Hernan Brienza : Destapando cloacas

El kirchnerismo tiene una particularidad: pierde batallas destrozando a sus enemigos. No sé si es una táctica, no sé si es una consecuencia de la vehemencia con la cual se entrega al enfrentamiento o simplemente por las formas en que plantea su defensa atacando. Lo cierto es que, como en la táctica del gato panza arriba y con las garras afiladas, sus adversarios terminan desgarrados y desnudos. Por la razón que sea, el kirchnerismo desnuda a sus oponentes, los desmitifica, los desangela, los expone frente a sus propias mezquindades y miserias. Y, finalmente, los convierte en aquello que sus contendientes no quieren mostrar, los convierte en su negación, en aquello que no quieren ser y sin embargo son. Repasemos:

LA SOCIEDAD RURAL. A principios de 2008, montados sobre la operación hegemónica cultural más importante de la historia, los productores de soja lograron en un principio convencer a la sociedad de que “el campo somos todos”, de que “Argentina es el campo”. No era una tarea fácil la del kirchnerismo: debía desmontar un siglo y medio de construcción ideológica, a través del periodismo, la literatura, el ensayismo, la publicidad, la escuela, de que el símbolo máximo de la argentinidad eran el gaucho –el peón rural– y la estancia. El gobierno nacional perdió la pelea por la 125, es cierto, pero aquellos idílicos representantes del campo argentino quedaron reducidos a un grupete de malandrines cuyo único interés era impedir que les subieran un par de puntos porcentuales en las retenciones a las exportaciones. Pasaron en un par de años de “héroes nacionales” a ser visualizados por un gran sector de la sociedad como “mezquinos especuladores”.

EL PERIODISMO. En la década del noventa, en su proceso de legitimación contra el neoliberalismo, que muchas empresas periodísticas usaron para posicionarse como dominantes en el mercado, el periodismo se había convertido en un espacio creador de prestigio. Desilusionados con el alfonsinismo y asqueados por el menemismo, muchos hombres y mujeres abandonaron la militancia política y abrazaron el periodismo como un oficio desde el cual era posible llevar adelante una vocación –con todas las contradicciones que conlleva– de “servicio a la comunidad”.

Claro que a principios de este siglo, el oficio ya estaba bastante desprestigiado y junto con los valores del neoliberalismo caían los resquicios de prestigio que la prensa tenía. La pintada callejera del 2001 que decía “nos mean y Clarín dice que llueve” demostraba que manos anónimas del pueblo ejercían libremente el periodismo, como diría Rodolfo Walsh. Ya en 2009 escribí en la nota “Los Miserables”, en el diario Crítica de la Argentina: “El debate por la ley de medios asestó uno de los golpes más duros que pudo haber recibido el periodismo en democracia (…) La presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo: ‘Se acabó el mito de la prensa independiente’. Lo dijo celebrándolo. Más allá de las variadas interpretaciones que se le pueden dar a esa frase, hay algo que no puede restársele, y es veracidad. Si hubo una estocada que recibió el conglomerado Clarín fue el ataque, justamente, a su eslogan ‘Periodismo independiente’. Hoy nadie cree en su ‘independencia’ informativa. Pero no sólo Clarín quedó mal parado en estos meses. El debate por la ley nos obligó a los periodistas a mirarnos al espejo. Y el reflejo nos devolvió todas nuestras miserias.”

Seis años después de la escritura de este párrafo, la realidad supera con creces mis peores autocríticas: el periodismo es hoy un mercado de operaciones que juega con la vida y la muerte de las personas. Hoy, todo está sujeto a duda y sospecha, y la demostración cabal se encuentra en que el programa político más visto de la televisión argentina, Intratables, es poco más que un desfile de fantoches periodísticos –pero también políticos– haciendo malabarismo como si se tratara de un circo. Y esto no es una crítica a Intratables, sino una reflexión sobre de qué manera ese programa ha sabido interpretar el signo de los tiempos.

EL PODER JUDICIAL. Hace unos meses le tocó el turno a la justicia. El gobierno planteó la necesidad de democratizar el Poder Judicial. Por supuesto, ese mundo cortesano heredado de la monarquía constitucional reaccionó como era de esperar: su núcleo dominante juró venganza en silencio, mientras los sectores periféricos apoyaron la necesidad de popularizar ese bastión conservador. Rápidamente, se activaron todos los mecanismos de defensa de la institucionalidad privilegiada: “defensa de la República”, “independencia de Poderes”, “avasallamiento contra la justicia” fueron frases hechas que resonaron en el imaginario social sobre un aparato del Estado que era visualizado como una entidad mágica que imparte “justicia” como un valor sacro y no como lo que realmente es: un entramado político, atravesado por múltiples intereses, cuyo objetivo principal es la distribución de premios y castigos siguiendo un método procedimental a hombres y mujeres que accionan en vida común.

Pero el kirchnerismo fue más allá. En su pelea contra el gobierno, el Poder Judicial se ha sacado la careta. No es sólo –y nunca lo fue– un “Partido” sino, sobre todo, un estamento de dominio que defiende sus privilegios. Desde Carlos Fayt, aferrado más a la silla de la Corte Suprema que a su propia vida, hasta el fiscal Gerardo Moldes, que encabezó la marcha opositora y ahora hace fuerzas para poder manejar la causa por la muerte de Alberto Nisman y dirigirla en contra del gobierno nacional, el Poder Judicial continúa siendo el núcleo institucional que garantiza el dominio del poder real en la Argentina.

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Nunca me canso de repetirlo: el presidente de la primera Corte Suprema de nuestra historia fue el asesino intelectual de Manuel Dorrego, víctima del primer golpe de Estado registrado en el país en 1828. Y prácticamente un siglo después, en 1930, una acordada sentó doctrina para justificar las interrupciones militares que destrozaron a la Argentina. Planteo esto para entender que, si el Ejército fue durante siglo y medio la vanguardia armada del Poder Económico, el Poder Judicial fue el escribano del saqueo que los sectores dominantes hicieron sobre los sectores populares, es el principal responsable de la cristalización de ese dominio.

Y si uno quiere desnudar ese vínculo, el caso Nisman es un buen botón de muestra. En él se conjugan fiscales encubridores, agentes de la SIDE, la CIA, la Embajada de EE UU, jueces cómplices y peritos de parte más que sospechosos.

El nombramiento de Osvaldo Raffo como perito de parte es la frutilla del postre. Su curriculum tiene las manchas de “no haber podido ver” las torturas sobre los cuerpos de los militantes montoneros Eduardo Pereyra Rossi y Osvaldo Cambiasso ni de haberse percatado de que ambos fueron ultimados a quemarropa por un grupo de tareas policial comandado por Luis Patti. Raffo tampoco pudo ver como perito las torturas en los cuerpos de Jacobo Timerman ni de Jorge Rubinstein en el marco de la causa Papel Prensa. ¿Por qué razón la jueza Sandra Arroyo Salgado contrató a Raffo, con estos antecedentes? ¿Qué legitimidad tiene Raffo, conociendo su pasado, como para que su trabajo sobre Nisman sea creíble?

Nisman se convierte en un catalizador. La dictadura militar, la causa Tablada, Jaime Stiuso, Raffo, la dictadura militar, el Grupo Clarín, la Embajada de Estados Unidos (que le dictaba qué hacer al fiscal de la AMIA), Papel Prensa, el encubrimiento de la AMIA, los fiscales que taparon todo, la SIDE, la Bonaerense, etcétera. O en una caja de Pandora.

¿Por qué pierde el Poder Judicial? Sencillo, porque estaba oculto, porque operaba en las sombras, porque nadie conocía sus miserias, sus entramados de intereses. La pelea con el gobierno nacional alumbró su peor rostro. Las preguntas que hoy nos hacemos muchos argentinos son las siguientes: si el Poder Judicial está atravesado por pasiones políticas, por intereses económicos, ¿por qué razón no puede ser sometido a la revisión de las mayorías?; ¿por qué debe continuar con sus privilegios y sus impunidades?; ¿por qué tiene derecho a perpetuidad?; ¿por qué razón no podemos elegir a los jueces y a los fiscales si no son más que hombres y mujeres con intereses políticos, económicos e ideológicos? Estas dudas demuestran la necesidad de democratizar seriamente al Poder Judicial.

El kirchnerismo tiene esa rara virtud: destapa cloacas. Aun cuando en esa práctica surja salpicado, el reflejo que muestra de sus enemigos es la peor cara posible de ellos. Quien se enfrenta con él se expone a la amenaza sobre su cabeza de quedar reducido a su rostro más miserable. Como una especie de Rey Midas inverso, todo aquel que se cree oro y quiere herir al kirchnerismo se convierte en barro.

Fuente texto: infonews.com

Fuente imagen : humortessan.blogspot.com

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Published in: on marzo 11, 2015 at 1:50 am  Dejar un comentario  

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