Roberto Caballero : No todo es coser y cantar

El escenario político atraviesa por estas horas algunas dudas que conviene ir desmalezando. Está cada vez más claro que la presidenta va a entregar su bastón a un sucesor recién en diciembre de 2015. Los putchs palaciegos que aguijonean los empresarios del Foro de Convergencia, sus voceros mediáticos y los políticos que gustan de los atajos, agonizan en la nursery. La estadista aventaja en el manejo del poder a muchos de sus impulsivos contendientes. Será mejor que el bloque antikirchnerista vaya pensando cómo junta votos en cantidad, si lo que pretende es volver a apropiarse del Estado. Acá no hay magia posible, ni fragote con final exitoso. Cristina Kirchner se mueve por encima de sus pronósticos desafiantes. Mira el esperpento desde arriba. Basta con hacer una lectura atenta de lo ocurrido desde octubre pasado hasta su discurso en el Congreso de apertura de las sesiones legislativas. Esto también es útil para las múltiples tendencias dentro del oficialismo que se desviven por heredarla. La presidenta no trabaja para un gobierno testimonial del 15% como vaticinan algunos. Procura blindar los ejes de un modelo que no sólo es económico, sino también político y cultural, para que la trascienda en el tiempo. El que lo entienda más rápido y mejor, corre con ventaja en la carrera hacia el sillón de Rivadavia.

No todo fue coser y cantar hasta llegar hasta acá. Argentina soportó ocho corridas cambiarias que fugaron 60.700 millones de dólares del sistema. La última fue en diciembre, conjurada por una corrección del tipo de cambio, la famosa devaluación que hoy se expresa en la tensión existente entre precios y salarios. Cada corrida, cada intento de golpe financiero, fue un intento de gol con la mano de los sectores de la economía concentrada que militan la salida anticipada del kirchnerismo en su versión cristinista. Pero eso no ocurrió. Cristina Kirchner sigue ahí. Y tampoco lograron torcer el objetivo general de la administración de los tres gobiernos kirchneristas. Cuando se advierte que la inversión social hoy llega al 33% del PBI, la más alta de la región, y que la relación PBI/deuda es del 10%, la más baja en medio siglo, no se puede menos que conceder que la economía manejada por una política incluyente produce efectos virtuosos que los mercados por sí solos jamás podrían garantizar a una sociedad. En 2003, la deuda por argentino era de 25,6 salarios mínimos, hoy bajó a 1,9. Esto quiere decir que bajó la deuda, que subió el piso salarial y que también creció el empleo, llevando los índices a la ocupación casi plena. Ni soñando, los neoliberales que predican el fin de ciclo en los pisos de TV pudieron concretar una cosa semejante para el país y para su gente.

 

Cristina está pensando en el día después de 2015, desde mucho antes que sus pretendidos sucesores. Incluso, más allá de esa fecha límite del calendario institucional. La lectura de su discurso de apertura legislativa es un balance de lo hecho y un programa político cuyo horizonte supera el propio límite del mandato constitucional.

Cuando Axel Kicillof fue nombrado ministro de Economía, la presidenta volvió a ratificar las bases del modelo industrialista, con mercado interno y metas de crecimiento. Se dijo entonces en esta columna: cambian los nombres, no las políticas de fondo. Habrá retoques instrumentales, correcciones puntuales, nunca heridas que maten “la gallina de los huevos de oro”.

Cuando puso a Augusto Costa en la Secretaría de Comercio Interior incorporó a la juventud a un área sensible del Estado. El de Costa no es el único caso. Se ven otros y se verán muchos más. El trasvasamiento generacional es una obsesión estratégica de Cristina. Se trata del surgimiento de una prole que se entrena en el manejo de los asuntos de la administración, con la edad, la energía y la mística suficientes para proyectarse allí donde anida la vitalidad de un proyecto político: el futuro.

En el impulso a la reforma de los códigos civil, comercial y penal hay también una voluntad evidente por institucionalizar los logros de las políticas de ampliación de derechos de la última década. Esto, como el trasvasamiento juvenil, es pensar hacia adelante. Sentar las bases, un piso irrenunciable, que deje claro que el kirchnerismo no fue apenas un momento innominado del peronismo o una sumatoria de días felices derivados del viento de cola, sino la identidad que interpreta las nuevas realidades y consagra los derechos de los protagonistas de la sociedad argentina del siglo XXI.

Después de la derrota en territorio bonaerense, pensado también en el porvenir, Cristina tomó decisiones. Se comprende mejor el sentido de sus cambios ahora. 

La incorporación de Jorge Capitanich a la primera línea del elenco gubernamental fue un guiño a los gobernadores jóvenes del PJ tradicional, con gestiones exitosas o más o menos equilibradas en sus provincias. En ellos encontró el apoyo que el vacilante peronismo bonaerense no podía ofrecerle tras la simultánea irrupción electoral de Sergio Massa y los precipitados gestos narcisistas de Daniel Scioli. Ganó así sustentabilidad real en un periodo difícil, final de mandato, donde los presidentes son muchas veces el bocado de la cadena alimentaria darwinista de la política.

En igual sentido, el de sumar alianzas que apuntalen la gobernabilidad, reflotó  en su discurso del sábado 1 la concertación, ese viejo sueño transversal del primer kirchnerismo para agrupar oficialistas del modelo con identidades diversas. El remplazo de Rotkjes de Alperovich por el radical santiagueño Gerardo Morales se inscribe dentro de la rejerarquización de la sociedad con sectores no peronistas con fuerte respaldo electoral en sus provincias.

Defendió también el acuerdo compensatorio con la española Repsol por YPF, que estaba escrito en la ley que votaron incluso los opositores que avalaron la renacionalización del 51% de la empresa. 

El revuelo que se armó es inversamente proporcional a la autonomía y oxígeno que le asegura al gobierno haber cerrado esta discusión en los tiempos previstos. 

La presidenta que resolvió la estatización pretende que la producción de YPF reduzca en breve las importaciones de petróleo y gas que desequilibran la balanza comercial y permiten el drenaje de dólares. Por eso le otorgó a Miguel Galuccio un amplio margen de maniobra para que explore acuerdos que perforen el lobby que los organismos de crédito internacional impusieron a la Argentina desde el default. 

Vaca Muerta es una oportunidad (se calcula que hay reservas por un PBI y medio) y también la mención de un problema para los que creen que las doctrinas se defienden quedándose quietos. 

¿Cómo puede defenderse la soberanía hidrocarburífera si hay que asociarse a capitales extranjeros para explotar un yacimiento?, se preguntan muchos, entre ellos, los mismos que en algún momento apoyaron la privatización total de la empresa en los ’90. Teniendo el control. En este caso, el 51% de las acciones. Las decisiones ya no se toman en La Zarzuela, sino en Buenos Aires. YPF es la parte de un todo, que puede operar incluso con una lógica aparentemente inversa a la general (como la NEP rusa o los ESM chinos: territorios de libre mercado en economías planificadas de fuerte impronta estatal) dentro de una estrategia de economía incluyente y soberana. Era un desafío complejo de asumir, pero Cristina lo hizo. ¿Pensando hacia atrás? No parece. Si YPF sigue creciendo, si el shale funciona, ¿quién va a animarse a reprivatizarla?

Del análisis de las medidas y decisiones tomadas por la presidenta en los últimos cuatro meses, se reafirma la idea de que los jefes de Estado gobiernan hasta el último día de su mandato constitucional. Eso no sólo es bueno para el kirchnerismo. Lo es para la democracia de los argentinos, cualquiera sea su identidad o preferencia política.

También es interesante que un presidente no agote su perspectiva en la entrega de la banda y el bastón de mando. En eso, Cristina demuestra una audacia de la que carecen otros. La concertación, la defensa de los ejes del modelo económico, el trasvasamiento, el guiño a los buenos gestionadores jóvenes, la apuesta a la soberanía hidrocarburífera y la institucionalización de los nuevos derechos no la muestran, como dicen algunos analistas en los diarios ultraopositores, abrazada a la nostalgia de un tiempo acabado. Más bien la reflejan liderando un nuevo ciclo, mientras el resto discute lo que ya pasó.

De los precandidatos oficialistas que aspiran a sucederla, sea Scioli, Uribarri o algún tapado, correrá con mayores chances el que interprete que el kichnerismo llegó para quedarse en cada una de sus políticas y conquistas.

O no será.

Fuente texto: tiempo argentino,  9 de marzo de 2014

Fuente imagen : diario registrado

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Published in: on marzo 10, 2014 at 11:38 pm  Dejar un comentario  

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