Dante Augusto Palma : El otro egoísta en la comunidad organizada

En tiempos de “guerrillas semióticas” cada palabra cobra una relevancia inusitada, máxime cuando esta es vertida públicamente a través de los medios de comunicación o, ahora también, en esa zona gris entre lo público y lo privado que se conoce como redes sociales. Asimismo, como si con esto no alcanzase, todo aquel que dispone de micrófonos para poder expresarse sabe también que debe construir frases que sea imposible descontextualizar, de lo cual se sigue que, probablemente, el único arte que ha dado el siglo XXI hasta ahora sea el arte de saber declarar. Si a esta dificultad le agregamos lo que sucede con la palabra de una presidenta que además de poseer una habilidad retórica que se encuentra muy por encima de la media de los políticos, es capaz de marcar agenda y abrir debates conceptuales, se tomará la real medida de lo que puede generar una definición tan fuerte y a su vez no libre de ambigüedades como “la patria es el otro”.

Para los que no lo recuerdan, fue en el discurso por los festejos de la Revolución de Mayo que CFK hizo un fuerte hincapié en aquella frase que ya se había transformado en una bandera de la militancia especialmente en el marco de la ayuda por las inundaciones en La Plata. Claro que el debate podría acabarse inmediatamente si consideramos que esta frase como tantas otras es puro eslogan vacío, pero como el estilo de esta columna es la indagación y el intento de agregar algo de complejidad a los asuntos de todos los días, me permitiré desconfiar de aquellos que consideran que todo debate actual puede reducirse a una disputa entre publicistas.

 

¿Qué significa, entonces, “la patria es el otro”? ¿Es simplemente el llamado a ser solidarios, a cambiar la naturaleza egoísta del argentino medio? Podría ser pero puede que signifique algo más que eso. En esta línea, sin plantear de manera delirante algo así como una “filosofía kirchnerista”, alguna pista del sentido que puede dársele a esa frase se puede encontrar rastreando los discursos tanto de CFK como de Kirchner pues allí se pueden encontrar elementos propios de una determinada cosmovisión. Y dado que esta manera de ver el mundo no puede manifestarse como completamente ajena al peronismo no es descabellado repasar los principios filosóficos de los que se nutre la doctrina peronista y que fueron expuestos por Perón en el año ’49 en aquel recordado Primer Congreso de Filosofía realizado en Mendoza y que contó con la adhesión de personalidades de la disciplina como Martin Heidegger, Karl Jaspers, Benedetto Croce y Julián Marías, entre otros.

Aquel discurso de Perón buscó fundamentar la tercera posición, esto es, una alternativa al mundo bipolar del capitalismo y el comunismo. ¿Por qué no adscribirse a alguno de estos modelos? Porque cada uno tenía un déficit. Así, según Perón, el capitalismo era un sistema basado en el individualismo egoísta y en una concepción de la libertad completamente ajena al vínculo comunitario. Desde este punto de vista, la sociedad es el resultado de un pacto realizado por sujetos racionales y su consecuencia natural no es una comunidad más importante que la suma de las partes sino una mera adición de los intereses de cada uno de los átomos pactantes.

El extremo individualismo era, según Perón, heredero de la distorsión materialista que produjo la modernidad al cristianismo. Dicho de otro modo, el cristianismo había irrumpido con un fuerte énfasis en los valores individuales pero desde un punto de vista espiritual que, con el surgimiento del capitalismo, trocó en individualismo materialista. En la misma línea, el comunismo sería, para Perón, hijo de las derivaciones distorsionadas que Marx hiciera de Hegel. Para comprender esto se debe tener en cuenta que Hegel retomó cierta tradición clásica de una comunidad que está por encima de las partes para afirmar que su realización plena y superadora se daría en el Estado prusiano de las primeras décadas del siglo XIX. Pero, según el fundador del justicialismo, el marxismo llevó a este Estado transformado en una suerte de encarnación de Dios, al extremo de una suerte de gran comunidad mecanizada en la que la individualidad quedaba completamente disuelta.

La propuesta de Perón, entonces, a diferencia de los que rápidamente la incluyen en la línea de los Estados totalitarios, era una Comunidad Organizada en la que el “yo” se transforme en un “nosotros” que no borre la individualidad y que pueda equilibrar el deseo material con los valores espirituales. Con todo, expuesto así, resuenan todo el tiempo algunas afirmaciones hegelianas pues finalmente el Estado hegeliano es el resultado de un proceso dialéctico en el cual quedan incluidos los momentos del colectivismo sin individualidad de la antigüedad y el individualismo sin comunidad de la modernidad. Estas resonancias pueden funcionar de vasos comunicantes para el discurso que CFK brindara, justamente, en ocasión de la realización del Segundo Congreso Extraordinario de Filosofía realizado en San Juan en 2007. Allí, en una frase que generó comentarios varios, la, en ese momento, candidata a presidente, afirmó: “Soy absolutamente hegeliana”. Para poder comprender a qué quiso referir basta completar la frase: “Soy absolutamente hegeliana: la filosofía es hija de su época, la filosofía es la época articulada en pensamiento”. El hegelianismo que resalta CFK no es, entonces, el del Estado prusiano, sino el que surge de una lectura hegeliana desde la izquierda y resalta como principal virtud del autor de La Fenomenología del Espíritu el haber incluido en la reflexión filosófica la dimensión temporal aborrecida al menos desde Platón. La importancia del contexto histórico y la mirada situacionista es la que le permite a CFK en ese mismo discurso plantear que a diferencia de lo que sucedía en el ’49 ya no nos enfrentamos a un mundo bipolar pues los dos grandes bloques han sufrido su golpe de gracia: la caída del Muro de Berlín y el atentado a las Torres Gemelas. Desaparecida la Unión Soviética, asistimos hoy, entonces, a los estertores del optimismo de Fukuyama quien, haciendo hegelianismo conservador, auguraba el triunfo del capitalismo y las democracias liberales, de lo cual se seguía, claro está, el “fin de la historia”. Frente a este punto de vista, CFK interpretaba que el mundo que viene es un mundo multipolar estructurado a partir de bloques regionales que no necesariamente van a generar un choque de civilizaciones. Quizá desde esta cosmovisión y desde este hegelianismo de izquierda es que pueda interpretarse mejor la afirmación “la patria es el otro” pues, justamente, una de las elaboraciones centrales de Hegel es aquella conocida como la “Dialéctica del Amo y el Esclavo”. Tal dialéctica explica el modo en que se constituye una identidad y viene a polemizar con la mirada del paradigma liberal pues, para Hegel, la identidad se constituye a partir de la relación con el otro, o, más psicoanalíticamente hablando, a partir de la mirada del otro: el esclavo necesita la protección del amo y el amo necesita el reconocimiento del esclavo. Esta perspectiva se enfrenta, como decíamos anteriormente, con la mirada liberal que supone que lo que nos caracteriza como humanos es previo a cualquier interacción con la comunidad.

Lejos de considerar al kirchnerismo como “hegeliano” lo que se buscó en estas líneas es una lectura en clave hegeliana de algunos principios fundacionales del peronismo y del kirchnerismo. Las diferencias entre peronismo y hegelianismo fueron expuestas por el mismo Perón y, en el caso de CFK, está claro que su hegelianismo se circunscribe al rescate de la mirada contextualista que en Hegel tiene bastante de herencia romántica. Pues, sin ir más lejos, en aquel discurso de 2007, CFK acordaba con cierta visión posmoderna que viene a sentenciar el fin de los grandes relatos, esto es, el fin de aquellas cosmovisiones con pretensiones totalizantes y con validez universal como la de Hegel e incluso como la de Perón que, en palabras de la propia Presidenta, “era, pese a que fue titulada como modelo argentino, una categoría de interpretación y de decodificación de carácter absoluto y universal”.

Para concluir, entonces, afirmar “la patria es el otro” no sólo sería un pedido de solidaridad para con el prójimo sino un llamado a advertir que sólo en el vínculo comunitario y gracias a la mirada del otro es posible constituir una identidad y un proyecto colectivo pero también individual. Esto que puede interpretarse como una mera declamación o una exigencia altruista circunscripta a la militancia creo que puede verse como algo más que eso pues es un principio válido también para aquellos sectores de la sociedad que no comulgan con este ideario pero que aun desde una visión profundamente egoísta deben aceptar que su plan de vida individual no podrá ser independiente del destino de la comunidad a la que pertenecen.

Fuente texto: revista veintitres, 05 de junio de 2013

Fuente imagen: facebook.com

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Published in: on junio 7, 2013 at 8:32 pm  Dejar un comentario  

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