Carlos Barragán : Los 25

Eran malos días aquellos 25 de mayo. Días de ponerme a pensar cómo fue que después de tantos años no le encontráramos la vuelta a esto que debía ser un país. Eran tristes aquellos 25 de mayo pensando en los tipos que habían puesto el cuero para hacer de este territorio una sola cosa, una sola cosa orgullosa de serlo, una cosa con bandera y gente que trabaja para vivir mejor, una cosa con alma y con cuerpo pensando y pensados para caminar siempre hacia aquellos horizontes de soberanía, igualdad, libertad, solidaridad, felicidad. Pero no, los 25 de mayo eran nada más que ese recuerdo de un día lejano y solitario, cuando un grupo de audaces habían dejado de soportar ser gobernados por una voluntad ajena. Esa voluntad ajena me obsesionaba: esa voluntad ajena era la que decidía nuevamente -y parecía que para siempre- por sobre nuestras vidas. La voluntad ajena, voluntad en las sombras de tipos con nombres desconocidos, planes económicos que parecían venir de la nada, decisiones que nada tenían que ver con la necesidad de los hombres y las mujeres del pueblo.

Por eso los 25 de mayo eran para mí días de fracaso, días de ver lo que habíamos sido, lo que pudimos hacer y lo que dejamos de ser y de hacer. Días de recordar lo muerto y lo ausente, días de entender al país como una gran derrota, un país que en un gesto de hipocresía recordaba y festejaba aquel otro país que ya no quería ser y que ya no era. Y el 25 de mayo era un día solitario, sin manera ni ganas de articularlo con otros momentos de nuestra historia en que otros hombres se habían levantado para pelear por lo de todos. El 25 de mayo aparecía una vez al año como una herida. Con banderas agitadas por quienes nos las habían robado, esas banderas celestes y blancas que flameaban en los autos y en las casas de los vencedores que llevaban al país en un puño y en el bolsillo, el país para ellos, el botín que llevaba la marca celeste y blanca no para simbolizar la patria, sino apenas como señal de su victoria, de su arrebato, de su poder por sobre los que queríamos ver en esa bandera mucho más que el control de las riquezas, su victoria sobre quienes creíamos que nuestra riqueza era esa bandera.

Por todo esto mi pesimismo y desilusión se hacían mucho más profundos aquellos 25 de mayo. Y lo recuerdo hoy, dos días después de este último 25 en que no tuve tiempo de revisar estos feos recuerdos. No tuve tiempo porque me dediqué a vivir este milagro de la recuperación de aquello que creí perdido para siempre, y que apenas vislumbraba recuperable a través de décadas y décadas de trabajos y esfuerzos. El sábado pasado viví mi noveno 25 de mayo contento. Confieso que me negué a estar feliz en la asunción de Néstor por miedo a una nueva desilusión, y me negué haciendo un esfuerzo porque a pesar de las desconfianzas en mi cabeza tenía en el corazón una sensación muy fuerte de que algo había cambiado. Será por eso que ahora dejo que mi corazón también opine para darme cuenta de que a pesar de las construcciones y reparaciones materiales, cuando uno va a las plazas de los festejos lo que se comparte es una emoción. La emoción de los brazos en alto y las canciones gritadas, la emoción de volver a tener nuestros colores y de hacerlos ondear no como un botín, sino como esa parte nuestra que también es parte del otro, la bandera como el lugar donde nos encontramos. Un lugar que habíamos perdido y que volvió a ser de todos.

Hay días dificiles en este andar feliz. Hay enemigos duros que no nos consideran dignos de trato humano y que por eso no miden odio ni desprecio, ni crueldades ni injusticias. Pero este andar nunca fue fácil ni tuvo promesas de paseo de fin de semana. Es que venimos de tantos años de derrotas que ya no alcanza con un 25 de mayo por año. Nuestro cabildo vive permanentemente sitiado por estos nuevos realistas –que no son de la realeza sino de otra realidad- tan fortalecidos en las décadas sangrientas y perdidas que es necesario disputarles lo que por derecho nos corresponde. Como un 25 de mayo todos los días. Todos los días un 25 de mayo con sus alegrías y sus angustias, pero con la certeza en el corazón de que lo que hacemos lo hacemos por la igualdad, por todos, por la soberanía, por la dignidad, por nuestros hijos, por el orgullo, por los derechos, por la alegría, y por el amor a la tierra que pisamos. Ellos, los nuevos realistas, no comparten ninguno de estos valores: no quieren la igualdad, no hacen nada por todos, no les interesa la soberanía, no les importa la dignidad, a sus hijos les recomiendan irse lejos, no tienen orgullo nacional, no quieren derechos igualitarios, carecen de alegría, y el único amor que conocen es el que sienten por ellos mismos.

Técnicamente son nuestros compatriotas. Y quieren volver a tener aquellos 25 de mayo que a mí me ponían tan triste y pesimista. No sé si hay solución a la vista para este litigio tan profundo. Lo único que se me ocurre es que habrá que educarlos en la alegría, capaz que así aprenden a soportar las fiestas del pueblo. Y si no, tendremos que consolarlos por esta década en que tuvieron que devolver lo que nunca les correspondió tener.

Fuente texto: diario registrado, 27 de mayo de 2013

Fuente imagen: telam

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Published in: on junio 1, 2013 at 1:37 pm  Dejar un comentario  

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