresa su malestar respecto a la comparación con la actualidad política de nuestro país, reafirmando su postura permanente de que la dictadura nazi y su siniestra política de persecución y exterminio no puede ni debe ser equiparada con otras situaciones o decisiones políticas ajenas a ella. Si bien se incluye taxativamente al comienzo y al final del mencionado editorial la aclaración de ‘salvando las enormes distancias’ entre ambas situaciones, la DAIA exhorta una vez más a evitar referencias como la que motiva la presente declaración, sin que ello implique menoscabo alguno al derecho fundamental de la libertad de expresión, a la que la entidad respeta y valora como un principio que hace a la esencia del sistema democrático”.

Quienes apoyaron y pactaron con la dictadura militar instaurada en marzo de 1976 ahora intentan erigirse en guardianes de la vida democrática argentina. Las fotos que acompañan esta nota, que muestra a los actuales dueños de La Nación y Clarín con los dictadores que les regalaron Papel Prensa, deberían eximirnos de más comentarios.

Para el secretario de Relaciones Parlamentarias del Gabinete, el socialista Oscar González, “lo que se pretende es deslegitimar al Gobierno. Es que hace pocos días Cristina acaba de dar una prueba contundente de su legitimidad, con un acto de más de 500 mil personas en la calle, y la respuesta fue intentar deslegitimarlo por la vía mediática, pues las Fuerzas Armadas, a las que acudieron en otra época, ahora no están en condiciones de dar un golpe de Estado. Para eso manejan otras variantes, que ya les dio resultado en Paraguay, donde finalmente lograron derrocar al presidente Lugo. Es una infamia”.

Para el diputado nacional Carlos Raimundi, de Nuevo Encuentro, esta política tiene “un objetivo desestabilizador frente a la incapacidad para formular un proyecto propositivo, que sea alternativa al proyecto popular”, pues “no pueden explicitar que su proyecto es el retorno al neoliberalismno, no lo pueden decir con esas palabras”. Por eso, continúa Raimundi, “se pretende presentar a los informes de Lanata como investigación periodística cuando su relación con la realidad es la misma que pueden tener las disputas entre los panelistas de Tinelli”.

Para el diputado de Nuevo Encuentro, lo que aterroriza a quienes acuden a esta política “es la organización social y popular”, porque “una sociedad que discute la calidad de su poder judicial o la credibilidad de los medios, o la pertenencia a América latina, está discutiendo ejes que se aproximan a la discusión sobre el poder y eso no les gusta”.

Al volver a la revisión del editorial del diario fundado por Bartolomé Mitre, el filósofo Sztanszrajber opina que la elección del título del editorial, 1933, no es casual “porque está poniendo el acento en un intento de deslegitimar los resultados de una elección democrática. El planteo de 1933 como fecha es dejar abierta la posibilidad de pensar que un gobierno elegido democráticamente puede sin embargo no ser democrático”.

El sociólogo y analista Ricardo Rouvier considera que este relato “carece de eficacia, por la desmesura de la asociación. La comparación es delirante considerando momentos históricos de los años ’30 y la crisis y la aparición del nazismo”. Al avanzar en su caracterización Rouvier cree que “la asociación es intelectualmente mediocre, pobre, no va a convencer siquiera a los propios. Hablar de juventudes hitlerianas es faltarle el respeto a la juventud argentina”. El sociólogo opina que “mientras el Gobierno se encuadre en la ley ejerce su autoridad, el kirchnerismo ejerce la autoridad en forma completa y no muestra titubeos ni dudas, es una contrafigura de lo que fue el gobierno de la Alianza que se caracterizó por la falta de autoridad”.

En definitiva, parafraseando a William Shakespeare, algo huele a podrido en la Argentina. Es la carne podrida que intentan vender los medios hegemónicos y ciertos políticos destituyentes que, huecos de legitimidad democrática, apelan a la infamia y la mentira para ignorar la voluntad popular. 

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Alemania en 1933

 Año del fin de la democracia en Alemania. Cuando el 30 de enero de 1933 fue designado Adolf Hitler como canciller, comenzó una era violenta en la que las ideas racistas y autoritarias dieron lugar a aberraciones de todo tipo. Se abolieron las libertades básicas y el Tercer Reich se volvió un Estado policial en el cual las personas eran encarceladas arbitrariamente. Un año antes, en las elecciones parlamentarias apenas había obtenido el 33 por ciento de los votos, desde ese momento comenzó a tramar cómo llegar al poder de cualquier manera. “Se encontró con una fuerte crisis económica, altos niveles de desocupación y un pueblo humillado por la derrota de la Primera Guerra Mundial y la firma del tratado de Versalles. Frente a esto, construye una idea de imperio que genera adhesión”, recuerda Héctor Shalom, director del Centro Ana Frank Argentina.

Todo debía estar alineado a las políticas de Hitler, la cultura, la economía, la educación y las leyes. La manipulación llevada a cabo por su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, fue una de sus herramientas fundamentales. El Museo del Holocausto lo sintetiza: “Los sindicatos fueron abolidos y los trabajadores, los empleados y los empleadores fueron forzados a incorporarse a organizaciones nazis. A mediados de junio de 1933, el partido nazi era el único partido político permitido en Alemania. El Reichstag (Parlamento alemán) no hacía más que refrendar automáticamente la dictadura de Hitler”. El 1 de febrero se había disuelto el Parlamento y convocado a elecciones para marzo.

En alguns casos se buscaban excusas para las persecuciones, en otras ni eso. Pero el incendio del Parlamento alemán el 27 de febrero de 1933, adjudicado por Hitler a los comunistas, sirvió para convencer al presidente alemán, Paul von Hindenburg, de declarar el estado de sitio. Todas las libertades personales fueron suspendidas automáticamente. Con ese clima de temor instalado, con candidatos opositores secuestrados, los nazis ganaron las elecciones con el 45 por ciento de los votos. Hitler aprovechó y logró aprobar un proyecto por el que su gobierno tenía el poder de decretar leyes sin someterlas a votación. 

1933 también fue el año de la construcción del primer campo de concentración, en Dachau, al norte de Munich. Sus instalaciones se terminaron de construir el 21 de marzo y al día siguiente comenzaron a llegar los primeros prisioneros. Justamente el 23 de marzo se recuerda como el fin de la República de Weimar y el comienzo del Tercer Reich. Si bien no fue un campo de exterminio como el de Auschwitz, fue el primer campo en el que médicos y científicos alemanes utilizaron a los presos para probar toda clase de experimentos como si fueran conejillos de indias. “Experimentaron cómo afectaban a los seres humanos los cambios bruscos de la presión atmosférica, la inmersión y la congelación en aguas frías o las secuelas de beber agua de mar. También infectaron a prisioneros con la malaria y otras enfermedades para probar diversos fármacos”, recuerda el Museo del Holocausto. En Dachau fueron concentrados especialmente religiosos, aristócratas, intelectuales y políticos. Más de 200.000 prisioneros fueron recluidos en Dachau. 

La opresión y la manipulación de las masas fueron las herramientas más usadas por Adolf Hitler. El fascismo generó las condiciones para producir ambientes litúrgicos como la marcha de las antorchas, donde se buscaba acceder al inconsciente y despertar sensaciones que le permitieran conducir a la masa hacia los objetivos de la clase dominante. Inspiradas en Benito Mussolini, mostraban miles y miles de hombres desfilando en perfecto orden, con música de fondo. En la nueva era hitleriana, comenzada en 1933, el objetivo final era purificar la raza germana, esa fue la excusa para el terrible Holocausto que mató a 6 millones de judíos. “Culpabiliza de la crisis económica y la derrota a los judíos y firma un decreto a partir del cual es posible expropiarlos. Como los discapacitados generaban un alto costo y no eran motivo de orgullo, asesina a 100.000 discapacitados, mata a 200.000 homosexuales diciendo que atrofiaban la raza y sigue con negros, gitanos y fundamentalmente judíos, creando una imagen demonizada de estos núcleos y una propaganda que los culpa de todos los males. No hay genocidio sin cierto grado de respaldo social”, agrega Shalom. Esto es sólo una pincelada de lo que era Alemania en 1933. Totalmente diferente a la Argentina actual.

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Opinión

Nueva versión de la teoría de los dos demonios

Por H.I.J.O.S. Capital

Tras 30 años de democracia, cuando vivimos un momento histórico de Memoria, Verdad y Justicia, cuando se cumplen 10 años de un proyecto nacional de gobierno que se caracteriza por la recuperación y ampliación de derechos, los sectores conservadores vuelven a alzar su voz en contra de una distribución justa de la riqueza, no sólo de la económica, sino también de la simbólica. En ese campo, en el del discurso, intentan instalar una falsa idea de violencia, buscan lugar para una nueva versión de la teoría de los dos demonios, recurriendo a métodos repudiables como la comparación de la actual gestión de gobierno –elegida por la mayoría a través del voto popular– con el nazismo. Tanto le duele a la derecha que nuestro pueblo esté organizado, que usa sus tribunas para atacar los jóvenes que hoy retoman las banderas de la militancia como herramienta de transformación de la Patria.

Son sectores minoritarios los que intentan instalar un discurso que promueve el odio, desde un relato totalitario de la historia. Son una minoría, pero son la minoría que sigue teniendo la mayoría de los medios de prensa: son las corporaciones. Son unos pocos con el monopolio del sentido social de la historia. Por eso seguimos batallando desde el discurso, porque nosotros vemos a diario que la realidad no es la que cuentan Clarín y La Nación. Cuando Néstor Kirchner bajó los cuadros levantó las banderas. Nuestro pueblo recuperó muchos derechos, entre ellos el de la alegría.

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Opinión

Sobre el nazismo, el genocidio y las analogías

Por Daniel Feierstein

Vicepresidente de la International Association of Genocide Scholars

 Por años, me he dedicado a cuestionar la supuesta “sacralidad” de la experiencia del nazismo. Los genocidios constituyen una tecnología de poder que no remite tan sólo a la experiencia alemana y que tuvo antecedentes (en el colonialismo, en la destrucción producida por el nacionalismo turco) e intentos de reproducción posteriores (en Indonesia, la Doctrina de Seguridad Nacional en América latina, la ex Yugoslavia o Ruanda).

Cuando el genocidio se abatió sobre nuestro país, fue Nueva Presencia (un diario judío) el que se animó a establecer paralelismos con el nazismo (pese a las críticas de numerosas instituciones judías) buscando iluminar la gravedad del aniquilamiento.

La prensa argentina (y muy en especial La Nación) no sólo calló sino que publicó infinidad de editoriales elogiosos de la dictadura que secuestró, torturó y asesinó a decenas de miles de personas, emulando muchas de las técnicas nazis.

Eso otorga una gravedad inédita al editorial de La Nación del 27 de mayo, en el que se pretende homologar al actual gobierno (sean cuales fueren las críticas que se tenga hacia él) con el nazismo. No hay un solo dato empírico que amerite la comparación. Más aún: la situación más preocupante del mapa actual (la persecución sostenida de los grupos qom en Formosa y Chaco) no tiene lugar alguno en dicho editorial, demostrando que no es el posible ejercicio de la violencia estatal lo que los preocupa.

Por el contrario, la nota culmina con la preocupación por la “distorsión de los valores esenciales de la República”. Y cabe preguntarse si dichos “valores” no son precisamente los que buscó imponer el genocidio argentino (¿la occidentalidad cristiana?), algunos de cuyos autores están siendo sometidos a la Justicia (proceso que La Nación, lejos de avalar, ha criticado profusamente en sus páginas).

El problema principal del editorial de La Nación, a mi juicio, no es que compare al nazismo con otra experiencia histórica. La historia nunca es sagrada. El problema es el cinismo de que los cómplices de los genocidas pretendan apropiarse del vocabulario que los condena para generar admoniciones y justificar nuevamente el ejercicio del terror.

Mi confianza radica en la madurez del pueblo argentino para desenmascarar el cinismo de aquellos que callando y avalando a los verdaderos genocidas, quieren hacernos creer que el peligro radica allí donde sólo hay una disputa política democrática.

Los fantasmas siguen vivos, pero en el posible ejercicio de la violencia estatal. Esa violencia que La Nación nunca ha dejado de avalar.

Fuente texto: revista veintitres,30 de mayo de 2013

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Published in: on junio 1, 2013 at 10:43 pm  Dejar un comentario  

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