Demetrio Iramain : Mentir hasta la náusea

La acción no debe ser una reacción sino una creación”, sugería Mao. El consejo resulta válido atento las horas que corren en el mundo. Asistimos a una cruenta lucha por el poder desatada por la derecha más brutal del planeta, también en su capítulo argentino.

La mañana que el país supo que el fiscal Alberto Nisman había sido encontrado muerto, Jorge Lanata se despertó quince minutos antes de hablar por radio. Según le contó a Marcelo Longobardi, que lo entrevistó antes de las 7 AM, el periodista insignia del Grupo Magnetto se sorprendió cuando no encontró la edición del lunes del diario Clarín en la puerta de su departamento. La portera, entonces, le dijo que la demora posiblemente se debiera a que “mataron al fiscal”.

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Así se enteró Lanata de la muerte de Nisman, apenas quince minutos antes de contarlo al aire. Un cuarto de hora de análisis de la poquísima información disponible a esas horas le bastó al showman periodístico para concluir que “me resulta muy difícil de creer que se mató”.

La ligera impresión de Lanata de las 7 de la mañana se convirtió con el correr de las horas en política de Estado para el multimedio. Una sutil línea editorial sincroniza desde entonces todas sus noticias y comentarios: la muerte de Nisman debe ser, no puede no ser, un asesinato, del cual el gobierno sería el primer sospechoso. “Magnicidio”, le subió el precio Nelson Castro.

Tras la contundente desmentida hecha por el propio ex secretario general de Interpol, la imprevista muerte de Nisman rindió para la derecha más que la propia denuncia. Denuncia que, tras su lectura, demostró ser, más que una imputación penal, apenas si una valoración política del Memorando de Entendimiento. Aun si fuera cierta, “no hay delito”, dijo el penalista Raúl Zaffaroni. Luego de que Héctor Timerman leyera un correo electrónico dirigido al canciller por Robert Noble (qué paradoja que sea un funcionario norteamericano de apellido Noble quien frustra semejante denuncia contra el kirchnerismo), Nisman no habló más por los medios y se llamó a un silencio que fue interrumpido por su muerte.

A propósito, en La Nación del domingo, Hernán Cappiello escribió que el matutino “conoce la identidad del agente (camporista que habría hecho de enlace con Irán), pero se la reserva para no violar la ley nacional de inteligencia, que prohíbe divulgarla”. Esa información, que hasta entonces era reservadísima, fue desacreditada por Parrilli: el presunto espía no revista en la SI. Sugestivo.

En tanto, en la edición del jueves 15 (al día siguiente de la espectacular denuncia), Hugo Alconada Mon adelantó que “a lo largo del dictamen de 300 fojas la presidenta no aparece con voz propia en ningún mensaje reservado”. Esto se supo fehacientemente recién cinco días después, cuando fue publicado en el sitio de prensa de la Corte el texto de la presentación. ¿Cómo lo sabía el centenario diario? ¿Cuáles son sus fuentes? ¿Información u operación?

Evidentemente, a algunos el fiscal les sirve más muerto que vivo. ¿A quién le importa que el país haya perdido con la muerte de Nisman la posibilidad de confrontar su endeble denuncia ante los diputados? La democracia volvió a quedarse sin su 7D. ¿Qué valor tiene para esos algunos que son pocos pero conservan mucho poder de fuego mediático, la memoria de los muertos en la AMIA? Total, ahora “todos somos Nisman”. La responsabilidad social de informar, bien gracias. La desconfianza, la anomia y el descrédito ante las instituciones de la democracia, al fin le empatan el partido a la política. La militancia vale menos que un experto en balística. De paso (¿o es la razón de fondo?), se impugna el soberano derecho de un gobierno a fijar su política exterior sin tener que consultarla con el patrón del mundo, que quiere volver a ser gendarme de un incipiente nuevo orden internacional, muy parecido al viejo.

Naturalmente, no es lo mismo que el fiscal haya sido asesinado, se hubiera quitado la vida por propia voluntad, o haya sido inducido. Lo que no cambia es la evidente razón extra judicial de la denuncia, impugnada unas horas después por el propio juez de la causa y refutada por Interpol. Definir el sentido del caso Nisman es facultad de la política, no de un juez.

Cuando Cristina explicó las razones del tratado con Irán, sancionado por ley del Congreso, dijo que lo impulsaba para destrabar la investigación. Si el propósito del gobierno era encubrir a la nación persa, ¿para qué habría de reactivar la causa? ¿No le convenía, acaso, que siguiera quieta adentro de su imposibilidad objetiva de avanzar, sencillamente porque no había manera de tomarles declaración indagatoria a los apuntados por Nisman?

La forzada interpretación mediática alcanzó su punto máximo el lunes por la noche, con el cacerolazo y la marcha “espontánea” a Plaza de Mayo. Era el escenario perfecto. Una muerte política, el gobierno en la mira y gente en las calles. En las afiebradas mentes de los cronistas, el 19 de enero de 2015 era el 19 de diciembre de 2001.

En la Argentina operan grupos de poder muy vigorosos, que ansían que Cristina se vaya en helicóptero del gobierno, con la mayor cantidad de desbordes callejeros e institucionales que fuera posible. El decisivo año electoral es sacudido en su primera quincena por un hecho conmocionante, con notorias consecuencias políticas, que seguro será parte de la campaña en ciernes. Que al gobierno lo perjudique el nuevo escenario, ¿no es condición para descartar el recelo que la oposición política y mediática tiende irresponsablemente sobre él?

La denuncia se produjo mientras el mundo analizaba el atentado terrorista en París, y nuestra prensa hegemónica se daba a la peregrina tarea de construir un sentido según el cual Cristina había evitado condenarlo. La misma presidenta expuso claramente la secuencia temporal de los hechos. El relato de la derecha es primitivo, pero rinde: si Cristina no deja que su canciller marche contra el terrorismo al lado de Angela Merkel, es perfectamente posible que proteja a quienes volaron la AMIA, y hasta que mande a matar al fiscal que denunció el encubrimiento.

Freud sostenía que lo “siniestro” es lo familiar que se ha vuelto extraño. A ese extrañamiento, esa ajenidad, ese exilio de nuestra condición, que se vuelven familiares, quiere conducirnos la derecha. Sólo bajo ese confinamiento podría regresar a fojas cero las variadas conquistas populares de todos estos años en los que fuimos felices.

Fuente texto : infonews

Fuente imagen : laopinionpopular.com

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Published in: on enero 22, 2015 at 11:08 pm  Dejar un comentario  

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