Demetrio Iramain : Los equivocados

Desde hace algunos meses, especialmente en las últimas semanas, asistimos a un regreso pretendidamente triunfal: las recetas neoliberales. Como un circo viejo, muy venido a menos, los tecnócratas del mercado, disfrazados de agudos críticos, copan la intemperie e invitan a todos a darse una vuelta por el pasado. Emplean, incluso, discursos de izquierda. Quieren engrupir a una platea a la que previamente sugestionan y tratan de confundir. Vuelve a escribirse con énfasis en la gran prensa aquello que nunca se había ido del todo de entre los pliegues de la trama argumental de la derecha criolla: la Argentina padece una severísima enfermedad que demanda “un buen diagnóstico” y una “delicada intervención quirúrgica”. Recurren a los servicios de la misma metáfora con que Menem y Cavallo graficaron la necesidad inexorable de reformar el Estado y volverlo un tigre de papel, a merced de la “mano invisible del mercado”, como la modernidad demandaba.

La tan mentada “intervención quirúrgica” tiene una única misión terapéutica: extraer del cuerpo social argentino unos cuantos millones de ciudadanos que sobran, agentes extraños al ciclo virtuoso del capital, condenados por el sistema a ocupar las más remotas categorías descartables, y que fueron incluidos “artificialmente” en la actividad económica durante los últimos diez años. El “populismo”, como dice The Economist, tan liberal y colonial al mismo tiempo.

Si la terapia noventista se practicara hoy, con rigor y rapidez, con el bisturí de un González Fraga o un Melconian y no con el “serrucho” de Axel Kicillof, se garantizaría el pleno éxito de la operación, que no sería otro que regresar ese “material humano” (millones de personas, con sangre, carne y subjetividades) a lo que nunca debió abandonar: mano de obra desocupada, el amargo rincón de los parias sociales, el número más espantoso de la miseria estructural, intrínseca a la más extrema versión de la posmodernidad capitalista.

Mañana puede ser tarde. Eso es lo que reclaman en el envés de sus propuestas desde Moyano y Barrionuevo hasta el gerente de Shell: que Cristina no llegue a mayo, que la presidenta agache la cabeza, pida perdón y el proyecto emancipador que tiene lugar en América Latina capitule definitivamente. A cambio, el precio módico de que las calles de Buenos Aires no sean regadas con la sangre que enluta a Caracas. Y si tiene que haber bardo en las plazas del país, también.

Esa miseria planificada lograría, al fin, disciplinar las variables que el capital más concentrado no logra controlar desde hace una década: las “desmedidas” ambiciones de las clases subalternas, que no son otras que tener trabajo, mandar a los chicos al colegio para que estudien y no para que coman, irse de vacaciones, acceder a niveles más o menos aceptables de consumo, calificar para el crédito con el cual comprarse el terreno donde construir la casita propia, no caerse muerto de hambre o enfermedad curable no tratada a su debido tiempo

. Así las cosas, la derecha mediática –el Ello de los más espesos grupos económicos– tiene un “diagnóstico” que, casualmente, difiere del que guía el proceder del proyecto nacional y popular. Para la derecha, los “equivocados” son Cristina y Kicillof, y no el señor Alfredo Coto. Batalla del relato, que se dice. Definir de quién es el error y a quién hay que corregir es, precisamente, el nudo de la batalla política por distribuir el ingreso y democratizar la riqueza. Todo precio es político.

Desde hace diez años, la Argentina tiene qué distribuir. Hay condiciones objetivas para esa disputa. Hay por qué pelear, por lo que antes se llevaban afuera. El patrón de acumulación, aun en clave capitalista, ya no es financiero, ya no nutre exclusivamente intereses supranacionales, ya no requiere la violenta exclusión de gruesos segmentos sociales históricamente deprimidos; todo lo contrario: se basa en la ampliación del mercado interno. Repartir. Sin embargo, esa heterodoxa resurrección argentina, que no será (ni quiere ser) el “milagro alemán”, tiene los pies de barro. Un corsé la ciñe por la espalda. Son los fierros mediáticos, judiciales y de los otros: una matriz productiva todavía dependiente, atrasada, atada a la producción de bienes primarios como único generador de divisas, y la cultura del dólar.

De ahí la excepcionalidad y vitalidad del programa “Precios cuidados”, que demanda (y promueve) la movilización de la sociedad argentina en defensa de su ingreso. Es notable que quienes durante meses invitaron a la población a salir a cacerolear para encontrar en las calles la salida que no surgía de entre los políticos, ahora impugnen el control popular de los supermercadistas con el trivial y reaccionario argumento de que para eso están los inspectores del Estado. “Es peligroso”, somatizan. Ven el pueblo movilizado y tiemblan. No se trata de señoras gordas discutiendo en la cola de la verdulería, sino de una convocatoria desde la más alta investidura del Estado a tomar partido por la defensa concreta, en el territorio (el almacén), de los logros sociales alcanzados durante diez años consecutivos de distribución progresiva de la riqueza. Es lo que hay por ahora, y que no sea poco depende del resultado de esa contienda decisiva que se libra en las góndolas.

¿Quién les asegura a los críticos de hoy, sabihondos del pasado, sabelotodos del interés al tanto por ciento, no ser víctimas del mismo error de cálculo político en el que tantas veces cayeron ayer?

Se equivocaron en 2003, cuando antes de asumir Néstor Kirchner su presidencia, se apersonaron con un pliego de demandas, que el santacruceño desdeñó. Se equivocaron en 2008, cuando a través del conflicto político por las retenciones móviles a la soja, quisieron anarquizar definitivamente la Argentina. Erraron en 2009, cuando pronosticaron la salida anticipada de la presidenta “porque dos años más van a ser muy duros y hay un señor que se llama Cobos, ¿no?”, y el gobierno respondió con la Ley de Medios, la estatización de los fondos de jubilación y la AUH. Y vuelven a equivocarse ahora, que quieren obligar al gobierno a coserse con tramperas los bolsillos y Cristina les enrostra el plan Progresar.

Ciegos como están de tanto lucro, ambición política y prepotencia de clase, los enemigos históricos del pueblo olvidan que cuando la verdad, asediada por tanto equivocado suelto, se siente demasiado débil, usualmente pasa al ataque. Así, al menos, pensaba Bertolt Brecht.

Fuente texto : Tiempo Argentino

Fuente imagen :20minutos.es

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Published in: on febrero 21, 2014 at 3:37 pm  Dejar un comentario  

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