Hernàn Brienza : Violencia es mentir

Es posible que la Iglesia argentina sea más moderna que el viejo país que intenta volver de las profundidades intestinales de la historia? El viernes 9 de mayo la Conferencia Episcopal publicó su documento “Felices los que trabajan por la paz”, un texto equilibrado, duro, que llama a la introspección de todos los sectores de la sociedad y también, claro, del Estado nacional. Apenas unas horas después, el titular principal del diario Clarín manipulaba una vez más los hechos y malversaba la letra del documento: “Para la Iglesia el país está enfermo de violencia.” Y en las distintas subnotas, volantas y copetes hablaba genéricamente de “denuncias de corrupción y narcotráfico”, señalando al gobierno nacional como único responsable de esa situación. Sin dudas, la operación política disfrazada de información fue la jugada más arriesgada de Clarín en sus últimos tiempos: No sólo porque embistió contra el gobierno nacional –a estas alturas deberían agregar una nueva sección llamada “Operaciones contra el kirchnerismo”–, sino porque quebró el apoyo que desde la elección de Jorge Bergoglio como Papa otorgaba de forma imperiosa. ¿Por qué razón Clarín, en su política de ataque sistemático al gobierno, se animó a utilizar directamente al Papa Francisco intentando dejarlo en off side?

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El texto de la CEA podrá ser mejor o peor que otros. Podrá ser del agrado de unos y del desagrado de otros. Podrá analizárselo en clave política, ideológica, religiosa e incluso pasarlo por alto. Pero cualquier persona inteligente que lea el texto completo concluirá en que no se trata de un documento que ataque directamente al gobierno nacional. La frase que da origen al malicioso título de Clarín dice: “Constatamos con dolor y preocupación que la Argentina está enferma de violencia. Algunos de los síntomas son evidentes, otros más sutiles, pero de una forma o de otra todos nos sentimos afectados. Queremos detenernos a reflexionar sobre este drama porque creemos que el amor vence al odio y que nuestro pueblo anhela la paz.” No parece tratarse de un estiletazo al gobierno nacional ni mucho menos. Uno podrá discutir y debatir si este momento concreto es más o menos violento que otros, como la Argentina de los golpes de Estado, de los fusilamientos, de la tortura, de la exclusión. Pero jamás podría afirmar que se trata de un documento “excesivamente” conservador.

Si uno se detiene a leer el texto completo, incluso, encontrará un par de párrafos de una preocupación social muy fecunda. Por ejemplo: “No se puede responsabilizar y estigmatizar a los pobres por ser tales. Ellos sufren de manera particular la violencia y son víctimas de robos y asesinatos, aunque no aparezcan de modo destacado en las noticias. Conviene ampliar la mirada y reconocer que también son violencia las situaciones de exclusión social, de privación de oportunidades, de hambre y de marginación, de precariedad laboral, de empobrecimiento estructural de muchos, que contrasta con la insultante ostentación de riqueza de parte de otros. A estos escenarios violentos corremos el riesgo de habituarnos sin que nos duela el sufrimiento de los hermanos. Todo lo que atenta contra la dignidad de la vida humana es violación al proyecto de amor de Dios: la desnutrición infantil, gente durmiendo en la calle, hacinamiento y abuso, violencia doméstica, abandono del sistema educativo, peleas entre “barrabravas” a veces ligadas a dirigentes políticos y sociales, niños limpiando parabrisas de los autos, migrantes no acogidos e, incluso, la destrucción de la naturaleza. Hemos endurecido el corazón incorporando estas desgracias como parte de la normalidad de la vida social, acostumbrándonos a la injusticia y relativizando el bien y el mal. Es creciente la tendencia al individualismo y egoísmo, de los cuales despertamos sobresaltados cuando el delito nos afecta o toca cerca. El Papa Francisco señala que “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia…”. Es un párrafo que nos invita a pensar pero que no está dirigido a un sector determinado sino a un análisis introspectivo de todos aquellos que integramos esta sociedad.

Mucho más directo, por ejemplo, es aquel otro párrafo en el que pareciera responsabilizar al periodismo de ser responsables del clima de violencia: “Nos estamos acostumbrando a la violencia verbal, a las calumnias y a la mentira, que socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2486). “Urge en la Argentina recuperar el compromiso con la verdad, en todas sus dimensiones. Sin ese paso estamos condenados al desencuentro y a una falsa apariencia de diálogo.”

Además, el texto habla de la “corrupción pública”, pero también “privada”, una cuestión que los medios de comunicación abarcan poco en los últimos dos siglos de historia argentina. Y, por último, también realiza una crítica al sistema carcelario que no puede dejar de ser compartida por cualquier Organización No Gubernamental progresista que se precie de tal.

El documento del Episcopado no está escrito contra el gobierno nacional. Señala falencias, hace críticas, es posible; pero muestra de que la CEA no ha querido “arremeter” contra el gobierno –palabrita que le gusta utilizar tanto a los tituleros de Clarín– sino plantearse en una posición de distancia de la sociedad y el Estado para encontrar allí su propia legitimidad. Quien conoce algo de la historia de los últimos años de la Iglesia argentina sabrá que esa política de “distancia” discursiva del Estado fue la estrategia que planteó Bergoglio allá por 1998, cuando asumió el Arzobispado de Buenos Aires, y en un discurso en el Obelisco pidió perdón por la participación de la Iglesia en la última dictadura militar y reclamó un estatus diferente en la relación entre Iglesia y gobiernos.

A esta altura hay que afirmar que Bergoglio no cambió ni cambiará por más Francisco que sea. Pero si no se entiende qué fue jamás se podrá saber qué será. Las disidencias políticas con el kirchnerismo son las naturales entre un Estado que diseña políticas públicas para las mayorías y una corporación político-religiosa que disputa la legitimidad de esas mismas mayorías. Esos desencuentros lo tuvieron Julio Argentino Roca, Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín y, claro, también el kirchnerismo. A riesgo de caer en errores interpretativos, me animo a decir que Francisco siempre fue un conservador moderado en su matriz ética y moral, progresista en su perspectiva social y con una dialéctica que tiende a la unidad permanente, incluso en términos políticos, es decir, en el ámbito nacional y latinoamericano. Basta con leer el documento de Aparecida para desentrañar su verdadera estrategia política.

Podrán llevarse sorpresas con Francisco aquellos que siempre lo miraron con ciertos prejuicios o quienes tienen malas intenciones. Como el diario Clarín, por ejemplo, que a pesar de saber que el documento del Episcopado había sido, como no podía ser de otra forma, revisado, al menos, por el Papa desde Roma. ¿Por qué Héctor Magnetto decidió manipular al Papa?

Mucho más inteligente y sutil, la presidenta de la Nación, en el acto recordatorio del asesinato del sacerdote Carlos Mugica, recogió el guante y, no dispuesta a dejarse correr por un título, dijo: “Por eso cuando hoy miré la tapa de los diarios y vi que alguien resumía que hoy la Argentina es violenta, me di cuenta que querían reeditar viejos enfrentamientos… Sería importante que, en vez de ir tanto a Roma a sacarse fotos, lo leyeran un poco más –y leyó el punto 34 del la encíclica papal-–. En el mundo de hoy, con la velocidad de las comunicaciones y la selección interesada de contenidos que realizan los medios, el mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios… el problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes por sí solos, no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo. El mensaje del Evangelio más profundo, que no tuvo eco en ningún medio de comunicación sobre el documento de ayer, fue que el amor vence al odio, porque esa es la esencia de Jesucristo, de su piedad, de su pasión. Ese es el mensaje del Evangelio. Ese es el Dios en el que yo creo.”

Días después, el titular de la Universidad Católica Argentina, el obispo Víctor Manuel Fernández, salió al cruce de la operación de Clarín con una nota titulada “La violencia de no saber leer. Curiosamente, el hombre cercanísimo al Papa Francisco y de pluma precisa y parecida al documento episcopal, eligió Página/12 para dar su respuesta. “Lamentablemente, la sana intención de este mensaje, que ofrece una propuesta educativa y autoeducativa, no fue acogida simplemente porque no se lo leyó completo. El día antes de la publicación de este documento, en la versión electrónica de un diario se anunciaba torpemente que los obispos iban a enfrentar al gobierno por el tema de la inseguridad. Con esa clave falsa de lectura, al día siguiente todos mutilaron el documento. Paradójicamente, también algunas personas oficialistas utilizaron esa misma clave de lectura que les ofreció un medio opositor, sin detenerse a leer y a sopesar el conjunto del texto de los obispos, y entraron ingenuamente en el juego. Creo que una de las peores formas de la violencia actual es la de no escucharnos unos a otros, interpretándonos muchas veces a través de la hermenéutica sesgada de los medios. Esta es una señal más de la degradación cultural de los sectores medios y profesionales.” Evidentemente, más allá de las diferencias políticas, ideológicas, estratégicas –lógicas y saludables en cualquier democracia que se precie– que puedan haber entre la presidenta de la Nación, el Papa Francisco y el Episcopado, esta semana se trazó una línea Maginot entre el poderoso grupo económico Clarín y una gran parte de la sociedad argentina. Prueba de esta avanzada contra el Papa y la Iglesia fueron las destempladas barrabasadas de Elisa Carrió, quien no sólo se distanció del Papa Francisco sino que manifestó que le daba “asco” la ronda de fotos que se sacaba el Sumo Pontífice en Roma con políticos y empresarios. Carrió, quizás la vocera más cruda y menos sofisticada del Grupo, ya dijo alguna vez que “Clarín y La Nación son la Argentina”. Esta semana aconsejó dejar el proceso de industrialización y volver al siglo XIX. Ese es su sueño: volver a la estancia oligárquica de la Sociedad Rural. Y en esa estrategia hasta el Papa le molesta.

Es cierto que la Argentina es un país desencuentros, de dicotomías fratricidas, de “guerras civiles” de baja intensidad permanentes. También es verdad que solemos analizar la realidad con lógica binaria y poca dialéctica. Atizar esos enfrentamientos es quizás el peor de los errores que pueden cometerse. No todo vale para destrozar al Otro. Hay muchas formas de ejercer violencia, y los argentinos las conocemos casi todas. El Indio Solari plasmó en sus canción una de las más sutiles: Violencia es mentir. -<

Fuente texto: tiemopo argentino, 18 de mayo de 2014

Fuente imagen : elvigia.com

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Published in: on mayo 22, 2014 at 12:09 am  Dejar un comentario  

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