Eduardo Anguita : “Uno mesmo” con la piel de otro

 

La Patria es lo más íntimo. Es un grito interior, un recuerdo, los sueños de tus padres, una música que se rumorea cuando estás lejos de tu tierra. La Patria es, al mismo tiempo, una construcción cincelada por una serie de aparatos institucionales que te llevan a aprender un himno, a venerar unos próceres. La Patria, entonces, no sólo son otros y otras que se identifican con un pasado y, quizás, unos sueños colectivos. Es también el resultado de un diseño. Del diseño de quienes están en la cúspide de una serie de aparatos de poder. De grupos que, instalados en ciertas agencias públicas y empresas privadas, pueden tomar decisiones. La Patria fue socialista cuando la coreaban militantes revolucionarios antes de la llegada de Perón. Fue peronista cuando Perón volvía después de 18 años de exilio. La Patria fue La Patria, a secas, cuando las Fuerzas Armadas dieron un nuevo golpe de Estado y abrieron el paso para que una serie de familias con olor a bosta de vaca y mucha plata en los bancos pudiera jibarizar un poco más a los patrios. La Patria no sólo son las tripas y los escenarios de disputas. Son un conjunto de interacciones pensadas, de intereses cruzados. La Patria se vive, se sufre, se disfruta. Te deja que la veas y te quedes afónico. A veces afónico de tu propia verdad sin que sientas siquiera el eco de tu voz o la complicidad de otros. A veces, la Patria te interpela. Algo hace que la pienses y te acuerdes de Atahualpa Yupanqui cuando decía que un amigo es “uno mesmo” con la piel de otro.

¿Quién nos dijo que pelear por tu verdad y por tus intereses, inevitablemente, te lleva a no sentir a los otros, a los que piensan y sienten distinto? ¿Acaso la Patria no puede ser el partido y el entero? El Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810 fue una de esas raras oportunidades en las que el celeste y el blanco inundaron a propios y ajenos. En el fervor, no importaba tanto si, en su origen, esos eran los colores borbones. Hubo alegría. Hubo apertura a buscar otras raíces, a reconocerse en las regiones de la América hispana que habían gritado libertad.

La elección de la junta de gobierno patrio nos fue contada como el grito fundacional tanto por los historiadores consagrados como por los revisionistas. Luego se abren las inevitables interpretaciones que van abriendo diferencias sustantivas. A medida que se desataron los conflictos hubo saavedristas y morenistas, hubo posiciones distintas acerca del lugar que cada cual ocuparía en las proto-provincias unidas del Río de la Plata. Había un escenario cambiante e imprevisible, en parte como reflejo de lo que pasaba del otro lado del Atlántico. España invadida, Napoleón triunfante, la Corte portuguesa trasladándose a Río de Janeiro, una Gran Bretaña poderosa con una diplomacia y un comercio silenciosamente avasallantes.

No es la idea internarse en los orígenes. Estas menciones son para volver al presente. Lo que se viene en unos meses es un dilema que pondrá una vez más las tensiones entre la política y la historia. Aquel escenario llevó a que, pasados apenas cinco años del grito insurreccional de 1810, la Patria todavía no era Nación pero estaba claramente partida. En junio de 1815, en Arroyo de la China, luego Concepción del Uruguay, se reunía el Congreso de Oriente. Bajo el liderazgo de José Gervasio Artigas hubo delegaciones formales de Corrientes, Misiones, Entre Ríos, Córdoba, Santa Fe y la Banda Oriental, todos convencidos de romper los lazos con el reino de España. El Directorio, porteñista y unitario, había avalado la invasión portuguesa a las tierras orientales, lo que hoy es Uruguay. Los porteños no querían conflicto con la diplomacia británica y en Montevideo también había un grupo de comerciantes liberales que le daban la espalda a Artigas.

Era un tiempo donde la información no llegaba en forma instantánea, pero hay una coincidencia en las fechas que no puede ser desdeñada. El Congreso de Oriente se hacía apenas diez días después de la batalla de Waterloo. Era el fin del poder de Napoleón y la consolidación británica en Europa y también en los viejos dominios españoles. Fernando VII había vuelto al trono un tiempo antes de la mano de la resistencia española y también de las tropas inglesas comandadas por el duque de Wellington.
Los intereses comerciales porteños veían ese escenario y sus intereses estaban por sobre cualquier entendimiento con Artigas y los gobernadores federales reunidos en Oriente. Es más, los enfrentaban, los perseguían.

Aquellos caudillos de gauchos y de indios expresaban otros valores, defendían otros proyectos. Por algo Artigas, en el poco tiempo que pudo gobernar del otro lado del Río de la Plata, había establecido una reforma agraria. Para la visión liberal de entonces, luego acuñada por la historia consagrada, ese encuentro en Arroyo de la China, atrasaba las agujas del reloj. Para muchos, entonces y ahora, esos congresales cumplían con el mandato revolucionario de Mayo y con el de la Asamblea de 1813, que pedía una Constitución.

Pasado apenas un año del congreso artiguista, y sin los representantes de las provincias reunidas a orillas del Uruguay, en San Miguel de Tucumán se reunían otras provincias para proclamar también una independencia. Sabidas son las ansiedades que despertaba en José de San Martín, las demoras y las intrigas de los congresales en los meses previos al histórico 9 de Julio. San Martín llevaba casi dos años como gobernador de Cuyo y tenía la vista tanto en la cordillera para cruzar sus ejércitos como en el avance de Brasil sobre el lado oriental. El Ejército de los Andes necesitaba cruzar para dar batalla a los españoles en nombre de la Patria. De una Patria con autoridades o sin ellas. Incluso, con unas autoridades dispuestas a sabotear la gesta histórica. Aquel Congreso de Tucumán apenas logró poner al frente de las Provincias Unidas a un Juan Martín de Pueyrredón dispuesto a apoyar un poco a San Martín. Pero aquel congreso no pudo ser el artífice de una constitución. Ni siquiera podía articular a las provincias que habían mandado emisarios a Tucumán. Lo que la historia oficial, consagrada, evade no es sólo que el acta de la Independencia quedó como una proclama sin sustento institucional sino que expresaba a una nación que estaba partida antes de ser parida.

argentina

Uno puede decir que el desafío es gritar hasta quedarse afónico que la Patria no es lo que cuentan los que forjaron los relatos dominantes. Sin dejar de lado el derecho a quedarse afónico, también podría encararse otro desafío, menos épico y sin promesas de triunfo alguno. A 200 años, iniciar un debate, por qué no un peregrinaje, desde el 29 de junio de 2015, cuando los federales se reunieron en Arroyo de la China y terminarlo el 9 de julio de 2016 en San Miguel de Tucumán, cuando otros congresales redactaron el acta fundacional que decía: “Declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indudable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. El gobernador de Entre Ríos Sergio Urribarri, nacido en Concordia, a 150 kilómetros de Arroyo de la China, es de la partida. Más de una vez, impulsó actividades para restaurar el artiguismo argentino. Entre el día de inicio del Congreso de Oriente y la declaración de Tucumán hay 12 meses y diez días. Más que suficiente para que sirva de escenario para curtir argentinidad. No para partir la historia una vez más sino para aprender, en lo que se pueda, de los otros.

Hace casi medio siglo, en vez de buscar puentes y aceptar las diferencias, el recuerdo del Congreso de Tucumán consistió en secuestrar los sentimientos populares. Pascual Pistarini, general de Caballería, depuso al presidente Arturo Illia el 28 de junio de 1966. Juan Carlos Onganía, también general de Caballería, al día siguiente recibía la banda presidencial. Diez días después quería desfilar, entorchado y en carroza, por San Miguel de Tucumán en el día de la Patria. No iba a regalar los 150 años del Congreso de la Independencia a ese médico cordobés que, encima, pretendía hacer algo tan patriótico como pelearse con los grandes laboratorios de fármacos. Esa ley Oñativia (el ministro de Salud de Illia era Arturo Oñativia), sancionada un año y medio atrás, había establecido una política de precios a los fármacos, establecía que la prescripción médica fuera según medicamento genérico, limitaba la publicidad y restringía las remesas al exterior por parte de las empresas extranjeras. El 9 de Julio, con las calles engalanadas y soldados vestidos con uniforme de combate, el Jardín de la República vivía la ficción de la Patria. Pasado casi medio siglo, el desafío está abierto.

Fuente texto : tiempo argentino

Fuente imagen : dreamstine.com

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Published in: on mayo 13, 2014 at 11:06 am  Dejar un comentario  

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