Francisco Balázs : Pronósticos de fin de año

En días como estos, abundan las encuestas sobre la percepción de los supuestos expertos respecto a la evolución de las diferentes variables económicas en 2014: inflación, crecimiento del PBI, paritarias, reservas del Banco Central, tipo de cambio, inversiones etc. Expectativas, refieren los gurúes, los dueños de las consultoras que diariamente marcan la agenda de lo que está bien o mal, lo que debería hacerse y lo que no debería hacerse en materia económica. Estos hombres y mujeres, consultores, opinólogos, hombres de la City, y personajes menores que intentan congraciarse con el sistema financiero son, en materia de análisis y pronósticos económicos, abrumadora mayoría: 9 de cada 10 opiniones que se escuchan y leen diariamente en los medios opositores, desde hace décadas les pertenece a ellos. La opinión restante es casi inaudible e inhallable en el maremágnum de noticias de todos los días.

Bajo esta desproporción de opiniones a favor del supuesto correcto funcionamiento de la economía, resta preguntarse cuán a resguardo quedan los hombres y mujeres de a pie para primero descifrar esos ampulosos lenguajes y luego comprender a qué deben atenerse. La batalla discursiva es notablemente desigual. Es entonces comprensible que el peso de estos discursos sea incorporado con naturalidad y que sus axiomas y recetas sean repetidas cual mantras por amplias mayorías, incluyendo los supuestos heterodoxos, y atravesando todos los niveles socio económicos.

Uno de los caballitos de batalla exitosamente instalado durante la dictadura de 1976 y en especial a partir del gobierno de Carlos Menem, indicaba que el mal de todos los problemas de la Argentina era el elevado peso de sus empresas públicas, que recaía sobre los ciudadanos. Pero además, y con mayor fuerza, se imponía la certeza de la inoperancia del Estado y de la dirigencia política para llevar adelante su correcta administración. El vendaval neoliberal se llevó puesto todo los que era del Estado. La eficiencia estaría garantizada, la calidad del servicio también. Los cortes de energía que fueron el epílogo del gobierno de Raúl Alfonsín serían parte de un pasado decadente.

Desde hace más de 20 años las empresas públicas están en manos privadas. La calidad en la prestación de sus servicios a cargo no resolvió ninguna de las ecuaciones que justificaron el remate de las empresas públicas. Vale recordar que el festival de privatizaciones que eliminaba al demoníaco Estado implicó que, en medio de la alegría privatista, la Argentina entregara la jurisdicción de litigio con las empresas y consorcios privados al Banco Mundial (Ciadi) que, desde de la caída del experimento neoliberal de la convertibilidad, todavía siguen litigando contra la Argentina. El otro dislate que vale recordar de aquel período privatizador incluía que las empresas de energía estaban habilitadas a aumentar sus tarifas en forma anual tomando como referencia el nivel de inflación de los Estados Unidos de Norteamérica.

Pero algo volvió a ser exitosamente instalado: la responsabilidad no la tienen las empresas privadas, en este caso las transportadoras y distribuidoras de energía, sino, nuevamente, el Estado por no exigirles el cumplimiento de sus responsabilidades. El Estado y los políticos para el discurso de la derecha son la misma cosa a combatir. En consecuencia, otra vez, las empresas privadas son víctimas de un Estado ineficiente que no las controla como debiera y que, al mismo tiempo, no les permite elevar sus tarifas para producir las inversiones que mejoren la calidad del servicio. Otra vez, el discurso imperante es en defensa del interés privado en desmedro del Estado, y más aún de los propios usuarios que están dispuestos a que les aumenten las tarifas de los servicios. El impacto inflacionario de un aumento de tarifas, o quita de subsidios es ninguneado por todos los cruzados en la lucha contra la inflación.

QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL INFLACIÓN. Volviendo a los pronosticadores del porvenir de la economía para el año entrante, uno de los ejes divulgados durante los últimos días por los medios opositores está centrado en calcular el nivel de inflación anual que tendrá el país en el año 2014. A tal efecto, el batallón de gurúes la estima entre el 25 y 30% anual.

Centrada como la mayor preocupación por su impacto en el poder adquisitivo de la población, en especial en los sectores de menores recursos, lo que no surge con claridad por parte de todos los pronosticadores opositores a la política económica del gobierno es de qué manera se puede combatir la inflación sin afectar los ingresos ni el crecimiento del mercado interno. Las respuestas, en todos los casos,(iguales a las ya experimentadas durante décadas cada vez que se ejecutaron políticas antiinflacionarias por todos los gobiernos anteriores), afectó los ingresos, debilitó el mercado interno y el consumo, recortó presupuestos a la salud, la educación y jubilaciones. Quien recuerde políticas exitosas en esta materia, bienvenido será que se las recuerde.

El otro argumento que está repiqueteando en estos días, tras la asunción de Axel Kicillof al frente del ministerio de Economía, y de Jorge Capitanich como jefe de Gabinete, remite al discursete de la vieja tradición neoliberal que se basa en que los cambios ministeriales no fueron seguidos de un “paquete de medidas”.

Así, o con otros eufemismos, se denominaba en el pasado “el modelo económico”, o “Plan integral”, que generara un “shock de confianza” que enviara “claras señales a los mercados”. Los paquetes económicos terminaban empaquetando a toda la sociedad. No será este gobierno quien produzca este tipo de prácticas según los manuales del buen funcionamiento de la economía. Las medidas que se anuncian son las que se llevan adelante, más allá de si resultan total o parcialmente efectivas, o incluso si no prosperan.

La pregunta queda abierta para quienes puedan afirmar, con honestidad, cuál fue el plan antiinflacionario implementado en las últimas décadas que no haya generado mayor desocupación, pérdida del poder adquisitivo (aun mayor que la inflación), desindutrialización y endeudamiento.

Desde el año 2003, la economía argentina, con todas sus dificultades y desafíos pendientes, nada tiene que ver en lo estructural de sus variables y funcionamiento con las que culminaron tras varias décadas en diciembre del año 2001.

Creer que diez años son suficientes para revertir 50 años previos de fracasos, es reducir la historia y el fenomenal peso del poder económico concentrado durante décadas.

Vale recordar que la respuesta del electorado en las elecciones de octubre fue corriendo por derecha. No se irá por mas progresismo votando a Sergio Massa, Gabriela Michetti, Elisa Carrió.

Claro, queda que la abrumadora desigualdad de voces mencionadas al comienzo de esta nota, en favor de las prácticas y políticas económicas que se llevaron adelante durante más de cincuenta años, continúan disponiendo de una vigencia enorme. A pesar de sus indisimulables fracasos.

Fuente texto: diario Tiempo Argentino, 27 de diciembre de 2013

Fuente imagen : diegocarcedo.blogspot.com

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Published in: on diciembre 28, 2013 at 6:59 pm  Dejar un comentario  

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