Quizás una de las principales rupturas que deba hacer el peronismo (¿esencialista?), a más 30 años de democracia, sea el de abandonar el excesivo amor por Carl von Clausewitz; remarco el “excesivo” porque, quien conoce la naturaleza de la política, jamás podrá desprenderse de la seducción que genera pensar la política como continuación de la guerra por otros medios y/o viceversa. Herencia, claro, de la condición castrense de Juan Domingo Perón, evidenciada en su imprescindible manual de estrategia político-militar titulado Conducción Política –quizás, junto al Plan Revolucionario de Mariano Moreno, uno de los textos más sólidos de la praxis política criolla como recuperación de El Príncipe, del buen Nicolás Maquiavelo (reinterpretado por Antonio Gramsci)– el peronismo, en términos generales, continúa pensando la política, en democracia, con lógicas provenientes de la estrategia militar.

Es necesario aclarar que esta cualidad no puede ser valorada sin contradicciones. Si bien, a priori, generaría una praxis política de baja densidad democrática en algunos aspectos, también genera una razonable disciplina interna, un alto nivel de cohesión, concentración en los objetivos, liderazgos claramente reconocibles y una maquinaria política aceitada que lo hace un jugador altamente competitivo en la arena de la acción pública. No es simplemente por su concepción militarizada que el Movimiento Justicialista –no pensar esta denominación como mero sinónimo de peronismo– se ha convertido en el partido político hegemónico. Y, sin dudas su mejor virtud es la concepción estratégica de su pensamiento, lo que le permite ejercer un pragmatismo alejado de toda dogmática y una gran capacidad de diálogo con la sociedad en las diferentes etapas históricas.

“La Gran Batalla Cultural no se da en los sectores populares y en los sectores medios sino en las elites dominantes”.
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Quizás el núcleo duro negativo de su concepción militarizada sea la lógica de Amigo-Enemigo que anida en su vientre. Producto, obviamente, de su propia aparición, esa cosmogonía se fue encapsulando en sus 70 años de historia, debido a la brutalidad con que ha sido tratado por las fuerzas supuestamente democráticas de la sociedad argentina. En los 70 años de historia, el peronismo (esencialista) ha gobernado 21 años (1946-1955 y 2003-20015), ha sido desvirtuado durante diez años (1989-1999) y ha sido brutalmente combatido durante 25 años (1955-1973 y 1976-1983). Durante los períodos restantes (1973-1976, 1983-1989 y 1999-2002) ha hecho lo que pudo y como pudo.

Persecuciones, proscripciones, torturas, asesinatos, censuras, ha sido la medicina con que los supuestos demócratas han intentado “curar el mal del peronismo” de la sociedad argentina. Esa relación traumática ha dejado huellas permanentes en la forma en que el peronista visualiza la política y sobre todo en la forma en que ha caracterizado al contrincante que lo ha hostilizado permanentemente. Obviamente, que el peronismo no ha sido una víctima absoluta sin posibilidad de victimizar al Otro, sobre todo en su experiencia 1946-1955, donde como movimiento de Orden ha cometido algunos actos de autoritarismo, pero sí ha sido quien ha llevado las de perder.

Esta situación ha generado sin dudas una concepción de la Otredad predemocrática. Pensar la política en términos de amigo-enemigo, en términos de blanco-negro, buenos-malos es ejercitar un pensamiento predemocrático donde no pueden anidar las concepciones de la pluralidad ni de la diversidad ni las pragmáticas de la negociación y el pactismo. El kirchnerismo es dual en la construcción de esta lógica. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner niega permanentemente tener esa lógica de amigo-enemigo pero a nadie se le escapa que en el kirchnerismo, en términos amplios, sociales, lo que incluye a su militancia, a sus cuadros medios y a viejos representantes de los ’70, por ejemplo, todavía anida una lógica de trincheras.

Tener un pensamiento dialéctico no significa necesariamente ser binario. La cuestión es mucho más compleja. Y el problema es definir con exactitud dónde está y quién es el enemigo. No es aquel que no piensa como uno, no es el mero opositor, no es el ciudadano común que no comparte el proyecto político del oficialismo.  El enemigo no es ni puede ser jamás el verdulero “libre-empresario” de la esquina o la cincuentona de clase media de Caballito. Nunca un individuo aislado puede ser un enemigo, sobre todo si se trata de un sujeto alienado o desconcientizado. Frente a ellos, el debate, la argumentación, la escucha, jamás la condena esteticista de que quien se siente superior.

¿Cuál es la verdadera batalla cultural de la Argentina? No se trata, obviamente, de la discusión de ideas, de la confrontación de cosmogonías, de concepciones ideológicas, sino del territorio de los valores políticos en el corazón de la sociedad argentina. Pero sobre todo en sus elites. Es en las elites donde es necesario circunscribir al enemigo histórico de las mayorías argentinas. Es el tan mentado “círculo rojo”.

El gran problema de la Argentina, como el de tantos otros países capitalistas, son sus elites gobernantes. Nunca gobierno el pueblo, siempre lo hace un pequeño grupo, en términos porcentuales. Cinco mil personas como máximo lo hacen en nuestro país. Los industriales, financistas, agroexportadores, políticos, intelectuales, académicos, empresarios periodísticos, líderes religiosos y economistas con capacidad de tomar decisión e influir sobre la cosa pública no superan ese número.

El gran problema de la Argentina es que sus elites han preferido la mayoría de las veces constituirse como Clase Dominante que como Clase Dirigente. La diferencia entre una y otra está en su fórmula de vinculación con las mayorías. En el primer caso, la elite decide vincularse desde la represión, la explotación y el sometimiento de los sectores subalternos. En el segundo, esa misma elite decide pactar y contener a las mayorías. En este esquema, las elites más lúcidas en la historia han sido siempre las del nacionalismo popular, es decir, el yrigoyenismo, el peronismo, el kirchnerismo. Y habría que estudiar seriamente el salto civilizatorio del primer Julio Argentino Roca con su pacto con la Liga de Gobernadores contra Buenos Aires y frente a la implementación de la Ley de Enseñanza.

La Gran Batalla Cultural no se da en los sectores populares y en los sectores medios sino en las elites dominantes. Las mayorías argentinas deben forzar a su clase dominante a convertirse en clase dirigente. Muchos intelectuales, periodistas, militantes del campo nacional y popular creen que la confrontación, el debate, la discusión es en todos los deciles socioeconómicos. La dirigencia kirchnerista siempre ha sabido que la batalla de todas las batallas se da allí arriba, donde se toman las grandes decisiones, donde se corta el bacalao. Quizás por eso, la dirigencia kirchnerista apostó siempre a un proceso hegemónico con 20 años de continuidad. Porque en esos 20 años sí es posible renovar generacional y culturalmente a las distintas elites de un país.

La clase dominante siempre lo supo. Por eso siempre atacó brutalmente la posibilidad de continuidad del kirchnerismo. Lo que algunos sectores de la oposición mediática llaman estúpidamente “la grieta” no es definitivo ni trascendente. No es en las mesas familiares de los domingos, en las oficinas, en las calles, donde se pone en juego la lógica amigo-enemigo. La principal fractura en nuestro país se encuentra en el descompromiso de la clase dominante respecto de las mayorías. No es posible pensar la Argentina, en serio, sin ese pacto nacional y social tras el que surja una clase dirigente. Con muchos de los empresarios industriales y agrícola-ganaderos, financistas, intelectuales, políticos actuales es imposible e inviable. Pero sin ese Gran Pacto Nacional el 2001 está a la vuelta de la esquina.

Todo lo demás, es chiquitaje.