Hernán Brienza : Contra el reino de la “Zaraza”

Sin la palabra no hay política. No hay posibilidad de persuasión. Ni de debate. Sin la palabra sólo resta la fuerza, la brutalidad, el dominio. No hay espacio público, común, del pueblo, sin la elaboración de un discurso, de la argumentación. Sin la palabra no hay Democracia. Y sin argumentación no hay verdad posible. Hace muchos años que sabemos que la única verdad no es la realidad. Sabemos, en cambio, que la única verdad es la argumentación que mayor grado de verosimilitud tiene con lo que perciben nuestros sentidos colectivizados. Ni siquiera los Medios de Comunicación, que son “monstruos grandes que pisan fuerte”, pueden construir una realidad sin una argumentación sólida –lógica, criteriosa, fundamentada con datos, sensible- que convenza a las mayorías. Donde no hay palabra hay magia, afecto o violencia, elementos incluidos en la política, pero que no constituyen la política. Pero donde hay palabra, hay también mentira, bastardeos, asesinatos de la verdad argumentada.


El Kirchnerismo fue el gran argumentador de la política argentina de los últimos años. Y quizás de la democracia argentina nacida en 1983. Raúl Alfonsín, Carlos Chacho Álvarez, la primera Elisa Carrió, emergieron como grandes “usadores” de la palabra. Cristina Fernández de Kirchner es, tal vez, la figura política que más ha utilizado la argumentación como forma indubitable de hacer política. Nadie como ella ha llenado el espacio público de “verdades” construidas a fuerza de lógicas, datos, narraciones, conceptualizaciones. Daniel Scioli, por ejemplo, crece como figura política, justamente, cuando argumenta, cuando sale de los lugares comunes de lo establecido. Y su mujer, Karina Rabolini, debería hacer oír un poco más su voz en el espacio público. Retintinean formas argumentales interesantes en su estilo de hablar “quedito”, como dirían los mexicanos.


La argumentación no es lo mismo que el discurseo, el palabrerío, la “zaraza”. La argumentación es definición, descripción y persuasión. La Palabra pierde su contenido vanamente estético, su utilidad comunicacional, para convertirse en herramienta que transforma las voluntades propias y ajenas.

Quien argumenta no miente. En todo caso puede estar equivocado o puede tener una visión de la realidad que uno no comparte. Pero la argumentación es el último refugio de aquellos que creen que la verdad es asequible. ¿Por qué razón se cree que la oposición odia las cadenas presidenciales? Porque frente a la argumentación del otro quedan desnudas las mediocridades propias. ¿Por qué creen que Mauricio Macri prometió no utilizar las cadenas presidenciales si llegara a ganar las elecciones? Porque Macri no argumenta, “zarazea”. Hoy dice una cosa, mañana la otra.

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Le da lo mismo enunciar privatizaciones o nacionalizaciones, ajustes o redistribuciones, porque su reino no es el de la política. Es el de los intereses económicos. Importa la acumulación de riquezas y el dominio. Aún cuando haya moderado las formas en que piensa el clivaje represión/consenso. Macri, como Carlos Menem, podría subir a un atril y confundirse de discurso. Porque para él la política –en su forma última- no es persuasión sino imposición. Por eso se puede mentir, engañar, no argumentar para que se lo vote. Quien no argumenta desprecia el espacio público. Desprecia a las mayorías, cree que no es necesario convencerlas, que basta con engañarlas.

Contrariamente a lo que podría pensarse, el Periodismo es un gran argumentador. Y los Medios de Comunicación son el espacio donde las argumentaciones se ponen en juego. No en vano el Kichnerismo disputó cara a cara con la prensa opositora: porque comprendió que había más argumentaciones allí que en cualquier otra plaza pública.
Me refiero a construcciones ideológicas, culturales, valorativas. Claro, que Clarín Miente, claro que algunos de sus periodistas más efectivos no dicen verdades y hacen acusaciones falsas y operaciones políticas. Pero también es cierto que mientras los políticos de la oposición “zarazean”, es en los Medios de Comunicación donde se gestan las argumentaciones a favor o en contra de las medidas de gobierno. 

Acostumbrados a marcar la cancha a los políticos, los periodistas se sienten amenazados cuando el poder político argumenta. Prefieren que se los persiga, que se los censure, se los amenace, se los mate, pero odian que se los contra-argumente, que se los deje en ridículo, que se les muestre sus contradicciones y sus miserias. A los políticos, digamos la verdad, también los pone en jaque cuando el periodismo argumenta.

El problema comienza cuando el espacio público se convierte en el “Reino de la Zaraza”, cuando las obviedades, las generalidades, los lugares comunes toman por asalto el espacio público. “Lo hacemos entre todos”, “cambiar lo malo y dejar lo bueno”, “daremos soluciones concretas a los problemas específicos”, “los argentinos tenemos que estar unidos”, “hay que mirar al futuro y no mirar tanto al pasado”, “lo importante es el cambio”. Estas frases no dicen absolutamente nada. Nadie puede estar en contra de “cambiar lo malo y dejar lo bueno”. Es una bobada supina. ¿A quién se le puede ocurrir lo contrario, es decir, “cambiar lo bueno y dejar lo malo”? Por favor, un poco de explicación: ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? No hay nada más estúpido que el “cambiar por cambiar”: ¿qué quieren cambiar? ¿Para qué? El cambio por el cambio mismo es una propuesta de orates. 

La forma más brutal de la “zaraza” es la mentira. La denuncia sin pruebas es la perla del “zaraceo”. Porque bastardea la lógica de la Palabra. Utiliza toda la fuerza de la argumentación para rubricar una mentira. Y obliga a enredarse en explicaciones para desactivar una falsedad. Siempre gana la duda, la denuncia, la acusación. Porque genera un espacio de incertidumbre allí dónde no existía esa problemática. Quien denuncia siempre gana. 

Esto bien lo sabe Elisa Carrió, la gran bastardeadora de la política argentina. Huracanes falsos, pariciones ficticias, asesinatos inventados, ensuciamientos gratuitos, denuncias incomprobables, comparaciones absurdas, forman parte del menú de ataques al espacio público por parte de la titular del ARI y una de las espadas comunicaciones fundamentales de la oposición y el Grupo Clarín en su estrategia de devastación de la democracia argentina. 

¿Por qué devastación? Sencillo. Carrió es como el protagonista del cuento ruso Pedro y el Lobo, aquel del niño que vivía anunciando falsamente la llegada del Lobo hasta que anestesió a los pobladores. En su delirio paranoico ya anunció las peores tormentas sobre la Argentina. Nada de eso ocurrió, obviamente. No hay una sola denuncia de Carrió que haya sido confirmada con absoluta certeza. Paradójicamente, sus mentiras minan la credibilidad sobre los riesgos que corre el espacio público.

Parece una exageración. Pero el espacio público debería ser relativamente resguardado. No se trata de creer que es un lugar de simple racionalidad y asepsia. La afectividad también es parte de la argumentación. Pero no deberían serlo la estupidez y la mentira adrede. La elección en las PASO de hoy es fundamental no sólo por el resultado inmediato sino también por la definición de la calidad de nuestra democracia.

Fuente texto : infonews.com

Fuente imagen:prolhumor.blogspot.com

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Published in: on agosto 9, 2015 at 6:13 pm  Dejar un comentario  

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