Roberto Caballero : El diciembre que llegó en enero

Jorge Asís es dueño de una narrativa con estilo propio, a veces exquisita –como en Flores robadas en los jardines de Quilmes o Partes de inteligencia–, casi siempre mordaz, un autor dedicado a inventar situaciones atractivas, climas envolventes y personajes de fuerte espesor literario; y también, un militante de ideas políticas que lo depositaron en la embajada en Portugal cuando gobernaba Carlos Menem, luego en un afiche donde posaba como candidato a vicepresidente de Jorge Sobisch y que, finalmente, recaló junto a las familias de los represores condenados por delitos de lesa humanidad.

En casos como este, nunca se sabe del todo dónde termina el escritor y dónde comienza el sujeto con pretensiones de poder. Podría decirse que Asís compite con el procesado Carlos Pagni, del diario La Nación, por el lugar privilegiado de “Malraux del antikirchnerismo”.

Ambos son los creadores de la mayor cantidad de significados abismales sobre acontecimientos reales o imaginados del relato que pone al oficialismo del lado maléfico de la historia; es decir, tanto Pagni como Asís escribieron, por separado, algo así como el diccionario de lenguajes simbólicos habilitados o permitidos para describir al oficialismo y sus alrededores como una zona oscura de la vida pública argentina.

Es verdad que a los dueños del país les repugna esta experiencia política. La quisieran ver sepultada porque trajo novedades redistributivas que no imaginaban ni querían. Porque intentó escribir otra Historia, donde los tuviera a ellos como perdedores.

Pero, a diferencia de Pagni, Asís es, además de entretenido, más eficaz en el propósito de su saga. Ha logrado que la realidad, o quienes lidian con ella, en todo caso, copie la trama de alguna de sus novelas.

Todo el caso Ciccone se cocinó primero en la prosa barroca y fileteada que desborda su blog antes de convertirse en la causa que llevó al procesamiento del vicepresidente Amado Boudou. El caso –seguido de una encarnizada campaña monopólica que buscó demonizar la figura del funcionario que arrimó nada menos que la idea de estatizar las AFJPs– fue el preludio a la avanzada en gran escala de la corporación judicial servicial que tuvo otro pico con el caso de Lázaro Báez y sus historias de hotelerías y valijas, y alcanzó su clímax con la acusación descabellada del fiscal Alberto Nisman por encubrimiento en la AMIA contra la presidenta y su canciller.

A propósito, la desconcertante muerte del fiscal sigue envuelta en un enigma que buena parte de la sociedad y el gobierno decodificaron como un asesinato mafioso, con la intervención ideal o material de espías de buen contacto en servicios de inteligencia nacionales y extranjeros. La difusión de la acusación de Nisman despejó las dudas sobre la inconsistencia probatoria de delito del escrito supuestamente reservado y secreto, algo que dijeron casi todos los juristas. Con la segunda carta de Cristina, también se iluminó lo más obvio para cualquier lectura atenta: al gobierno lo golpea esta muerte violenta, como cualquier otra, pero en este caso hasta un resfrío del acusador era perjudicial. Nisman tendría que haber ido ese día al Congreso Nacional, decir lo suyo e irse, y toda esta historia nunca debió haber salido de allí para entrar, como entró, en las páginas de la novela negra que convirtió a este enero en un diciembre tardío.

Hablando de eso, habrá que reconocerle a Asís su mirada original sobre este caso. Donde otros ven un crimen, los menos un suicido y los distraídos una noticia inexplicable en cadena, Asís vislumbró algo más: la posibilidad concreta de exigir que Cristina se vaya antes, a través de un adelantamiento de las elecciones. Todo, dijo a través  de Infobae, “para ayudar a La Doctora”.

Su pedido impone como mínimo preguntarse quiénes están pensando a través de Asís y por qué.

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El diciembre que llegó en enero, es el mejor título para esta nota. Porque el último mes del año es, habitualmente, el escenario temporal de los discursos y las prácticas tremendistas abonadas con violencia, saqueos, levantamientos policiales, corridas cambiarias y pronósticos destituyentes. Esta vez, el hecho conmocionante ocurrió un mes más tarde. Diciembre fue pacífico. Enero, fúnebre.

Pero lo que no ha variado, más allá de este último atraso calendario, es la intención de sectores empecinados en forzar de algún modo la interrupción del mandato legal y democrático del kirchnerismo en el gobierno. Aún en la antesala de una serie de elecciones de este 2015 que va a determinar, en breves meses, quién será el próximo presidente, el sucesor de Cristina Kirchner.

Podría pensarse que lo que Asís echó interesadamente a volar oculta una obsesión o un simple acto reflejo. Pero es más que eso. Los dueños del poder y del dinero tienen una urgencia estratégica: influir sobre cuál va a ser la valoración que tenga la sociedad futura, la que viene, sobre el kirchnerismo.

La derecha ve la historia desde mucho antes. Una de sus preocupaciones es controlar lo que va a pasar después. Bartolomé Mitre fundó un diario, su tribuna de doctrina, guardaespaldas de su proyecto de Nación, que todavía sigue vigente. Los gobiernos democráticos lidiaron en sus gestiones contra este tábano conservador. No fue el único diario, la secuencia también se repitió con Clarín.

A esos gobiernos surgidos no del deber ser del poder permanente, sino de ese abuso de la estadística llamado democracia, primero les sacaban lo que querían y luego comenzaba la batalla. Salvo Menem, a quien Clarín golpeó bastante en su segundo mandato pero pudo terminarlo completo, entre otras cosas, porque aplicó las recetas económicas que enriquecieron y empoderaron todavía más a estos grupos privilegiados, al resto, además, se les fabricó un estigma que trascendió su tiempo, y los colocó en el futuro como perdedores. Le pasó al radicalismo alfonsinista, que todavía explica su hiperinflación. Les pasó a los aliancistas, que fugaron por los techos. Le ocurrió al duhaldismo, con las muertes de Kosteki y Santillán.

Sin entrar en valoraciones personales o políticas, porque no es lo mismo Alfonsín que Duhalde, o De la Rúa, es cierto que todos ellos comparten una suerte de veto en la memoria social que los invalidó para retornar al poder. Alfonsín fue el único que recuperó la estima social, durante sus últimos años de vida, pero a la Casa Rosada jamás pudo regresar como presidente.

Cuando hay un crimen, los investigadores se preguntan sobre el móvil o la causa. Cristina dijo estar segura de que Nisman fue asesinado y que el crimen era parte de una operación para perjudicarla a ella y a su gobierno. Hebe llegó a denunciar que el cadáver de Nisman se lo habían tirado a la presidenta. ¿Quizá para que el kirchnerismo termine con un estigma sangriento irremontable?

Es verdad que a los dueños del país les repugna esta experiencia política. La quisieran ver sepultada porque trajo novedades redistributivas que no imaginaban ni querían. Porque intentó escribir otra Historia, donde los tuviera a ellos como perdedores.

Procuran escarmentarla para que en el futuro nadie se atreva a volver sobre estos mismos pasos.

La derecha siempre está pendiente del futuro, y por eso lo fabrican desde ahora.

Los dichos de Asís pidiendo que Cristina no termine su mandato son más que deseos personales. Son parte de una ambición mucho más grande: la derecha quiere decidir los hechos de hoy para asegurarse que en los libros del mañana, cuando se mencione al kirchnerismo, se lo asocie a lo maldito e irretornable.

Es una explicación posible a lo que ocurrió en Puerto Madero, no la única, ni la más fundada, pero quizá sirva para reflexionar sobre por qué, esta vez, diciembre llegó en enero.

Fuente texto : infonews

Fuente imagen :blogersernaciona.com.ar

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Published in: on enero 25, 2015 at 4:33 pm  Dejar un comentario  

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