Eric Calcagno : Para conseguir caos, nada mejor que el odio

Durante mucho tiempo, la disputa por el poder en las sociedades estuvo signada por el establecimiento de un determinado ordenamiento. Existía un principio rector, que fijaba el origen del poder, por ejemplo, en determinaciones de índole divina: los dioses interactuaban con los seres humanos en la antigüedad clásica, y con el advenimiento del monoteísmo los reyes de Occidente pudieron reclamar su origen divino.

En aquel contexto, las verdades son absolutas: vaya usted a discutir el poder con Dios. Lo importante es la revelación, y es una cuestión de fe.

La gran querella de la modernidad puede buscarse en gran parte en la limitación de esa metafísica, Descartes mediante, que quedará en las creencias de una grey, mientras que los asuntos del poder pasaban a manos de ciudadanos. Primero pudientes y sólo masculinos, un largo camino de luchas, avances y retrocesos nos lleva hasta el sufragio universal, que culmina y completa la idea que la soberanía –entendida como suprema potestad de Estado– reside esencialmente en el pueblo.

En nuestro contexto, las verdades son relativas: vaya usted a conseguir los sufragios de sus conciudadanos. Lo importante es la argumentación, y es una cuestión de persuasión.

Sin embargo, cierta metafísica parece reaparecer por los tiempos que corren. Este nuevo estilo de metafísica ya no se relaciona con lo sobrenatural, sino que pretende naturalizar determinados hechos económicos, sociales y culturales.

El escamoteo reside en presentar no como deseables sino como inevitables determinadas opciones en materia de poder que son del ámbito de la discusión pública. Alejada del ágora, la política se pierde en nuevos templos, ya sin dioses, apenas con un becerro de oro. Es la metafísica neoliberal.

Un claro ejemplo de estas creencias se puede observar en los Estados Unidos. Hoy, cerca del 10% más acomodado de la sociedad estadounidense se lleva el 50% del ingreso; queda la mitad restante para el 90% de la población.

No siempre fue así: a partir de la crisis de 1930 y de las cuatro presidencias de Roosevelt, existió un fuerte aumento de los impuestos a las clases altas, en coherencia con políticas económicas keynesianas. El décimo decil –el más rico– contó por un tercio de la riqueza. Con la llamada “Revolución Conservadora” de los ochenta, las bajas de impuestos a los altos ingresos y la progresiva financiarización de la economía, el “sueño americano” queda atrás.

Tal sometimiento del conjunto de una sociedad avanzada a los deseos de la clase alta precisó una importante transformación de los valores.

Esta involución fue posible, entre otros elementos, por la imposición de agendas mediáticas que definieron qué pensar, qué hacer, qué sentir. Y funcionó. Los “think tanks” neoliberales apuntan hoy que hablar de distribución del ingreso es una opinión izquierdista.

A la base de tales argumentos encontramos que la diferencia entre ricos y pobres es que algunos aprovechan las oportunidades y otros no. Quedan borradas las relaciones de poder, la historicidad de los conflictos; para que la apropiación de la riqueza sea operativa en los actuales términos, es preciso que el conjunto de la sociedad viva en un presente perpetuo, llena de temor a perder lo poco que le dejan.

Además, créase o no, estos think tanks alegan que quien publica las estadísticas de distribución del ingreso, el US Census Bureau –que depende del Departamento de Comercio– miente.

Por nuestras pampas, el efecto imitación de la oligarquía local funciona a pleno. Su objetivo real es acaparar la riqueza social producida durante este decenio, que duplicó su magnitud desde 2003.

Para ello, los candidatos del establishment ya saben qué hacer, aunque son poco originales: lo han hecho siempre que han podido. Se trata de reprivatizar desde las empresas públicas hasta las jubilaciones y reendeudar sin límites a la Argentina, de modo tal que el excedente económico pase de la sociedad a sus bolsillos. Eso es Estado patrimonial.

Para conseguirlo, no les faltan eslógans. Hay que terminar con el “autoritarismo” de la política, conseguir la “confianza” de los mercados internacionales para “reinsertarse” en el mundo; es imposible vivir sin la “previsibilidad” que demandan las calificadoras de riesgo, para citar algunos ejemplos.

Recordemos que antes de cada ciclo de apropiación del excedente económico, el establishment procedió con la violencia de los golpes de Estado o de mercado. Sólo una sociedad arrodillada, por miedo a perder la vida o el empleo, consiente su propio saqueo.

Como la “previsibilidad” de un gerente de multinacional no suele ser la misma que la de un obrero, de una maestra o de una empresa pyme, habrá que construir suficiente desorden para que la sociedad se incline y acepte los candidatos propicios.

Esa maniobra ya está en marcha. Lo podemos observar con casos tan disímiles como la cirugía practicada a la presidenta Cristina Fernández, la manda constitucional que hace al rol del vicepresidente Amado Boudou, los Derechos Humanos, los logros alcanzados en seguridad social –que es de todos los argentinos–, la política exterior autónoma –basada en la integración regional–, la política salarial con cerca de dos mil paritarias, en síntesis, se trata de anular los derechos recuperados y los construidos.

Para conseguirlo, fomentan, practican y propagan odio.

Como su argumentación se basa en que la causa de todos los males que nos aquejan hoy vienen de las políticas instrumentadas con Néstor y con Cristina, lo cual es poco consistente con la realidad, se valen de un machaqueo mediático permanente a modo de persuasión.

Sus voceros repiten sin cesar la maldad de la presidenta y de su familia; malos los ministros, malos los funcionarios, los representantes malos; malísimos los intelectuales, los periodistas, los militantes “que sólo están por un sueldo” y aquellos que simpatizan con el gobierno es por una pensión, una asignación, un chori.

Todo lo naturalizan: la presidenta sufre así el achaque de enfermedades por ellos sólo conocidas. Nadie tiene convicciones: todo es interés. Se valen así de sus propios miedos o deseos, y lo proyectan al otro, negándolo. ¿Funcionará?

Ese desborde de odio legitima y permite alcanzar la cumbre de la metafísica neoliberal. Como en algunas religiones se alcanza la redención mediante el sacrificio (en diversas formas, con distintas modalidades, siempre en el marco de la práctica), trasladarán esa simbología propia del ámbito de las creencias y de la fe al campo político, económico y social. Habrá entonces que pagar el costo “de la fiesta populista”, factura que recae siempre en los ingresos de los asalariados.

El Estado también deberá ser desmantelado al mínimo posible para que funcione el modelo deseado. Para ello, no se trata de establecer un orden que contemple al conjunto, sino debilitar a la política para que sea fácil presa de las corporaciones.

e trata sólo de volver al orden natural que permite la apropiación del excedente económico, si no por derecho divino, al menos por la fuerza del caos. Después de todo, habrá que preguntarse dónde reside la soberanía si triunfa el modelo del país-country.

Fuente texto: diario tiempo argentino

Fuente imagen: americavoiceespañol.com

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Published in: on octubre 18, 2013 at 8:12 pm  Dejar un comentario  

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