Ricardo Forster : La época: el desencanto y la ilusión

Quisiera compartir con mis amigos lectores, a esta altura ya lo son, mi última intervención, del sábado 31 de agosto, en la asamblea de Carta Abierta. Dejando que sea la palabra oral la que se despliegue transcribo, con pocas correcciones, lo que dije en aquella oportunidad. Ahí va.

Me pregunto todos los días a medida que van pasando las jornadas y vamos hablando en uno y otro lugar, cómo hacer para que las palabras no se trituren y no caer en una terrible repetición y cómo hacer para volver a encontrar, una y otra vez, aquellas palabras que tienen que ver con el espíritu que nos llevó a estar donde estamos, a esta experiencia asamblearia, a la posibilidad de dar una disputa como la que estamos dando en la ciudad de Buenos Aires y en el país que nos hace sentirnos parte de este momento histórico. Recién venía de Tecnópolis, de un encuentro de estudiantes de comunicación de todo el país, varios miles de estudiantes, y la verdad que ahí sentí que las cosas vibran, que siguen vibrando, sigue habiendo intensidades y potencialidades que están pensando que es posible seguir construyendo, seguir generando las condiciones para que este extraordinario momento histórico no termine, no se agote, no se cierre, sino que siga dando una pelea clave para intentar, como venimos haciéndolo, construir un país que sea más justo, sabiendo de las contradicciones, las opacidades, las idas y vueltas.

Pero cada vez que me preocupo, que me amargo, cada vez que el gusanillo de la desesperanza aparece, hago un viaje por el tiempo de mi propia memoria, vuelvo hacia determinadas escenas, sentimientos, perspectivas, miradas y retrocedo, imaginariamente, cuando no tengo demasiadas ganas de perderme en amplias lejanías, al 24 de mayo de 2003 y trato de imaginarme pensando la aventura de estos 10 años y confieso que no logro, siquiera, mirarme a mí mismo intuyendo lo extraordinario de lo que nos ha acontecido. El 24 de mayo de 2003 muchos de nosotros –con historias personales, con intervenciones en términos de reflexión ideológica, teórica, filosófica, política, con biografías previas atravesadas por la experiencia militante, por el sueño revolucionario, por el sueño político democrático, cualquiera de esos sueños decisivos para imaginar que esa sociedad seguía en movimiento–, sentíamos que las cosas eran demasiado oscuras, que a la noche parecía seguirle más noche. Y eso independientemente de las resistencias, de las rupturas que aparecían sin dudas en el dispositivo económico, en la matriz brutal de 25 años de neoliberalismo, de consenso de Washington, de violencia social, política y lingüística que tuvo su punto neurálgico de despliegue en nuestra sociedad con el terrorismo de Estado y a la que no dejaría de impregnar una cultura del individualismo que nos devoró en la última década del siglo veinte. Pero que también, esto hay que decirlo, llevó a tocar muy profundamente la vida democrática allí donde descubrimos que el sueño de una democracia transformando la vida de la sociedad después de la dictadura corría no sólo el peligro futuro de ir desvaneciéndose, sino que la propia vida democrática del final del ’80 y de los ’90 se convertía, como dice Horacio González, en un pellejo vacío, en un lugar que ya no se correspondía con los sueños, con las aventuras de justicia, con la búsqueda de realización para este tiempo histórico de nuestros propios ideales; que ya no íbamos a ser ni testigos ni contemporáneos de un renacer de un espíritu transformador. Que muchas de nuestras ideas, de nuestras palabras, de nuestros sueños iban a ser parte, apenas, de una escritura testimonial; que íbamos a dedicarnos a la historiografía de las ideas, a la arqueología de las ilusiones, a seguir recordando –bajo forma erudita algunos y otros bajo la forma de la nostalgia– aquello que ya no podíamos ser.

Digo esto porque una y otra vez sigo pensando lo mismo que comencé a pensar cuando escuché el discurso de Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003. Hemos entrado en un tiempo que no imaginábamos, hemos entrado en una época del país y de la región que nunca hubiéramos esperado con esta densidad, con esta potencia, con esta frescura, con este desafío, con esta condición maldita que ha despertado de nuevo el odio del poder por aquellos que pensaban, eso creían después de la noche de la dictadura y la hegemonía neoliberal, que ya no estábamos más en condiciones de disputar absolutamente nada. Como dice un amigo, pensaban que estábamos todos muertos y se encontraron con que regresamos, con que seguimos disputando, seguimos pensando, seguimos haciendo, seguimos soñando, seguimos discutiendo, seguimos criticando en el sentido más pleno: criticar significa siempre ser capaz de tomar desde la raíz las ideas propias, de dar vueltas esas certezas e interrogarlas una y otra vez. Nunca dejamos de hacerlo y Carta Abierta nunca dejó de preguntarse por lo que estaba sucediendo a su alrededor; pero lo hizo con una condición que también hemos recuperado, ya que hay palabras que quizá quedaron en nuestro propio pasado, palabras venerables, palabras entrañables, palabras con las cuales creíamos decir mucho y a veces no decíamos nada, pero a veces palabras que sí significaron demasiado. Y hacia esas palabras nos dirigimos sin dogmatismos.

Hace mucho tiempo solíamos utilizar una palabra que se escurrió muy lejos de nosotros –porque a veces uno tiende a pensar, sobre todo cuando se ubica el 24 de mayo de 2003, que hubo momentos de la historia que pertenecieron a otra galaxia y que de repente eso que estaba en otro lugar, en otro planeta, fuera del tiempo, regresó para poner en disturbio el tiempo de la dominación–, y esa palabra era la palabra “praxis”. Recuerden la mayoría de ustedes, por supuesto, que digo “praxis” y es un viaje en el tiempo, una melancolía, un déjà vu y están de vuelta instalados en los grandes debates políticos e intelectuales y regresan Althusser, Sartre, Lukács, el Che, Marx, y vuelve la idea de revolución. Pero lo cierto es que se había producido un hiato –después de una derrota que no fue una derrota simplemente política sino que tenía que ver con el orden de las derrotas que se meten en el corazón de las representaciones del mundo–, lo que también había quedado escindido, vaciado, era la percepción, la comprensión de que las palabras hacen mundo, de que las palabras son capaces de conquistar la realidad y hacer algo en eso que llamamos “mundo” para transformarlo.

Los últimos 20 años del siglo pasado fueron años de búsquedas, de interrogaciones, no fueron sólo años oscuros, no solamente fue una década, la del ’90, espantosa –lo fue en términos sociales, lo fue también en términos de pérdida de la posibilidad de imaginar que otra realidad podía ser posible–, también hay que decirlo: para muchos de nosotros esos años significaron volver a leer y a discutir las antiguas certezas. Aunque sentimos que se producía una distancia entre lo que volvíamos a discutir, a pensar, en lo que volvíamos a abrir de nuestros corpus teóricos, biográficos o de ideas, y la posibilidad de establecer un puente de ida y vuelta entre ese mundo encerrado en nuestras bibliotecas y en nuestras pasiones intelectuales y esa realidad que seguía demandándonos porque seguía siendo salvajemente injusta, desigual y violenta. Sentíamos que se nos había ido, se nos había sustraído, se nos había escapado, que ya no podíamos alcanzarla. Podíamos sí intervenir en nuestras discusiones, ser protectores de un canon memorable de lo mejor de las tradiciones intelectuales emancipatorias; y seguíamos creando revistas, algunos escribiendo libros, enseñando en las universidades, participando otros en movimientos de resistencia, movimientos de derechos humanos, movimientos sociales, pero con la percepción de que un tsunami arrasador nos había inundado y queríamos buscar cómo encontrábamos la posibilidad de un poco de oxígeno para seguir rescatando historias, memorias, biografías, para sentir que la historia no se había clausurado, que no era cierto aquello de una historia agotada y terminada porque había ganado, de una vez y para siempre, el poder.

Mirábamos pesimistamente el mundo cuando la lógica del pesimismo, como dirían algunos viejos filósofos, es la única posible para no permanecer indiferentes ante la injusticia del mundo. Hay momentos en que el pesimismo es indispensable, que el pesimismo es la llave que te permite mantener el espíritu de la crítica en medio de una realidad brutal que te devora si pensás que vas siempre a favor de la corriente. Porque muchos en los ’80 y los ’90 creyeron que iban a favor de la corriente democrática, del progreso en el desarrollo de las sociedades, que se había acabado el tiempo de las tensiones, las contradicciones, las revoluciones y que por lo tanto entrábamos en la paz de la vida democrática, y se acomodaron perfectamente a ese ir a favor de la corriente. Mientras que algunos, pocos, resistieron intelectualmente contra esa idea del tiempo, del espíritu de la época. Somos hijos del espíritu de la época, no podemos huir del espíritu de la época, lo que podemos es discutirlo y ponerlo en cuestión; a veces logramos convertirnos en custodios de saberes amenazados. Lo fuimos durante esas décadas.

Esperábamos una oportunidad sin siquiera esperarla porque la mejor oportunidad es la que acontece allí donde ya no esperamos que fuera posible esa oportunidad. Ahí es donde surge el enigma de la historia, ahí es donde surge lo novedoso de la vida real, de la complejidad de la trama que nos constituye como seres humanos; que a veces lo que acontece no estaba previamente en nuestra ilusión de que pudiera suceder. Y cuando sucede, nuestra mirada del mundo, de repente, casi como si no lo hubiéramos siquiera imaginado, mira el mundo de otra manera. Porque yo creo que a partir del 25 de mayo de 2003 comenzamos a ver nuestra propia interioridad y el mundo –cuando digo mundo, digo la realidad que nos atraviesa, que nos rodea, que se llama Argentina, que se llama Sudamérica–, ese mundo comenzaba a tener otro rostro, veíamos de otra manera el rostro del mundo, del mismo modo que comenzábamos a ver de otra forma el rostro de la historia. Que de nuevo se abría una fisura, que de nuevo podíamos meternos por esa fisura, que de nuevo viejas palabras podían recuperarse bajo las condiciones de la época y no bajo la repetición dogmática, que podíamos recuperar libros leídos para leerlos de otra manera pero manteniendo la fidelidad. Que podíamos ser fieles a nuestras ilusiones, a nuestros sueños, a nuestros ideales pero entendiendo también que nuestros sueños, ilusiones e ideales habían sido brutalmente tocados por la violencia de la historia.

Entonces, me parece, que estos años son años –y yo lo vivo así, con absoluta plenitud– de devolución, de reparación, de reconstrucción que hacen posible que de nuevo lo que era del orden del sueño, del orden de la ilusión, del orden incluso de lo utópico vuelva a encontrar el camino de la praxis, vuelva a encontrar nuevamente el lenguaje, la palabra, las ideas, la posibilidad de la plaza pública, de las multitudes, del sentido de la historia, de la invención del presente que vuelve a redefinir el pasado y el futuro. Porque el único lugar que habitamos, el único que garantiza que la memoria no quede para siempre estallada, es el presente cuando es capaz, una y otra vez, no sólo de custodiarla sino de ponerla en juego contra los dispositivos de la dominación. Y nosotros estamos dando una disputa, que es la disputa por el presente y que al mismo tiempo reinventa las condiciones del mañana: porque es la disputa contra la injusticia, contra la desigualdad, contra la miseria, contra la explotación en el sentido en que pensábamos hace mucho tiempo que podíamos seguir ilusionándonos con construir un mundo mejor aunque sepamos, porque atravesamos la vida, porque nos atravesaron los dolores, que ese mundo mejor quizá sea inalcanzable, quizá quede demasiado lejos de todas las ilusiones posibles.

Lo único que sabemos es que hoy hemos vuelto a recuperar la posibilidad de dar una batalla como no imaginábamos que podíamos dar. Nuestra responsabilidad, por nuestra experiencia histórica, por nuestra generación, por nuestros hijos, es no quedarnos con la estupidez del desencanto porque sacamos un voto más o un voto menos… Tenemos que seguir pensando que este es un tiempo único, extraordinario, decisivo; que tenemos que defenderlo, y eso significa salir todos los días a dar esta batalla sintiendo que podremos tener contradicciones, podremos sentir en nuestra alma que hay cosas que no cierran, pero hay algo profundo que sí ha cerrado: que nosotros también, pese a que teníamos el espíritu dañado, que teníamos el alma dañada –porque no nos creamos que fuimos bellas almas que flotaron por el mundo mientras las injusticias se tragaban nuestros ideales– debemos, en nuestra acción, devolver con agradecimiento lo que este extraordinario tiempo argentino, que inició Néstor Kirchner, nos ofreció como oportunidad para seguir insistiendo en que podemos transformar la historia. Ese es nuestro lugar y hacia ahí tenemos que ir.

Fuente texto: revista veintitres, 5 de septiembre de 2013

Fuente imagen: .jgm.gov.ar

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Published in: on septiembre 6, 2013 at 7:03 pm  Dejar un comentario  

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