Para muchos argentinos la mejor herencia del kirchnerismo será la asignación para los chicos de los desocupados y para otros es la cobertura casi total de los mayores de 65 años. No faltan quienes entienden que el mejor legado es la política de Derechos Humanos. O la ampliación de derechos como el matrimonio igualitario y las reformas del código civil. Pero difícilmente todas esas transformaciones puedan competir con la reducción del desempleo que pasó del 22% en 2013, al 6% que midió el INDEC ahora.

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La hiperdesocupación generada por el neoliberalismo no sólo empobreció, sino que destruyó familias. Un desocupado crónico puede caer en conductas antisociales y en el delito. La tensión dentro de un hogar de desocupados genera una violencia que destruye los lazos afectivos. Un desempleado no sólo es pobre, sino un excluído.

En los 90, la Argentina cambió la hiperinflación de los 80 por hiperdesempleo. El alza de los precios fue frenada con la convertibilidad, pero al final del camino se llegó al cierre de industrias por la importación masiva y a que una cuarta parte de la mano de obra activa quedara en la calle.

En el nuevo siglo, con la defensa del mercado interno, del salario y del empleo, volvió la inflación, pero creció el nivel de ocupación. Las políticas de ajuste pueden frenar el alza de los precios porque la caída del salario reduce obviamente el consumo. La defensa del poder adquisitivo demostró efectos contrarios: más inflación, pero también más nivel de actividad y en consecuencia de empleo.

En medio de la crisis internacional, y especialmente por la caída brasileña ,se produjo un parate en la creación de empleo, pero las políticas anticíclicas del kircherismo impidieron un retroceso.

En los últimos tiempos la falta de estadísticas oficiales sobre la pobreza desató una polémica acerca de la cantidad de pobres que subsisten pese a que la Argentina haya casi duplicado su producto bruto interno en la última década. El Banco Mundial dice que en esa década la clase media se duplicó, lo cual implica que alrededor de 9 millones de pasaron de pobres a la clase media. Pero la Universidad Católica Argentina sostiene que casi el 29% de los argentinos son pobres. En verdad, no se entiende cómo puede haber aumentado la pobreza con mayor empleo y contención social.

Los primero a precisar es quién es considerado pobre. Porque el hecho de haber conseguido trabajo con un sueldo de 6 o 7 mil pesos no saca de la pobreza a un trabajador con dos hijos. Los 5 millones de personas que consiguieron trabajo desde 2003 no pasaron en bloque a la clase media. Tampoco los 2,5 millones de adultos mayores que accedieron a una jubilación mínima pese a no haber realizado los aportes correspondientes. Ni muchos menos los padres de los 3 millones de chicos que cobran la asignación universal. No dejan necesariamente de ser pobres los 700 mil jóvenes que reciben una ayuda para estudiar. O las madres que cobran otro subsidio por embarazo, ni los cooperativistas de los planes sociales. Todos pueden siguen siendo pobres, pero no hay dudas que mejoraron su situación.

Claro que existen bolsones de marginalidad, que no reaccionan a los estímulos oficiales. Quienes denunciaban la pobreza cuando los que hoy la agitan se callaban, no pueden silenciarla ahora. Son núcleos duros que exhiben los límites del modelo por razones no sólo económicas, sino culturales. Pero, sea como sea, el camino hacia la demolición de la exclusión social es sin duda la generación de empleo, seguramente la mejor herencia del kirchnerismo.