Roberto Caballero : Donde había ruinas, hoy hay una nación

 

El año 2003 parece remoto. El gobierno, sus funcionarios y el área de comunicación oficial podrán gastar toda la saliva del mundo en resaltar los logros de su administración. La prensa opositora, derramar litros de tinta envenenada para presentar al kirchnerismo como una secta dominada por la impericia y la cleptomanía. Pero para cualquier analista sensato, el principal mérito del kirchnerismo es que el año 2003 se convirtió en cuatro dígitos de museo, en apenas una instancia calendaria perdida en un manual de historia. Se ve extraño y lejano.

El escalón que Cristina Fernández de Kirchner le va a dejar a su sucesor es mucho, muchísimo más alto que el que había cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia. Su herencia, aun con los problemas irresueltos, todavía con traumas pendientes, se traduce en un piso que eleva la calidad de los gobiernos surgidos del voto popular desde 1983 a la fecha.

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El kirchnerismo recibió un país con un 25% de desocupación, un 50% de pobreza extrema, hiperendeudamiento serial, sumisión carnal a los organismos multilaterales, la política como mala palabra resumida en la consigna “que se vayan todos”, Estado ausente en la economía, despoder institucional, desigualdad crónica, parálisis general del consumo e impunidad como regla en materia de Derechos Humanos. La Argentina hoy es otra. Podrá no gustar el edificio levantado, discutir la calidad de la losa, el tamaño de las vigas, la calidad de los materiales, pero quien vea solamente ruinas sabe que se está mintiendo y le está mintiendo a los demás.

Cristina Kirchner puede decirle a quien la herede, como dijo por cadena nacional mientras inauguraba unidades 0 km del ramal ferroviaro San Martín, que el país que le deja es mejor que el que encontró: “Porque se podrán decir muchas cosas, podrán gustar muchas, otras no podrán gustar, pero que van a recibir un país totalmente diferente, de eso no tengan ninguna duda.”

¿Carlos Menem le podría decir lo mismo a Fernando De la Rúa? Después de una década de neoliberalismo, le entregó en mano al radical una bomba de relojería. Más de 300 mil fábricas cerradas. Cuatro millones de desocupados. Una deuda de casi un PBI completo. El patrimonio público desguazado. A De la Rúa le llevó dos años empeorar un escenario que ya era complejo de empeorar, hasta que huyó en helicóptero. Déficit creciente, cuasimonedas en la mitad de las provincias, avance de plan de regionalización del país, pico de conflictividad social, retracción del mercado interno y una economía estancada de sur a norte, de este a oeste. Eduardo Duhalde, y la Mesa del Diálogo con hegemonía de la Iglesia Católica, no mejoró el panorama. A duras penas consiguió normalizar el mapa institucional, con el llamado a elecciones. La herencia menemista fue un presente griego. La delarruista, un país incendiado. La del duhaldismo, una devaluación monstruosa y la criminalización verdadera de la protesta social. La kirchnerista, una promesa de mejora. Salvo que el problema sea, para los administradores futuros, la inmensa red de políticas sociales inclusivas y derechos (AUH, jubilaciones, Plan Procrear, Plan Progresar) que se desplegó en una década de virtuosa intervención estatal en la economía. Todas conquistas de una democracia que nunca fue más democrática que ahora.

YPY está reestatizada. En cinco años se va a garantizar la soberanía hidrocarburífera. Ya no son Eskenazzi y Repsol. Es una política de Estado. Vaca Muerta y la explotación del shale cambian el paradigma energético del país.

La deuda externa reestructurada hoy representa una décima parte del PBI, que creció en este tiempo en un 74 por ciento. El impacto, en términos relativos, es poco. Cosa inédita. Argentina vive sin tarjeta de crédito. Eso puede variar. El que venga, decide.

El salario real creció por encima del promedio regional, con paritarias libres y sin techo (pueden atestiguarlo los docentes bonaerenses) del mismo modo que bajó la desigualdad y creció la soberanía alimentaria, se mida como se mida. La industrialización dio un salto enorme: la argentina es la única economía regional (esto es interesante, sobre todo para los que ponen como modelo a Chile, Uruguay y Brasil) que no se reprimarizó.

La desocupación es de un dígito. Podrá ser discutida la calidad del empleo o el volumen salarial, pero hoy hay más gente que trabaja y que lleva un sueldo a su casa. Aun el fraude laboral, que era del 50% o más a principios de la década pasada, bajó al 35 por ciento.

A fines del año próximo, habrá en total un millón de nuevos chicos dentro del sistema escolar. Quien venga podrá reorientar partidas o ser más eficaz en el gasto, pero difícilmente pueda bajar la inversión del 6,5% del PBI en la materia que garantiza un piso sólo imaginado por los combativos gremios docentes, allá por 2003, en la prehistoria, cuando los maestros todavía cobraban malos salarios, en bonos, si es que los cobraban.

Hoy el Estado es solvente. La AFIP recauda de la mano del consumo, aun en sus altibajos. La ANSES está en pie como motor contracíclico. El gobierno democrático impone ritmos y obliga a los actores económicos, y no exclusivamente a la inversa. La economía vive incertidumbres, como en cualquier país del mundo, pero nueve corridas cambiarias fueron conjuradas y Cristina Kirchner va a ser la primera presidenta que, sin ceder a las extorsiones y los programas económicos de los grupos concentrados, va a entregar su bastón de mando en los tiempos institucionales que la Constitución regla.

La inflación, la puja distributiva o como quiera que se llame al efecto concreto de alza en los precios de los productos y su relación con los salarios, por primera vez en décadas es enfrentado con instrumentos heterodoxos (Precios Cuidados) que ponen en cuestión la oligopolización de las cadenas de valor, descartando las recetas clásicas que hablaban de déficit, emisión y enfriamiento, con los resultados ya sabidos. En los ’90, hubo siete años sin inflación. También sin fábricas, sin empleo, sin salarios, sin producción, sin aviones y sin moneda propia.

El 10 de diciembre de 2015, cuando Cristina Kirchner deje la Casa Rosada, no hará el traspaso habitual de una urna con cenizas al que venga detrás.

Su herencia es un país latiendo. Donde había ruinas hoy hay una nación.

Fuente texto : diario Tiempo argentino

Fuente imagen : lageneracionsiguiente.blogspot.com

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Published in: on abril 28, 2014 at 2:45 pm  Dejar un comentario  

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