Demetrio Iramain : Clarín o los años que vivimos en peligro

Dijo Cristina Fernández de Kirchner en la entrevista concedida a Hernán Brienza: “Uno es instrumento de la Historia. No la puedo manejar. La Historia me maneja a mí. Néstor decía lo mismo. La Historia misma va produciendo esos instrumentos para cumplir determinado rol.” Entre otros conceptos, la presidenta inscribió al kirchnerismo dentro de esa dinámica. “Me resisto a decir que van diez años de kirchnerismo; van diez años de gobierno”, precisó, al tiempo que aseguró que la riqueza y potencialidad del movimiento que ella conduce radican en su capacidad por “abrevar en el peronismo” y fusionar al mismo tiempo, con naturalidad, identidades políticas diversas y hasta antagónicas que, incluso, “lo despreciaban”.

Es notable que la mandataria haya puesto el ojo justamente ahí, la demorada (y necesaria) síntesis entre las dos corrientes populares de mayor inserción en la clase obrera: el peronismo y la izquierda, históricamente refractaria al policlasismo representado por Perón. Para definir al kirchnerismo, que situó sin rodeos dentro del peronismo, empleó un concepto caro a los materialistas dialécticos: la Historia. Sin dudas, a muchos pejotistas que creen que la clase obrera nació el 17 de octubre no les habrá resultado gracioso.ç

La consigna “La patria es el otro”, última síntesis a la que arribó el proyecto nacional, también es un producto de la Historia. Esa leyenda no tenía razón de ser 15 o 20 años atrás. Ante el fetichismo de la individualidad y el fin de la Historia consagrado por el neoliberalismo, el lema parecía una soberana ridiculez. Su antecedente más inmediato es la emocionante frase acuñada por las Madres de Plaza de Mayo en 2002: “El otro soy yo”, también producto de su historia colectiva, y sostenida políticamente ante la peor de las condiciones. Pero que la pronunciara un presidente de la Nación era perfectamente imposible viniendo de donde venimos: una década perdida, que duró mucho más que los diez años consecutivos del menemato privatizador. Su larga mano de muerte, hambre y atraso planificados se extendió entre el Rodrigazo y los crímenes de Kosteki y Santillán, período durante el cual fue cimentado en la conciencia media de los argentinos un prejuicio bien distinto: “La Patria, o lo que quedara de ella, soy yo.”

En los años noventa los trabajadores que todavía conservaban su empleo creían que con su mano de obra “compraban dinero”, y alcanzaban así, por mérito propio, ciertos niveles de consumo importado. Nunca fueron convidados a pensar en la relación social que representa el concepto “salario”, ni la exclusión que generó su imaginario bienestar. El discurso socialmente aceptado entendía que los desocupados habían perdido el empleo por propia incapacidad. Si quedaban afuera del circuito económico y social era por su culpa. El sistema se encargó de confundirlos de una verdad que marcó época: el trabajo de la clase obrera genera la riqueza ajena, privada, excluyente, de la que sólo gozará las migas estrictamente necesarias para su supervivencia y la multiplicación de las condiciones que reproduzcan óptimamente esa dominación, que es de clase. Con énfasis, paciente pero firmemente, el kirchnerismo viene desandando esas fábulas que fueron obligados a creer los trabajadores. Todo el tiempo Cristina da cuenta de ese nuevo relato que viene a desmontar el anterior: “Sería bueno que cada argentino pueda ver por sí mismo sin que le laven la cabeza desde la caja boba”, dijo la mandataria el martes en Chivilcoy.

La batalla cultural se libra en simultáneo a la otra: por las condiciones materiales de existencia, que bajo el corsé que impone la economía global y el capitalismo extendido a escala planetaria no son otras (no pueden serlo) que trabajo, mejoras en la vivienda y la salud, acceso a bienes culturales y a niveles crecientes de escolarización y educación formal, y el conocimiento como motor válido de ascenso social. No es poco. “Un país en serio”, como decía la consigna fundacional del kirchnerismo. Capitalista todavía, pero mucho más justo y menos desigual que el desangrado por el neoliberalismo y, esencialmente, integrado a las naciones hermanas de la región.

Desde luego, esa batalla que durante estos diez años devino en un notable cambio cultural, dura mucho más que una elección de medio término. Pero que las hay, las hay. El rumbo estratégico del proyecto nacional, popular y latinoamericano no se cambia en absoluto ni puede ser desmentido por una medida que pueda resultar más o menos controversial o antipática. La buena performance electoral es tan estratégica como la necesidad de la derecha mediática y política a sueldo de la económica, por detener el ciclo abierto en 2003, en las urnas o donde pueda ser.

Tomá este titular de Clarín del último domingo: “Límite en el Congreso a una ley económica clave para el Gobierno”. Magnetto se refiere a la ley que traslada facultades financieras suplementarias al Ejecutivo, pero le gustaría que fuera la ley de Presupuesto, normativa madre para el funcionamiento del Estado. Nostalgias del Grupo A. Nótese que Clarín no califica de “injusta”, “regresiva”, “ineficaz” la Ley de Emergencia Económica, sino, simplemente, de “clave”, no obstante lo cual justifica implícitamente el boicot opositor a su sanción legislativa.

En un país normal, en el que la prensa independiente y libre estuviera desconcentrada, y cumpliera un rol racional y responsable, comprometida verdaderamente con el interés nacional, el diario de mayor tirada y circulación debiera situarse a favor de una ley considerada “clave”. Porque si efectivamente es “clave” es porque hace a la esencia misma del programa económico de un gobierno legítimo. En la Argentina democrática que todos soñamos, una oposición que buscara “limitar” una ley fundamental no podría ser considerada menos que de golpista. Pero vivimos aquí y es ahora. Como también dijo Cristina en Chivilcoy, la masificación consiste en que “alguien sin que te des cuenta te meta cosas en la cabecita, y que vos creas después que sos vos el que las creés y las pensás”. Lucha por la hegemonía, que se dice, y que otros insisten en disfrazar de otra cosa. Por ejemplo: la “libertad de expresión”, esa peculiar guerra santa que Clarín libra contra todo aquel que intente democratizar su ilegal arsenal mediático. No pasarán.

Fuente texto : diario tiempo argentino

Fuente imagen : aluvionpopular.com.ar

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Published in: on septiembre 20, 2013 at 5:08 pm  Dejar un comentario  

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